Memoria y Ficción: Encuentro de Dos Mundos


El 18 de Abril de 1966, el filósofo alemán de origen judío T. W. Adorno pronunció por la radio una frase que se volvería célebre: "No se puede volver a escribir poesía después de Auschwitz". La frase (y la conferencia completa: "La Educación después de Auschwitz") fueron publicadas al año siguiente y hoy forman parte del volumen "Consignas".

Estas palabras conocieron muchas interpretaciones. La primera interpretación del oyente/lector es la de que es imposible seguir escribiendo poesía después de la existencia (léase "del conocimiento de la existencia") de Auschwitz, de un campo de concentración, tortura y exterminio sistemático: el horror anula toda posibilidad de poesía, de belleza, de creación estética. Otra: la de que después de Auschwitz, no se puede volver a escribir poesía, sino que se debe escribir sobre Auschwitz.
Más allá de estas aparentes disquisiciones, lo que queda de manifiesto es la línea (gruesa o delgada) que divide estos dos mundos: el de la poesía (la literatura) y Auschwitz (la historia). Directa o indirectamente, se ataca además un punto álgido, una zona de conflicto de la escritura (y del arte en general): la cuestión de que si hay o nó temas sobre los que no se puede (o no se debe) tratar.
En estos días se cumplen cuarenta años (toda una vida) del último golpe cívico-militar, proceso que generalmente definimos "dictadura" o "terrorismo de estado" y otros inauditamente llamaron (y siguen llamando) "proceso de reorganización nacional". Como escribió acertadamente el sociólogo Pierre Bordieu: "El que nomina, domina".
¿Qué hay en la literatura argentina sobre la última dictadura? ¿Se ha hecho cargo la literatura argentina de este pasaje terrible de nuestra historia? ¿Debe hacerse cargo? Reformulando: ¿Se puede escribir poesía después de la ESMA? Más aún: ¿Se puede escribir poesía, novelas, cuentos sobre la dictadura? Abordado este campo, parecen multiplicarse las preguntas, las incógnitas. Las respuestas (las decisiones) oscilan fuertemente entre la ética y la estética. "
"¿Ética o estética? Tal es la pregunta de este fin de milenio", anunciaba el escritor Paul Virilio en la conferencia "Un arte despiadado", que luego formara parte del libro significativamente titulado "El procedimiento silencio" (Editorial Paidós, Buenos Aires, 2001). No es el fin de este artículo el pretender dar una respuesta, sino antes bien presentar sobre qué campo discursivo (conflictivo) surgen determinados textos, captar sus significaciones, sus alcances. Saber si en realidad esos dos mundos (el de la memoria y el de la ficción) son tan ajenos en realidad, responden a lógicas y finalidades distintas; o si, más allá de estas diversidades, pueden llegar a complementarse, a potenciarse mutuamente.
Trataremos tres textos que abordan la memoria desde la ficción, la ficción desde la memoria:

1. "Lo imborrable", Juan José Saer (Alianza, 1993). “Lo imborrable” está protagonizada por Carlos Tomatis, personaje clásico y alter ego del escritor santafesino. Tomatis y Haydée, su mujer, reciben el pedido de refugio en su casa por parte de la Tacuara, joven guerrillera que la pareja conoce desde niña. Haydée la echa, a instancias de su madre. La chica es secuestrada casi de inmediato. A causa de ello, Tomatis termina separándose de su mujer. Así, los hechos desnudos. El aire que envuelve el texto es opresivo, paranoico (el mismo de "Respiración artificial", de Ricardo Piglia, novela escrita y publicada en pleno proceso): el aire de la censura, la represión, el terror.
Confrontado a Tomatis, se postula a Walter Bueno, artista oficial del régimen totalitario vigente, escritor de best sellers y animador de televisión. La Industria Cultural del Estado, que tiene en Walter Bueno a su máximo referente, mantiene dominados a los ciudadanos con programas televisivos hipnóticos, la transmisión y reproducción de noticias inventadas.
La única finalidad de tal aparato alienante es el silencio del horror circundante. Lo imborrable, lo que no debe borrarse es todo lo que está guardado en la memoria, la desaparición y muerte de la Tacuara, todas las desapariciones y todas las muertes.

