Un Cuento de Gallegos


"Los libros arden mal", Manuel Rivas (Alfaguara, 2007).

La literatura suele no ir de la mano con los tiempos que corren: su andar es más lento, más indeciso. La cantidad de publicaciones (anuales, mensuales, diarias) excede desaforadamente las posibilidades del lector más asiduo, más encarnizado. La internet (la Red de Redes) no ha hecho sino disparar exponencialmente esta desproporción. Según es fama, Aristóteles fue el último mortal en leer toda la literatura de su tiempo a su alcance. Desde entonces, todos los hombres estamos en desventaja con el material que día a día se produce, producimos.
Por ello, no es insólito que un libro que fue publicado hace casi una década sea, para los tiempos literarios, un texto relativamente "nuevo": tan insospechado y vasto es el universo de la literatura. Tal el caso de "Los libros arden mal", que el gallego Manuel Rivas publicara originalmente en el 2006 y que no llegara a mis manos y a mi conocimiento sino hasta hace escasas semanas.

El libro, cuantitativamente, consta de más de seiscientas páginas, pero su construcción favorece una lectura ágil, amena. Novela polifónica: la componen varias voces sucesivas y/o simultáneas. Y esas voces, a veces en primera persona, a veces en tercera, van configurando historias múltiples, profundas: la de Luis Terranova, el cantante callejero de tangos que ahorra para un pasaje de ida a Buenos Aires; la de Hércules, el boxeador del pueblo; Ó, la lavandera; el Juez Ricardo Samos, coleccionista de Biblias de las bibliotecas saqueadas; John Black Eye, seudónimo de un escritor de novelas del far-west.
A la manera de las tragedias griegas, el hecho fundamental, disparador, ya ha ocurrido. El incendio de los libros es el tiempo cero del relato, el instante eterno al cual siempre se vuelve, para reiniciar la narración. La quema de los libros es un lugar frecuentemente visitado, común a todas las literaturas: desde la quema de los libros de Don Alonso Quijano en el archifamoso "Quijote" hasta la tarea paradójica de incendiar libros de los bomberos de la distópica "Farenheit 451" de Ray Bradbury.
En ambas obras, esos libros incendiados son tildados de nocivos, peligrosos: "No hay que perdonar ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por la ventanas al patio, y hacer un rimero de ellos, y pegarles fuego; y si no, llevarles al corral; y allí se hará la hoguera y no ofenderá el humo", dice la sobria sobrina del Quijote; "No nos recreemos en los recuerdos de los individuos. Olvidémoslos todos. El fuego es luminoso y limpio", leemos en "Farenheit 451".
En la historia propiamente dicha, el ejemplo más célebre es el del incendio de la Biblioteca de Alejandría: miles de manuscritos ardieron en un solo día, luego de la orden del Califa Omar. La decisión del Califa se justificaba así: "Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven porque la repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no vale la pena conservarlos".
En todos estos ejemplos, los libros deben arder, deben ser quemados: son elementos subversivos, sediciosos. "Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes", supo escribir Borges en 1952, hablando del emperador chino Shih Huang Ti, en su ensayo "La muralla y los libros". Y de los conquistadores también, podemos agregar. Y de los dictadores y sus sátrapas.
En "Los libros arden mal", en esta reversión de la vieja escena tristemente eterna, los quemadores son soldados de la Falange, de las huestes de Franco. Para ellos, los libros son enemigos. Muchos tienen nombre y apellido: los que provienen de la biblioteca de Santiago Casares Quiroga (los "casaritos"); la Biblioteca de Germinal; la del Ateneo "El Resplandor en el Abismo"; los de los traductores de la Escuela Racionalista; ejemplares de la revista "Brazo y Cerebro".

