Ricardo Piglia: Ficciones Paranoicas
"Los
Diarios de Emilio Renzi. Años de Formación" (Anagrama,
2015)
En el año
1897, el irlandés Bram Stoker asombró (y
asustó) al mundo con su novela "Drácula",
que retomó una vieja leyenda de la Europa Oriental sobre un monstruo
y la reversionó para el resto de los mortales (como hiciera dos
siglos atrás Johann Wolfgang von Goethe con la historia del Doctor
Fausto). Más visitados son los ecos que generó (libros, series,
películas, comics) que la propia novela en sí. Lo atractivo, lo
novedoso de ese libro fue (además de la historia del célebre
vampiro) la amplitud de registros, de recursos narrativos que
despliega Bram Stoker: el diario personal de Jonathan Harker, la
correspondencia que mantiene él con su novia Mina Murray y con el
propio conde Drácula, extractos de artículos periodísticos y hasta
la transcripción de las grabaciones de un clásico gramófono.
En
nuestros pagos y más cerca en el tiempo, Manuel Puig supo hacer lo
mismo en su última novela "Cae la
noche tropical" donde los lectores
"asisten"
a la lectura textual de un periódico, cartas que vienen y van, y
como corolario, la bitácora de vuelo de un avión.
Representante por
excelencia de esas (y otras) búsquedas intertextuales es Ricardo
Piglia, quien, en el año recién pasado, ha publicado dos libros que
dan cuenta de su inagotable reflexión acerca de los diversos
registros narrativos.
En "La
forma inicial. Conversaciones en Princeton",
como bien su nombre ya lo anuncia, prima la "conversación",
elevada a género narrativo: un género que una vez propuesto,
propone a su vez una serie de reglas o leyes, de temas posibles de
tratar en ese registro, de entonaciones. En el prólogo, con el
título acorde de "La conversación
y sus formas", Paul Firbas dice:
"La conversación grabada y su
transcripción son sólo el punto de partida de una cuidadosa
reelaboración textual". Y más
adelante, afirma: "La conversación,
en tanto género escrito, es una reconstrucción o una restauración.
Su forma se acerca al texto teatral o al guión de algún filme
posible."
En
esas conversaciones, Ricardo Piglia trasunta con sus eventuales
interlocutores sobre los temas que siempre lo apasionaron y que
recorren toda su obra: Borges, Arlt, el género policial, las
traducciones, la literatura popular .
Otros
géneros (o subgéneros) desfilan por las páginas del libro: la
entrevista, la conferencia, apuntes para una conferencia, el
artículo, el ensayo breve, el discurso de la recepción de un
premio, y (acaso el texto más original del libro) la charla que
sucede a la firma de Piglia de su testamento. La conversación,
titulada significativamente "Medios
y finales" tiene lugar en una casa
en Princeton, New Jersey, con los notarios (que luego del episodio
burocrático, se retiran), los testigos, amigos de Piglia y otro
amigo, conectado a su computador desde California.
Más allá de estas
diversidades, el libro se deja leer amenamente. Posee los altibajos y
los asombros que nos puede deparar una charla entre amigos:
definiciones al paso, pensamientos urgentes cifrados en tono
coloquial, efímeras discusiones.
Uno de
los pasajes más apasionantes es el capítulo llamado "La
ficción paranoica" (Conversación
entre Ricardo Piglia, Jeffrey Lawrence y Camilo Hernández), cuyo eje
temático gira alrededor del género policial en América Latina y
los Estados Unidos. Allí, por ejemplo,
se señala aquella proposición de Borges, según la cual el género
policial cambió el modo de leer: engendró un nuevo tipo de lector,
el lector paranoico.
El
lector paranoico es aquél que aborda un texto buscando pistas,
señales, signos, desconfiando de todo lo que se le dice, atento a
cada detalle, cada aparente desliz del narrador.
Ese lector, decía un poco en broma Borges, lee el principio del
"Quijote":
"En un lugar de la Mancha de cuyo
nombre no quiero acordarme, etc..."
e instantáneamente se pregunta por qué el narrador no quiere
acordarse del nombre de ese lugar. Ese lector deduce que
probablemente no quiere recordarlo porque allí se ha efectuado un
delito, un crimen, y si el narrador no quiere acordarse es porque él
debe ser en realidad el culpable o el asesino. Concluye Camilo
Hernández: "Entonces podría
pensarse que se crea una especie de lector delirante."
Parejamente,
podemos imaginar el reverso exacto de ese lector. Un lector de
mediados del siglo diecinueve, de novelas y cuentos puramente
realistas (un lector de Tolstoi, de Conrad, de Stendhal) que aborda
un texto actual del género policial o de suspenso y no logra
entender por qué el narrador deliberadamente oculta información, o
no declara desde el principio todos los pormenores del caso y el
papel qué juega cada uno de los personajes, aún quién es el
culpable del delito.
El texto
que cierra el volumen, "Secreto y
narración", nos reserva todavía
algunas perlas:
-la
distinción entre enigma, misterio y secreto, "tres
formas en las que habitualmente se codifica la información en el
interior de los cuentos";
-la
definición del autor, el narrador, los personajes y el lector como
"la pequeña comunidad en el
interior de la cual se desarrolla un relato";
-la
cuestión del desdoblamiento autor/narrador, en palabras de Roland
Barthés: "El que narra no es el
que escribe, y el que escribe no es el que es."
Hacia
el final, nos sorprende una confesión del autor, acerca de su método
de lectura, personalísimo, un índice de lectura fascinante,
pigliesco por
donde se lo mire: "Como
han visto, lo que intento hacer con los textos es pensar problemas de
construcción, leer como lee un escritor. Busco soluciones para los
textos, que no es lo que la crítica literaria hace con ellos, los
interrogo caso como si no estuvieran terminados, proponiendo otros
finales, proponiendo historias que parece que están ahí pero no
sabemos si verdaderamente están ahí."
