Postales de la Grieta en Cuarentena
Me despierto ¿Qué día es
hoy? ¿Martes? ¿Sábado? ¿Miércoles? No tengo la más remota idea.
O a qué altura del mes estamos. Menos. Es abril, eso al menos
recuerdo. Es madrugada, todos duermen en casa. Me levanto, preparo un
mate y me siento junto al calefactor. Miro la biblioteca de casa.
Tendría que ordenarla,
necesito hacer algo. Me siento adentro de la novela “El pozo” de
Juan Carlos Onetti. Lo busco, lo tengo ahí al alcance de la mano.
Arranca así:
“Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.
Me paseaba con medio
cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando
el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las
tardes, derrama adentro de la pieza.”
Vuelvo el libro a su sitio.
Tengo los libros ordenados por orden alfabético. Pienso que podría
reestructurar esa clasificación, siguiendo otra lógica, cada tanto
intento hacer eso: me ayuda a ordenar y limpiar al mismo tiempo, me
reencuentro con libros que no recordaba o con otros que no tengo idea
de cómo llegaron a mi casa. Casi siempre abandono por la mitad y
todo continúa siendo un caos ordenado.
Decido, drásticamente, un
nuevo orden: por editoriales. Nunca lo he hecho antes. Entusiasmado,
arranco por una de las editoriales más cercanas en el espacio:
Ediciones De La Grieta, de San Martín de los Andes. Busco libros de
esa editorial. Enseguida encuentro uno: De la misma madera, libro de
cuentos de Marcelo Gobbo. Lo abro en cualquier lugar, leo:
“Miró la fachada de la
mansión: Fritz los aguardaba en la entrada, sonriente. Leni se
apretó contra el brazo de Enrique. Alzó la vista hacia el cielo,
por encima de las sierras: una típica noche estrellada de verano
cordobés, con una desmesurada luna llena recortada entre las
cumbres. Solo oía la música proveniente de la mansión y las
chicharras, que auguraban una calurosa jornada en el río. Con la
vista buscó la cara de Enrique, pero él hablaba con alguna otra
persona del grupo ―El Conde, seguramente, cuya mujer se había
suicidado el verano pasado. Leni solo veía que movía los labios,
pero no lo oía.
Había llegado al lugar
del cual tanto había escuchado en infinitas veladas porteñas: el
famoso castillo. La mansión no logró impresionarla: en su
imaginación, ese lugar se había apropiado de las descripciones del
libro que Enrique le había regalado para una Navidad, un libro
difícil y raro, escrito por un judío checo, que Leni había leído
obedientemente en una edición de Schocken Verlag comprada en una
librería de viejos de la calle Cangallo. Pero a esa altura de su
vida tampoco esperaba hallar ahí salvación alguna. Sospechaba que
solo sería un escenario más en el estatismo de su periférico
pasar, un nuevo decorado que se sumaba a los incontables sucedidos
entre su llegada a la Argentina y ese viaje en ferrocarril. Sabía
que tampoco esa noche Fritz se transformaría en Enrique, como en un
viejo cuento de hadas, y que el año nuevo añadiría una más a sus
tantas heridas invisibles.”
El fragmento pertenece al
cuento “La otra Leni”. Separo el libro de Gobbo. Busco otro:
encuentro la novela Sarita
y ese tipo,
del Rafa Urretabiskaya. Hago lo mismo, lo abro al azar y leo:
“En casa prestada otra
vez, Sarita sigue buscando rastros de los otros, los auténticos
dueños de las pistas y señales secretas de esta casa. Se queda
mirando ¿admirando?, una lata de yerba Napoleón con forma de tambor
de varillas. La toma como a una delicada joya y le da vueltas por
delante de sus ojos. La sacude con cuidado para obtener con el
sonido, datos del misterio. “Papeles...”, y lo deja en su sitio
intentando reencontrar la posición exacta. A su lado encuentra un
hueso de caracú pintado con témperas de colores sobre una maderita
con leyenda “PARA LA MEJOR ABUELA”; también un posa pava hecho
con broches habla del amor de un nieto escolarizado. En la pieza hay
dos fotos ovaladas seguramente de los dueños de casa. Parecen
personas más felices de vivir que de sacarse fotos. En todo caso las
miradas hablan de ellos pese a la ropa que no y la seriedad que
menos. Es de los tiempos en que fotografiarse no era algo de todos
los días y aquí el encargado del retrato se nota que tenía por
principal objetivo impactar más que la cámara. En el marco de la
foto de los abuelos próceres, está enganchada otra de los abuelos
abuelos, coloreada. Sarita la quita de su lugar y en el reverso lee,
“Parque Independencia, Santa Fe” y una fecha, “29 de junio de
1969.”