El día de la quema: el 19 de Agosto de 1936. El lugar: la Dársena de A Coruña, Galicia.
La descripción de esa postal es múltiple, minuciosa. Cada una de las entradas va agregando capas de sentido a la escena:

- "Los libros ardían mal..." (pág. 46);
-"Los libros como reos, arrestados, contra la pared. En fila, apretujados, sin poder estirarse, en silencio mudo" (pág. 63);
-“Hay fuego en el centro. Algo pasa. ¿No ves el humo? ¿Y qué puede pasar que no haya pasado ya? Ahora están quemando los libros” (pág. 89);
-"La atmósfera en la que arden los libros está llena de huecos. Está agujereada. El humo buscaba en dónde sostenerse, por dónde trepar y subir" (pág. 122);
-“Enterré libros. La mayor parte eran libros muertos. Quemados hasta su cerne. Llevaban ya dos días ardiendo. Pero alguno aún estaba vivo. Aún bullía. Le echabas tierra encima y, al poco, brotaban puntas de hojas retorcidas como abrojos. Una lástima” (pág. 587).

Los inquisidores van pasando revista de los libros destinados al fuego. Uno, paradigmáticamente, es "Seis poemas gallegos", de Federico García Lorca, publicado por la Editorial Nós, de Compostela: "Si alguien, algún día, escribía esa historia de la quema de los libros en Coruña, podría añadir una anotación no gratuita" -reflexiona el narrador-. "Ánxel Casal y Federico García Lorca fueron asesinados aquella misma madrugada. El editor gallego en una cuneta, a la salida de Santiago, en Cacheiras, y el poeta andaluz en el barranco de Víznar, en Granada. A la misma hora y a mil kilómetros de distancia."

Según corren las páginas, la novela avanza, crece, se abre. Surgen más personajes de ese universo, de su abismo luminoso: el inspector Ren, suministrador de Biblias del juez Samos; el censor Tomás Dez, que de tanto hojear y hojear obras y manuscritos padece de dermatitis de contacto; Ramón Monte, el Maniobrador de Grúas; Polca, uno de los jardineros obligados a enterrar los cadáveres de libros.
Todos son, sin embargo, voces de un mismo ser, una misma entelequia: la memoria. La memoria que proclama: “Había el hablar de las cosas y el callar de las cosas” ó “Las palabras son las huellas que más se ven”. La memoria que le hace definir la dictadura franquista (y todas las dictaduras) a un personaje, así: "Aquí no hubo guerra, nena, eso que llaman guerra fue una cacería..."
Esa memoria es multiforme: “La memoria del carajo, siempre a su aire. Iba detrás de las cosas sin su permiso”. Otras, en una clásica analogía, es un río: “La vida, el transcurrir del universo, todo explicado como un río. Un río que nunca es el mismo, que siempre cambia. (…) La humanidad va como un río. Parece que todo cambia, que todo se mueve, el progreso conduce a la historia. Aunque puede ser una apariencia. Hay partes del río que son aguas muertas, estancadas, sin vida.”
Los libros arden mal” tiene ese ritmo. Ritmo de fluir: como el “Ulises”, esa crónica enloquecida y milimétrica de un solo día; como “El limonero real”, de nuestro Juan José Saer, la historia nueve veces contada de la misma jornada.
Pero más que el fluir de la conciencia, hay en la novela de Manuel Rivas el fluir del discurso vivo, de la vida misma. El fluir de ese río: correntada de cosas, remolinos, pozones, vados.
Esa conciencia colectiva irrumpe, se revela, habla como un oráculo, epifánica: “Esto, la pira de libros, no forma parte de la memoria de la ciudad. Está sucediendo ahora. Así que esto, el arder de los libros, no sucede en un pasado remoto ni a escondidas. Tampoco es una pesadilla de ficción imaginada por un apocalíptico. No es una novela. Por eso el fuego va lento, porque tiene que vencer las resistencias, la impericia de los incendiarios, la falta de costumbre de que ardan los libros. La incredulidad de los ausentes.”

Para nosotros, que de este lado del Atlántico solemos construir y consumir cuentos de gallegos para la fácil y eficaz diversión, he aquí un cuento de gallegos que nos quiere recordar el paso (y el peso) de la historia.
Una novela que ejerce el santo oficio de la memoria. Para recordarnos la existencia de esos monstruos terrenales: los que más tarde o más temprano llegan imponiendo orden y silencio, los cercenadores de la cultura y de la libertad en todas sus formas, los carceleros de la humanidad.

Diego Rodríguez Reis
Revista "CIC. Periodismo Con Intervención del Cronista" N°4, Bariloche, 14/03/2016



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