La Noche Boca Ríver



                                                                     “Traduttore, traditore”
Proverbio italiano

El escritor, periodista y músico aficionado Alan Verse, en sus tiempos mozos, de fuerza, arrogancia y fluida imaginación (de mayo a noviembre de 1986), probablemente impulsado por el hecho de que Argentina se coronara campeón en el Mundial de Fútbol de México, tuvo la idea de aprovechar ese fervor popular futbolístico como vehículo de la gran literatura. Entonces acometió la labor (de antemano inaudita) de traducir al lenguaje futbolístico las grandes obras maestras de las letras argentinas, americanas y universales.
Comenzó por Vicente López, zona que conocía a la perfección de sus tiempos de estudiante, décadas antes de instalarse definitivamente en la ciudad cordillerana de Villa La Angostura. Cuando ya había traducido (argumentalmente, mentalmente) dos o tres poemas de Leopoldo López (poeta simbolista, amigo y camarada de aquellos tiempos y tierras) decidió que convenía, a manera de golpe de efecto, saltar directamente a lo consagrado, lo grande, lo glorioso. Decidió traducir al lenguaje futbolístico la novela “Crimen y castigo”, de Fiódor Dostoievski. Pero, apenas trasuntadas unas veinte páginas, entendió que tanto la extensión de la obra como la cantidad de páginas trabajadas por día excedían sus expectativas de vida.
Entonces delegó la tarea a su inefable colaborador, amigo y coetáneo, el instructor de Educación Física, Euclides “el Profe” Córdoba. Euclides era un hombre disciplinado, serio, pelado. Tenía cierta experiencia en el rubro: había escrito algún que otro suelto, en general reseñas de los partidos de la Liga Confluencia, para medios locales. Algunas de las notas que escribió para “La improvisación” (periódico cultural que editó con Alan Verse, más o menos periódicamente) han llegado aún hasta nuestros días. Ciertos resabios del tono futbolístico parece perdurar en ellas.
El Profe” Córdoba, después de un par de intentos fallidos, concluyó que la mejor traducción, para una mayor comprensión del argumento de una novela psicológica de fines del siglo diecinueve, era la traslación total del texto a un relato futbolístico. Mejor aún: a la crónica periodística de un partido de fútbol.
¡Domingo de literatura, señores!”, arrancaba el panegírico, entablando animadísimo diálogo con el lector. Animación que, “más allá de cierta llaneza y hasta indecisiones en los movimientos iniciales (los primeros veinte minutos)”, llega a su punto cúlmine con los asesinatos de la vieja usurera Aliova Ivánovna y de su hermana Lizaveta por Rodión Raskólnikov, un estudiante “de andar cansino, un jugador mental, con poco recorrido en el campo, pero dueño de un derechazo fulminante”.
Raskolnikov, luego de su crimen, sufre la persecución abstracta de la culpa y la física del inspector de policía, el juez Porfirio Petróvich, “un veterano con temple y despliegue, un verdadero tiempista, que sabe cuándo arriesgarse y dónde cortar el juego”.
Petróvich asedia a Raskólnikov, “no lo deja armar ni desarrollar sus jugadas, frustra implacablemente todos los avances del estudiante”. El resultado, según el “Profe” Córdoba: “Un libro friccionado en el medio”. Desesperado, Raskólnikov “va retrocediendo cada vez más, cediendo campo a su contrincante, hasta que ya en el tiempo de descuento pierde la concentración y descuida su defensa, lo cual acelera que la justicia, personificada en el juez Petróvich, marque al fin un tanto a su favor”. Raskólnikov se entrega.
Las conclusiones ulteriores de Euclides Córdoba van de lo meramente técnico-descriptivo a las semblanzas morales: “El libro, escrito en 1886, cuando no existían ni la definición por tiros desde el punto penal ni la eliminación por “muerte súbita” (luego suavizada con el término “gol de oro”), presenta todas las alternativas de un juego emocionante, de ida y vuelta, vertical, que sin embargo no se ven reflejadas en el pobre resultado final: 1 a 1. Así y todo, Raskólnikov mereció algo más, ya que mostró dinámica, actitud, y presentó pelea, se paró de igual a igual en lo más álgido del campo de juego”.
Alan Verse publicó íntegro el texto, que no tuvo gran aceptación por parte de los amantes del buen fútbol (ni por los de la buena literatura). Pero no se dio por vencido. Decidió que lo mejor era seguir los áureos principios aristotélicos, y optó por traducir una obra de cierta y bien ganada celebridad, ubicada entre lo regional y lo universal. Una obra netamente argentina.
Una iluminación brusca (como son todas las iluminaciones) decidió la obra a traducir: el cuento de Julio Cortázar “La noche boca arriba”. Una sutil alteración en el original decidió la temática de la traducción, cuyo nuevo título quedo así: “La noche boca river”.
