Nuevas Postales de la Cuarentena
Retomo el orden de mi
biblioteca y la saga de estas “Postales de la cuarentena” que he
iniciado hace unos días. Una diferencia con la entrega anterior:
ahora es casi la medianoche en vez de la madrugada. Otra diferencia:
he desistido de reorganizar mis libros de acuerdo a las editoriales,
he desistido de cualquier intento de orden, en realidad. Vuelvo a
aquello que Walter Benjamin decía en su extraordinario texto
Mientras
desembalo mi biblioteca. El arte de coleccionar libros:
“Toda pasión, en
efecto, linda con el caos, pero la chifladura de la colección hace
al caos de los recuerdos. Y hay aún más: el azar y el destino, que,
bajo mi mirada, impregnan con sus tintes el pasado, se hallan
visiblemente presentes en el habitual desorden de estos libros”.
Entonces me dejo llevar
por esa pasión caótica y (con una copa de buen merlot en la
diestra) voy revisando libros al azar. Mi intención original es
glosar textos que hablen (cercana o lejanamente) de cuarentenas, de
aislamientos, de pandemias. Después decido que monotematizar no es
la tarea: me dejo llevar por el instinto y el azar, entonces. Pienso
en tipos aislados: me viene ligero a la memoria un cuento de Borges
de un hombre que se confina antes de cometer un crimen. Lo recuerdo
vagamente, voy a El
libro de arena.
Lo encuentro ahí: el cuento se llama “Avelino Arredondo”. Lo leo
completo, de un tirón. Copio este fragmento:
“Se mudó a una
pieza del fondo, la que daba al patio de tierra. La medida era
inútil, pero lo ayudaba a iniciar esa reclusión que su voluntad le
imponía.
Desde la angosta
cama de fierro, en la que fue recuperando su hábito de sestear,
miraba con alguna tristeza un anaquel vacío. Había vendido todos
sus libros, incluso los de introducción al Derecho. No le quedaba
más que una Biblia, que nunca había leído y que no concluyó.
La cursó página
por página, a veces con interés y a veces con tedio, y se impuso el
deber de aprender de memoria algún capítulo del Éxodo y el final
del Eclesiastés. No trataba de entender lo que iba leyendo.”
Me quedo con esta
última imagen, fuerte, la del tipo leyendo sin intentar entender.
Más o menos como estoy haciendo yo, que en vez de leer voy repasando
la vista sobre lo escrito. Recuerdo que de chico adoraba hacer
crucigramas: una de las definiciones clásicas era “repasar la
vista sobre lo escrito” y la resolución era “leer”. Pienso
esto: esta acción, la de repasar la vista sobre lo escrito es como
nadar, excluye la actividad de entender, el nadador no intenta
entender el agua sino mantenerse a flote, avanzar, acaso disfrutar de
ese desplazamiento. Mientras huelo profundamente el vino y dejo que
las notas inunden mi aparato olfativo, me asalta una revelación.
Reviso ahí nomás los libros de Bradbury y saco Farenheit
451.
Busco un párrafo en especial, hacia el final del libro:
“Tumbado, con los
ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en
su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar:
recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte
del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de
él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que
cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para
sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió
muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo...”
Montag, el protagonista
de una de las mejores novelas distópicas de la historia, aprende de
memoria el libro del Eclesiastés. Cuando las ciudades y el sistema
entero explota (implota) él se une a un grupo de desclasados que
asumen el papel de guardianes del legado cultural de la humanidad:
uno recuerda de memoria (es) La
República
de Platón; otro, las Meditaciones
de Marco Aurelio; Montag pasa a personificar el Eclesiastés.
La pregunta es: ¿Borges estaba pensado en Bradbury cuando escribió
su cuento y dejó deslizar esta delicada referencia para los lectores
atentos y devotos? ¿O fue pura casualidad?
Una palabra que he
pronunciado (¿o pensado en voz alta?) recién nomás es
“desclasados”. Eso me remite inevitablemente a Bukowski, cuyos
libros justo tengo frente a mis narices. Elijo uno, Hijo
de Satanás
(imperdonable traducción del original Septuagenarian
stew,
que sería algo así como Estofado
septuagenario,
algo así). Voy directoi a uno de los cuentos donde aparecen esos
desclasados tan bukowskianos, uno que se llama redondamente “La
vida de un vagabundo”. Lo leo entero, entre sorbo y sorbo de malbec
mendocino. El cuento está ambientado en 1943. Copio este pasaje, que
me impacta:
“Fuera pasaban los
coches. Harry empezó a contarlos, paró. No hay que jugar con la
locura, la locura no juega.
Más fácil era
contar las copas en la mano: ninguna.
El tiempo sonaba
como una campana muda.
Harry tomó
conciencia de sus pies dentro de los zapatos, luego de los dedos...
en los pies... dentro de los zapatos.