Es el capítulo 45 de esta
road novel
patagónica. Dejo el libro junto al de Gobbo. Sigo buscando en los
lomos de los volúmenes y en lo que me va dictando la memoria los
libros de Ediciones De La Grieta. Me olvido para qué estaba haciendo
eso. Me acuerdo: un nuevo orden en mi biblioteca. Sigo. Encuentro
otro: Cíclopes
del mar,
de María Martha Paz. Repito la ceremonia y leo:
“El destino dispone
citas extrañas. Cuando al fin pudo abrir los ojos, uno todavía con
mucha dificultad, vio paredes forradas con dibujos mamarrachados con
crayón. Estaba acostado en una cama. Al costado, una mesa de luz con
acacias y mutisias en un florero improvisado. Las sábanas olían
limpias y por la ventana entraba aire fresco que volaba una cortina
liviana de voile. Buscó con la mirada alguna explicación. Parecía
hogar, olía a hogar; aunque ya no sabía bien qué era eso. En los
pies de la cama, sobre un felpudo y abrazando sus rodillas, Tavi
dormía babeándose en sueños con el gato gris entre sus brazos.
El universo conspiraba a
la vacuidad, las almas perdidas lloraban belleza, la insignificancia
lo rodeaba.”
Es el principio del capítulo
XV llamado “Confusión”. El epígrafe me asombra:
“Dime qué ves
qué lees
en el desayuno
y te diré
quién eres”.
Quién soy. Qué leo. Qué tienen en común los tres pasajes que he leído casualmente. En los tres hay construcciones inmóviles (una mansión, dos casas) observadas por un narrador también inmóvil. Cada quien atestigua y relata según su modo particular: la música y los sonidos del río en el cuento de Gobbo; las fotos y los varios objetos que pueblan una mesa (“las pistas y señales secretas”) en la novela del Rafa; los perfumes de mutisias y de sábanas limpias en el texto de María Martha Paz. En todos hay una inmovilidad idéntica o similar a la mía.
Me acuerdo de otro libro de
la editorial, la novela Ruido
blanco,
que escribimos a cuatro manos con mi amigo Facundo Bocanegra. La
alcanzo y busco un pasaje en especial, del capítulo titulado
“Signos”:
“Me vuelvo despacio,
aparecen las primeras estrellas. Miro cómo van formándose las
constelaciones y me acuerdo de eso que dijo alguien, no me acuerdo
quién: que las estrellas ignoran las figuras que armamos con ellas.
O no, algo así: como que esas figuras (la Osa mayor, Sagitario, el
Escorpión, etcéteras) sólo son posibles desde nuestra perspectiva
y con auxilio de toda nuestra fe poética.”
Eso necesito justo ahora: fe
poética. Agarro los cuatro libros que había separado y los vuelvo a
dejar (juntos, pero en cualquier lugar) en la biblioteca. Siempre
abandono estos repentinos proyectos de orden. Recuerdo eso que dice
Walter Benjamin en su extraordinario ensayo “Mientras desembalo mi
biblioteca. El arte de coleccionar libros”, que toda pasión linda
con el caos y que la pasión del coleccionista linda con el caos de
los recuerdos.
Le cambio la yerba al mate.
Está amaneciendo. Sale
el sol y parece renacer la vida, aunque afuera las calles todavía
están vacías. El sol: un rostro familiar en este universo hostil o
indiferente.
Diego
Rodríguez Reis



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