2. "El fin de la historia", Liliana Heker (Alfaguara, 1996). El título de la novela ya alude intertextualmente al homónimo y polémico ensayo que Francis Fukuyama publicó en el verano de 1989 en la revista “National Interest” y que luego editara en formato libro en 1992, bajo el título “El fin de la historia y el último hombre”. Allí, el autor afirma que “el fin de la historia” equivale al fin de las guerras y de las revoluciones sangrientas: ya los hombres pueden satisfacer sus necesidades a través de la pura actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ningún tipo de batallas. Una legitimación de la teoría neoliberal, ni más ni menos.
La novela de Liliana Heker nos cuenta la historia de Diana Glass, quien a su vez intenta contar la historia de Leonor Ordaz, su amiga de toda la vida, la militante a quien cree muerta y a la que descubrirá viva, con otra identidad porque ha traicionado a sus compañeros. El tema central de la novela es la traición: Leonora, chupada en las mazmorras de la dictadura, se cambia de bando, se enamora y se casa con su captor-torturador y colabora con los represores.
Diana Glass, la narradora, es miope y es justamente esa miopía la que de alguna forma le permite atender (entender) los detalles, las mínimas diferencias y contrastes. O como leemos en un fragmento de la novela: “las pequeñas historias que se siguen filtrando entre las grietas del espanto”. Intenta huir de una mirada totalizadora: también confronta el relato puramente progresista de la historia.
Pero hay, sobre todo, en su continuo accionar, el ejercicio de la memoria. Actividad que enfrenta a la que estipuló ese estado de facto, un estado que dirigió su accionar a anular o directamente destruir la memoria. Trabajo que aún en años de democracia otros gobiernos se encargaron (o encargan) de continuar.

3. “La experiencia sensible”, Fogwill (Mondadori, 2001). Ni bien iniciada la novela, se lee, en cursiva: ”Sucedió a fines de los años setenta. Por entonces, narrarlo era uno de los proyectos con menor sentido entre tantos que se podían concebir”. Una página después, ya el narrador definitivo, nos dice: ”El setenta y ocho no fue un buen año para Romano: el peor de su vida, pensó después”. Este hombre llamado Romano viaja a Las Vegas con su mujer, sus dos hijos y una niñera adolescente.
Mientras tanto, en la Argentina suceden otras cosas, de otro orden. Fogwill explora desde la mirada de Romano algunas facetas generalmente ocultas o poco visitadas de esos años: el exitismo consumista, los viajes al extranjero, la perspectiva de un sector social determinado.
La atmósfera está planteada desde el presente y la experiencia particular de Romano. Romano habla poco: mira y observa. Calcula, acciona. Fogwill nos plantea una mirada ”desde afuera” de los años de la dictadura: la visión de Romano (¿ingenua? ¿estratégica?) propia de las clases media y alta, con históricas y nuevas costumbres.
Lo que verdaderamente pesa (y sostiene toda la novela) es “lo no dicho”. ”La experiencia sensible” es el intento de describir o contar “una” historia sin contar “la” historia.
Estos son apenas tres ejemplos, tres semblanzas que nos hablan a la vez de las posibilidades y las imposibilidades de la literatura y del arte. Allí donde el autor es creador y re-creador, donde se ve constantemente aludido por la escisión ética/estética entre "presentar" y "representar". La materia prima con la que trabaja es la memoria, la realidad, en un terreno en el cual, lamentablemente, esa realidad superó a cualquier ficción antes imaginada.
Como escribió Borges (un escritor genial, pero que claramente reivindicó, en su discurso extra-literario, el papel de las dictaduras regionales): "Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida" (“El Congreso”, 1975). Y si de esas palabras postuladas, de esa memoria colectiva desaparece información valiosa de nuestro pasado, huellas de nuestra historia que no deberíamos olvidar, el riesgo es inmenso. No hay temas posibles o imposibles, así como no hay temas buenos o malos. Se puede o no escribir sobre determinados temas, nadie está obligado a tratarlos o nó. Hay sí, la diferencia (sutil, gigante) entre "estar en silencio" y "quedarse callado".
Un modelo posible de visión (y de acción) es el que propone el dramaturgo, director teatral y docente Alejandro Robino en sus "Instrucciones para capear el temporal". Allí, previene: "Defiéndase: a la estética, ética". Y nos arenga: "Y eso sí, ser perseverantes y tenaces, escribir religiosamente todos los días, todas las tardes, todas las noches". ¿Por qué? "Porque la poesía les duele a estos hijos de puta", concluye.
Una de las tareas implícitas (inevitables) de todo poeta, de todo escritor es defender los espacios desde los cuales se comunica, habla, poetiza, novela o cuenta. Sin esos espacios, no existe.
Cuando por alguna razón (o por la fuerza) desaparece la memoria, quedan al menos las cosas, los lugares, los espacios físicos y simbólicos, testificando en silencio, aguardando el retorno de la memoria ausente.
Pero si esos espacios son destruidos también, entonces es el final definitivo, el final irreversible.
La memoria ya no tendrá adonde regresar.

Diego Rodríguez Reis
Revista "CIC. Periodismo Con Intervención del Cronista" N°5, Bariloche, 23/03/2016



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