Movió los dedos de
los pies. Su vida se consumía yendo hacia ninguna parte como si
fuese un caracol que se arrastra hacia el fuego.”
Cierro el libro y lo
devuelvo a su lugar: Bukowski está justo entre Miguel Briante y
Anthony Burgess. Me quedó dándole vueltas a eso de que “la locura
no juega”. Un tipo se pone a contar autos, a jugar con la locura.
¿No estaré yo haciendo algo parecido, acá enclaustrado hace
exactamente un mes? ¿No estará mi vida también yendo hacia ninguna
parte, como un caracol arrastrándose hacia el fuego? ¿Cuánto
tiempo más seguirá la cuarentena? Más importante aún: ¿cuánto
tiempo más puedo seguir acá, así, sin enloquecer total o
parcialmente?
Levanto un poco la
vista, un título llama mi atención:
Además, el tiempo,
una novela de Salvador Biedma.
“La televisión
seguía con rayas, la imagen era sucia, tenía un chisporroteo de
gotitas de luz. Hablaban sobre los animales que aparecían muertos en
las provincias, con marcas en los ojos, la boca y los genitales.
Manuel había visto, días antes, un informe parecido. Un enviado
especial daba hipótesis: el chupacabras, extraterrestres, abejas
traídas de África, un grupo comando que pretendía sembrar miedo,
actividades científicas clandestinas... “Es algo nunca visto”,
repetía un hombre al que presentaban como “baqueano de la zona”.
La cámara, de vez en cuando, enfocaba los genitales de una oveja
muerta.
-”Río de Europa”,
dos letras... Po -dijo Inchauspe, y empezó a completar un
crucigrama-. “Padre de Zeus”, seis letras...
-Cronos – acotó
Manuel.”
Paro de leer, es
asombrosamente idéntico a un día cualquiera en casa, cualquiera de
estos días. Otro detalle me asombra: recién nomás estaba pensando
en crucigramas. Mirar televisión, resolver crucigramas, grillas y
sopas de letras, jugar a la generala, al tutti
frutti
y al scrabble:
actividades colectivas propias de esta rara etapa que nos toca
trasuntar. Ayer (¿o antes de ayer? ¿o la semana pasada?) escuché
en la radio que Shakespeare escribió Macbeth
y El
Rey Lear
estando en cuarentena mientras Londres era atacada por la peste
negra. También citaban que Cervantes arrancó Don
Quijote
estando preso en Sevilla. Yo, en cambio, acuartelado en esta casa
como en un búnker,
he logrado (con muchísima suerte y viento a favor) un par de páginas
apenas aceptables, creo yo.
Apuro mi copa de vino.
La liquido. Descubro esto: no me he movido un miserable paso en mi
breve excursión por mi biblioteca. De los aproximadamente tres mil
volúmenes que la componen, me he quedado apenas frente a un par de
estantes. Peor aún, todos los autores que he seleccionado pertenecen
al sector “B”: Borges, Bradbury, Bukowski, Biedma, son vecinos
cercanos de un mismo barrio. Retrocedo un paso, el citado sector “B”
ocupa un espacio bastante considerable. Descubro de repente que hay
muchos, muchísimos escritores cuyos apellidos empiezan con “B”:
Borges, Bradbury, Bioy, Briante, Bullrich, Berger, Bloy, Bolaño,
Bernárdez, Babel, Ballard, Balzac, Barthes, Baudrillard, Bataille,
Bellow, Bierce, Böll, Brontë, Buzzati, Benveniste, Bécquer,
Beauvoir, Burroughs, Blasco Ibánez. Son demasiados. Pienso que
podría iniciar un nuevo plan de lectura: leer solamente el sector de
la letra “B”, agotar el sector “B” de mi biblioteca, vencer
la tentación de leer a autores cuyo apellido inicie con otra letra
que no sea la “B”, y podría abandonar tranquilamente esta
existencia al final de mis días llevándome una porción bastante
considerable de la producción cultural de la humanidad. Abandono el
proyecto antes de siquiera a vislumbrarlo, repito el axioma
bukowskiano: No
hay que jugar con la locura, la locura no juega.
Vuelvo al final del
texto de Walter Benjamin con el que arranqué: “Ya hace rato que
pasó la media noche, y tengo ante mí la última caja, a medio
vaciar. Otras reflexiones se apoderan de mi; no exactamente
reflexiones, sino imágenes, recuerdos”, dice Benjamin. Acá igual,
pasó holgadamente la medianoche, he paseado entre mis libros y me
llevo un puñado de citas, de fragmentos, imágenes fugaces. Ya dejó
de ser hoy, ya es mañana.
Me voy a dormir (a
intentar dormir) recitando con toda mi fe poética esas palabras, ese
verso del Flaco eterno: Mañana
es mejor.
Diego Rodríguez Reis



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