"Pueblo Perdido": Los Modos del Relato
En la segunda
edición del encuentro “LEE”
(Lectores,
Escritores y Editores) que tuvo lugar en Villa La Angostura, la
última semana de junio, se presentaron siete libros de autores y
editoriales regionales. Uno de ellos fue “Pueblo
perdido”,
de Sebastian Fonseca, quien con esta novela obtuvo el Primer Premio
del último certamen de Narrativa de la Editora Municipal Bariloche.
Para aproximarnos
a la lectura y a la interpretación de esta obra, intentaremos
trabajar y deconstruír los conceptos de novela, cuento y relato.
UNA CUESTIÓN DE GÉNERO
Cuando Henry James
publicó, en 1882, la novela epistolar “El
punto de vista”,
estaba inaugurando una nueva mirada, un nuevo espacio de construcción
de la narración. Un sistema inédito de relación entre autor y
lector. La novela, el cuento (y aún el poema) del viejo narrador
decimonónico (omnisciente, todopoderoso) agonizaban. Otro
narrador nacía: un narrador que exponía su propia versión de los
hechos, su interpretación personal.
William Faulkner, Virginia Woolf, el mismo Henry James, son los
nombres propios que ilustraron esta tendencia.
Parejamente, se
imponía otro concepto, muy en boga en estos últimos tiempos: el del
relato.
El relato como sistema de narración que construye una historia desde
un punto de vista particular, con sus tiempos y espacios personales.
El
relato distanciado de la novela en términos de extensión; y del
cuento, ya que no está atado a la antigua consigna de
principio-nudo-desenlace.
Rara avis
de esta perspectiva narrativa es “Pueblo
Perdido”,
de Sebastián Fonseca. Primero porque no consta de un relato, sino de
tres. Y
segundo, porque
el
conjunto de esos tres relatos conforman, perfectamente, una novela.
El todo es más que la suma de las partes.
TODOS LOS RELATOS EL RELATO
Desde lo que
podríamos llamar una primera lectura, una lectura
expositivo-explicativa, “Pueblo
Perdido”
consta de tres relatos largos: “El
asistente”,
“El
pescador” y
“El
machi”.
Los tres relatos
tienen distintos narradores y están presentados en la primera
persona del singular. Asimismo, los tres textos arrancan en tiempo
presente del modo indicativo. Ahora, una segunda lectura de estos
datos, aparentemente anodinos. ¿Qué significa todo esto? Estas
características son las que definen desde dónde estamos leyendo el
texto: que la novela esté escrita en primera persona singular y en
presente de modo indicativo, significa que lo que está pasando, me
está pasando a
mí, acá, y ahora.
Los tres relatos
están relacionados, entrelazados sustancialmente por razones que
comprenderá casi instantáneamente el eventual lector. Sin embargo,
cada uno de estos tres narradores es profundamente personal. Son
personajes distintos, tienen distintas edades, distintas
motivaciones, almas distintas. Ello implica que (muy acertadamente
por parte del autor) los personajes hablen distinto, esencialmente
distinto. Digamos, para utilizar un par de términos más o menos
técnicos, que la construcción sintáctico-semántica y la elección
lexical de sus respectivos discursos es absolutamente personal,
inimitable.
No podemos sacar un párrafo de uno de los relatos y traspasarlo a
cualquiera de los otros son dos sin que los lectores (nosotros) nos
demos cuenta al instante.
En su ensayo “Los
modos del cuento”,
Vicente Battista hace un relevamiento histórico de los primeros
cuentos y de los exponentes más conspicuos del género. Allí cita
(entre otros autores) a Phillip K. Dick, quien señaló que si un
cuento corto puede tratar de un crimen, la novela trata del criminal.
Mientras en un cuento se conoce a los protagonistas por sus actos, en
una novela sucede al revés: se describe a los personajes y después
hacen algo muy personal, derivado de su naturaleza individual.
Podríamos
arriesgarnos a definir, desde este foro, que un relato no trata de
personajes ni de hechos sino de una versión de los acontecimientos.
En ello reside su fuerza, su esencia: en lo asombroso o lo verosímil
de esa versión única y particular de los acontecimientos.
Parafraseando a Frederich Nietszche: “No
existen fenómenos morales, sino interpretaciones morales de los
fenómenos”.
EL ASISTENTE
El primer narrador
es tajante, sus descripciones eluden toda metáfora. Por ejemplo:
-“tenía la
mandíbula deforme, algo desplazada hacia un lado, como si estuviera
soplándose el flequillo”;
Otra, superior:
-“(Ella)
es bajita, dientuda y fea”.