Más
íntimo (al menos en apariencia) es el tono y el terreno en el que
navega el otro volumen, "Los
diarios de Emilio Renzi. Años de formación".
El libro reúne los diarios de una
década (1957-1967) de Ricardo Piglia, oculto en la mitad menos
conocida de su nombre: Emilio Renzi (el nombre completo del escritor
es Ricardo Emilio Piglia Renzi). Según
se cuenta en el prólogo, “las notas y
las entradas de estos diarios ocupan 327 cuadernos”.
El proyecto ya conoció el contacto con las pantallas: el 5 de
Septiembre se estrenó simultáneamente en el Malba y la TV Pública,
el filme titulado justamente “327
cuadernos” dirigida por Andrés Di
Tella.
Piglia
comenzó su diario a los 16 años, en un momento decisivo, tanto
personal como generacional, tras el golpe militar de 1955, cuando su
padre cae preso, por su declarada identidad/actividad peronista.
Hechos fundamentales son narrados desde
esta perspectiva: el exilio de su padre (y de su familia consigo) a
Mar del Plata; sus estudios en La Plata; su decisión de convertirse
en escritor; el inicio de su carrera universitaria; su renuncia junto
con otros profesores a las cátedras de la Universidad luego del
golpe de Onganía.
Figuras
estelares de nuestra literatura (y de nuestra cultura en general)
desfilan, a veces de soslayo, en sus páginas. El mítico y casi
iniciático encuentro con Borges: “Seguimos
conversando un rato más, yo ya estaba atontado y avergonzado y como
adormecido. Borges me hizo ver el escritorio circular de Groussac que
él recorría con su mano espléndida y pálida, la mano con la que
había escrito ‘Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius’ y ‘La
supersticiosa ética del lector’”.
Y más adelante, rememora: “Encuentro
con Borges. Sensación de estar frente a la literatura, o mejor, de
ver funcionar una maravillosa máquina de hacer literatura.”
Otros visitantes ilustres de su diario son el editor Jorge Álvarez,
Beatriz Guido, Juan José Saer, Haroldo Conti, Vicente Battista,
Abelardo Castillo, el “Tata”
Cedrón, Juan Gelman, Francisco Urondo.
Párrafo
aparte merece esta entrada, de septiembre de 1965: “Domingo.
(…) Estábamos en El Hormiguero, fuimos a escuchar a Mercedes Sosa,
una folklorista que recién empieza y tiene una voz con un tono
parecido al de Joan Báez.”
También
podemos asistir a los primeros atisbos de la historia de tres
ladrones de un banco, refugiados en un departamento en Montevideo,
“aguantando
dieciséis horas y resistiendo contra cuatrocientos policías y
soportando gases, fuego, balas, agua, bombas hasta que al fin queman
el dinero y gritan: ‘Vengan
a buscarnos, guanacos’”
(Pág. 203). Esta entrada, de noviembre de 1965, es el embrión de lo
que será, más de treinta años después, la novela “Plata
quemada”
(ganadora del Premio Planeta Argentina de 1997) y que llevaría al
cine el director Marcelo Piñeyro en el año 2001.
A
decir verdad, todo el libro abunda en hallazgos, en frases felices.
En el joven Piglia ya se agitan las pasiones sobre las que meditará
y escribirá toda su vida.
Los
libros. “¿Y
cuántos libros he comprador, alquilado, robado, prestado, perdido,
desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en
libros?” (Pág. 26).
El
oficio de escribir. “¿De
dónde saqué yo que soy un escritor?”
(Pág. 48).
“Uno
está dentro del mundo que narra, quiero decir, nunca se debe decir
nada que sea externo al universo de la acción. El narrador debe
saber menos que los protagonistas”
(Pág. 187).
“No
me interesa la pose del ‘creador’
que le debe todo a la magia, lo que más me interesa es construir una
figura que se aleje de los estereotipos argentinos del ‘escritor’.”
(Pág. 243).
El
acto íntimo de escribir un diario
(tema que desveló también a otros escritores/escritores de diarios
como Pavese, Dostoievsky, Susan Sontag). “La
suprema impostura está en el hecho mismo de escribir estos
cuadernos. ¿Para quién los escribo? No creo que sea para mí y
tampoco me gustaría que alguien los leyera.”
(Pág. 58).
“Mucha
dificultad para encontrar la forma de contar lo que estoy viviendo.
Lo único que me hace seguir anotando los días en estos cuadernos es
el intento de encontrar un sentido que quiebre la opacidad de las
horas sin huellas.” (Pág. 84).
La
apoteosis de la escritura del diario, la vision epifánica de su
futuro mismo la encontramos en la entrada del viernes 31 de diciembre
de 1965 donde Piglia escribe: “Releer
mis ‘cuadernos’
es una experiencia novedosa, quizá se puede extraer, de esa lectura,
un relato. Todo el tiempo me asombro, como si yo fuera otro (y es lo
que soy).”
El
escritor británico Thomas Carlyle escribió (la cita es borgeana de
pura cepa) que la historia universal es un infinito libro sagrado que
todos los hombres escriben, leen y tratan de entender, y en el que
también otros los escriben. Leer o
repasar estos diarios, (furiosamente argentinos y contemporáneos) es
asomarse, siquiera fugazmente, a esta fantástica visión de la
historia.
Diego Rodríguez Reis
Revista
Digital “CIC.
Periodismo con Intervención del Cronista”
N°3, Bariloche, 10/02/2016



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