La historia (relato de una jornada alucinante) inicia con las peripecias de un oscuro centrojás del Club Atlético Boca Juniors, en un partido jugado en los inicios del siglo XX, en los tiempos primitivos, amateurs del fútbol, previos a la era moderna del profesionalismo. Digamos, 1917. El centrojás es un chico formado en las inferiores, una gran promesa que apenas juega su tercer partido en primera. Su equipo va perdiendo 1 a 0 contra el Rácing Club de Avellaneda. A falta de diez minutos para que termine el partido, el centrojás intenta una guapeada. Después de cortar un avance del adversario y de levantar la cabeza, inicia la carrera. “Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía”, ve al wing derecho que se la pide larga. Mete el pase en cortada y va en busca de ese centro salvador. la defensa está desarmada, debido a lo sorpresivo del ataque. El centrojás va seguro, “llegaría con tiempo sobrado a donde iba”.
Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente”. Saltó flojo a buscar el cabezazo. No vio al stopper que salió de la nada a cortar bien arriba. “Fue como dormirse de golpe”. Cuando vuelve en sí del desmayo, lo están trasladando boca arriba en una camilla, sacándolo del campo de juego. De ahí, a una ambulancia que llegó a los cinco minutos. “El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más”.
Pensando en eso está cuando llega el sueño. En ese sueño, es un hincha de Ríver que grita uno de los goles del mellizo Guillermo Barros Schelotto (el tercero suyo, cuarto de una goleada que terminó 6 a 0 a favor de Gimnasia y Esgrima de La Plata en la mismísima Bombonera) en un bar repleto de hinchas de Boca Juniors. El hecho ocurre el domingo 5 de mayo de 1996, casi unos ochenta años más tarde que el episodio anterior.
Los hinchas de Boca lo acorralan, apenas contenida la violencia. El hincha de Ríver se disculpa, miente al decir que es hincha de Gimnasia, al tiempo que intenta esconder con la mano derecha una medallita con la efigie del Beto Alonso que lleva al cuello. Un manotazo le arranca la medalla. Caen varios y simultáneos golpes que erran el destino. El hincha de Ríver se escabulle y logra huir del bar. Los bosteros lo siguen. Se mete en una plaza, a dos cuadras. Se esconde entre unas retamas. El texto de Alan Verse continúa citando cada tantas oraciones al texto original de Cortázar: “Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida”.
El joven se despierta y vuelve a ser el centrojás de 1917. Tiene el brazo, enyesado, colgado de un aparato con pesas y poleas. Se hace de noche y la fiebre lo va inundando. Vuelve a caer en el sueño.
Ahí vuelve a la plaza. Los bosteros lo tienen cercado: “Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres”. Despierta por última vez en el hospital, en cuya realidad le cuesta cada vez más mantenerse, hasta que cae definitivamente en el sueño. Allí, los bosteros lo han capturado y lo arrastran hacia un descampado.
El relato fue publicado primero en el periódico “La improvisación” (que Alan Verse editaba con Euclides “el Profe” Córdoba), en una revista cultural de la vecina ciudad de Bariloche, y fue repetido por varios locutores radiales nocturnos. A partir de ahí, llovieron las objeciones. La primera (y la más evidente) fue que en el cuento cortazariano original, el tiempo cero del relato es el futuro, y el sueño (el aparente sueño), el pasado, en el cual concluye la narración. En el relato alanversiano, en cambio, el proceso era el estrictamente inverso.
Alan Verse las ignoró plenamente. Se defendió de esas (o de otras) objeciones aduciendo frases sacadas de contexto, malentendidos, puteadas. En realidad, ya estaba embarcado en otro proyecto, de tintes más o menos románticos. Meses después (se supone que luego del fracaso de ese proyecto amoroso) mandó una carta de lectores a la revista barilochense. La carta se titulaba, con elocuencia, “Sobre la imposibilidad de toda traducción”. Allí predicaba: “No existe la traducción perfecta. Peor aún: No existe tal traducción. La traducción es una obra imposible. Una palabra es sólo esa palabra y no puede igualarse o compararse a ninguna otra cosa, ni siquiera a otra palabra. Una cosa es sólo ésa cosa. Un árbol es un árbol, un hombre es un hombre, un planeta es un planeta”. Y concluía: “Contrariamente a lo que se amoneda en dichos apresurados y piensa la gente en general, nada tiene que ver con nada. Estamos solos e incomunicados en un universo hostil o indiferente, muchachos”.
Lamentablemente, debido a su extensión desmesurada, la carta fue recortada por los editores de la revista, por lo cual su sentido no pude ser comprendido correctamente.
Como a Alan Verse esto solía ocurrirle de continuo, no encontró diferencia alguna entre ese y otros parecidos o idénticos fracasos.

Diego Rodríguez Reis
Revista “Rescate” N° 11, Villa La Angostura, Marzo 2011

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