Este narrador,
prosaico, preciso, nos cuenta y describe lo imprescindible. El nombre
que viene inmediatamente a la memoria y a los labios es el de Ernest
Hemingway. Recordemos
que Hemingway predicaba que un escritor debía enseñar sólo “la
punta del iceberg”,
y ocultar y/o sugerir el resto, que debía quedar bajo la superficie
del relato.
Otra detalle, de
orden polisémico: la doble lectura, la doble acepción del título,
ya que “asistente”
funciona tanto para avisar que el personaje es asistente, ayudante,
colaborador, y lo mismo sirve para dejar nota de que “asiste”
a los acontecimientos, como si no formara parte de su curso.
EL PESCADOR
El segundo
narrador tiene otra relación con el mundo “metafórico”,
digámoslo así. De hecho, el título original planteado por Fonseca
para este segundo relato era “El
mundo arrebatado”,
el cual aludía directamente a este universo.
Ese personaje se
autodefine así: “Entre
dos mundos estoy, el anterior que ya no puedo aceptar y el nuevo que
no alcanzo a comprender, entre el bosque nativo y el impactado, al
igual que esta playa de arena gris”.
El escritor y
antropólogo Carlos Castaneda escribió que el mundo está formado
por dos fuerzas (digamos): El Tonal
y Nagual.
El Tonal
es todo lo que vemos y tocamos, todo lo que podemos percibir a través
de los sentidos, todo aquello que podemos explicar. El Nagual
es todo aquello que está más allá de lo material, es eso invisible
que secretamente sostiene el mundo, es lo inexplicable.
Este segundo
narrador vive, como él bien lo dice, a mitad de camino entre estos
dos mundos. En un momento, nos habla de las “presencias”
que habitan las aguas del lago, y por qué no podemos ver estos
espíritus. Agrega que “sólo
podemos ver a estos espíritus cuando comprendemos por qué razón no
podíamos verlos”.
La alusión a otro
mundo, a lo invisible, pero no su descripción, son una constante en
este segundo relato. Cuando el personaje habla de una perca gigante
que va a pescar, nos dice: “Es
muy importante que los testigos de mi relato sólo vean la cabeza de
la perca. La imaginación y el boca en boca harán el resto, tanto
con el peso como con el tamaño. Supongo que así será como se arma
una leyenda.”
Volvemos
a la teoría de la punta del iceberg de Hemingway. Es
decir, el relato se construye con lo dicho, lo expuesto y también
(sobre todo) con lo no dicho, lo oculto.
EL MACHI
Por último, el
narrador del tercer relato, “El
machi”,
ya está totalmente inmerso, relacionado con ese mundo invisible, con
el Nagual.
Está cada vez más lejos del otro mundo, sin embargo. Él mismo nos
dice: “En
el mundo del invasor, un machi ya no puede dedicarse a su magia, ni
tampoco a hablar con los seres y espíritus del bosque.”
Y en la
comparación entre esos dos mundos, no duda: “Antes
muerto que cambiar mi magia por toda esa nada”.
Pero ahora está
solo, lejos de los hombres: “El
espíritu del invasor se ha llevado a la descendencia de este machi
al que sólo le quedan la magia y el bosque.”
En la realidad
actual de este personaje viven, conviven, dialogan el Copihue, con
Elmapun, con el Gualicho, el Trauco, la Fiura, pero no hay, apenas,
hombres.
PUEBLO PERDIDO
Para concluir,
podríamos decir que la novela está escrita cronológicamente al
revés, o hacia atrás, iniciando
desde una visión urbana, “ciudadana”,
totalmente inmersa en el Tonal, que desconoce “una
realidad aparte”;
pasando por la visión intermedia, la del que tiene aún un pie en
ambos mundos; hasta la del que todavía profesa esa visión original,
esa relación directa (y no mediada, “o
destrozada”,
diría el filósofo Immanuel Kant) con el mundo.
Y tal vez a eso
apunte Sebastián Fonseca desde ese título de “Pueblo
perdido”.
Porque si este pueblo del relato comenzó viviendo en estrecha
relación con sus saberes originarios; para luego quedar con un pie
en cada realidad, digamos; para terminar totalmente olvidado de esa
visión, sin participar del verdadero mundo, digamos, sino sólo como
“asistente”;
entonces
podríamos
concluir que ese pueblo, el del relato, está efectivamente,
definitivamente “perdido”.


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