La Dalia Azul: Raymond Chandler y las Leyes de Hollywood
Buenas noches, antes de
iniciar esta breve introducción, quisiera hacer una aclaración: soy
escritor. Es decir, que les sugiero amablemente que cada palabra que
yo pronuncie en este foro sea convenientemente escuchada e
interpretada desde esta perspectiva. Un ejemplo, fugaz: hace un par
de años, con el grupo de escritores que integro en Villa La
Angostura, convocamos a una guionista y directora, para que nos dicte
un taller de guión. Creo que la primer o la segunda pregunta que le
hicimos (que le hice) fue esta:
"¿Qué es preferible?:
¿un guión impecable, sin cambios, tal como lo vislumubró el
escritor, pero que no fue filmado nunca? ¿o un guión que llegó a
ser filamdo, pero lleno de alteraciones respecto del original por
parte del director y la productora?"
Nuestra tallerista dijo
(estas fueron sus palabras, más o menos textuales): el mejor guión
siempre es el filmado; y el peor guión es el que descansa intachable
en un estante.
Yo, como escritor, estoy en
absoluto y total desacuerdo con esta opinión, y cualquiera de la
misma especie. Bueno, esa persona es la que va a hablar de la
película que compartiremos a continuación. Esta charla se titula:
"Raymond Chandler y las leyes de Hollywood". Podría
haberse titulado tranquilamente: "La vieja lucha entre el
escritor y el guionista", lucha que en Chandler se manifestó al
interior de sí mismo, ya que era ambos agentes en el mismo
individuo.
Bueno, "La Dalia azul".
Concepto y objeto. "La dalia azul", de 1946, fue dirigida
por George Marshall y el guión fue escrito por Raymond Chandler. Fue
protagonizada por Alan Ladd, Veronica Lake y William Bendix. La
produjo la Paramount Pictures. Fue, desde el vamos, desde su génesis
mismo, una película "accidentada".
Ahorrémonos los datos
biográficos. Vamos al caso en cuestión. Para contextualizar,
retrocederemos al año 1940 y hablaremos de un hombre llamado John
Houseman, uno de los productores de la Paramount. Se llamaba, en
realidad, Jacques Haussmann, había nacido en Rumania, en 1902. Se
dedicó al teatro, emigró a los Estados Unidos, y allí conoció a
un muchacho llamado Orson Welles, de quien se hizo amigo y socio.
Juntos fundaron el Federal Theatre (1935) y luego el grupo Mercury
(1937), el grupo al cual Hollywood contrató para filmar lo que sería
el debut de Orson Welles como director, "Citizen Kane"
(1941).
En 1940, Orson Welles se
reúne con Houseman y le propone un trabajito extra: custodiar y
ayudar al escritor Herman J. Manckiewicz mientras este completaba su
laburo, el borrador de un argumento cinematográfico que en un
principio se llamó "American" y que finalmente se llamó
"Citizen Kane". El chalet estaba perdido en las montañas,
y Manckiewicz tenía un problema (dos problemas): uno, tenía una
pierna enyesada; dos, era un borracho empedernido. La primer
circunstancia es más o menos pasajera; la segunda, suele ser más
constante.
Houseman cumplió su parte
de la tarea: se supone que le hacía los mandados a Manckiewicz, le
compraba el whisky, los puchos. Pero, un tiempito antes del estreno
de la película, Orson Welles y Houseman se pelean, se cruzan feo y
se disuelve la sociedad. Tanto así que Welles borré el nombre de
John Houseman de los créditos oficiales de "Citizen Kane".
Houseman consigue laburo en
la Paramount como productor. Y ahora sí, a lo nuestro. Principios
del año 1945, el año de la bomba nuclear. John Houseman era amigo
íntimo de Raymond Chandler. El mismo Houseman escribió de Chandler:
"Sus días creativos ya casi se habían acabado, pero su gran
éxito apenas empezaba". La Paramount estaba en problemas,
porque su actor estrella, Alan Ladd (en ese momoento, el actor más
cotizado en Hollywood) tenía que volver al Ejercito en tres meses, y
no había filmado nada que la empresa pudiera comercializar durante
su ausencia. Un mediodía, almorzando, Chandler le cuenta a Houseman
que está bloqueado con su nueva novela, y que tiene ganas de
convertirla en guión y vendérsela al cine, qué tanto ni tanto.
Houseman le pide la novela inconclusa, la lee y a las 48 horas, la
Paramount ya se la había comprado a Chandler en una suma importante.
El libro era, claro, "La
dalia azul". El objetivo de la Paramount era que s estrella Alan
Ladd la protagonizara antes de volver a la guerra, en tres meses.
Pero, había un pequeño problema. Había que escribir el guión de
la película. Y además terminarlo, recordemos que la novela estaba
inconclusa.
Se lo contrata al mismo
Raymond Chandler para que adapte la novela y termine el guión. Al
principio, todo fue más o menos rápido: Chandler entregó la
primera mitad de su guión (unos 45 minutos de película) en casi
tres semanas, a un ritmo de 4-5 páginas por día. Recordemos que
estaba trabajando sobre un material ya escrito previamente. Los
problemas empezaron cuando a Chandler se le terminó ese material.
Al promediar la cuarta
semana de filmación, todos empezaron a darse cuenta de que la cámara
le estaba sacando ventaja al guión: es decir, se filmaban más
páginas de las que Chandler entregaba. Habían rodado 62 páginas en
4 semanas. En ese tiempo, Raymond había entregado 22 páginas y
todavía faltaban aproximadamente 30 páginas más.
El problema de Chandler era
sencillo y complicado a la vez, el problema original, que nunca había
cambiado: no tenía un final para la historia. Los días pasaban y la
cosa empezó a ponerse espesa. Los ejecutivos de la Paramount lo
llaman a Chandler, tienen una "charlita" con él y entre
amenazas y promesas le ofertan 5 mil dólares más si entregaba el
final del guión. Chandler se puso como loco: primero, era un tipo
asustadizo, apurándolo sólo lograron bloquearlo más; segundo, no
era un problema de plata.
Y acá entra a tallar el
amigo Houseman. Chandler se va a verlo al otro día, le anuncia que
no va a terminar el guión de "La dalia azul" ni ese día
ni al otro ni nunca. Houseman, imaginamos, trata de convencerlo:
"Pero dale, qué te cuesta", le habrá dicho. Cuestión que
Chandler le dice que ya no puede escribir, que está bloqueado, que
sólo conoce una manera de "desbloquearse". Le confiesa a
su amigo que no se tiene fe de terminar el guión sobrio, pero
manifiesta su absoluta confianza de que lo puede terminar borracho.
Que decía Chandler: que el
alcohol le daba una energía, una capacidad y una confianza plena en
sus posibilidades que no tenía él mismo en estado de sobriedad. Que
es, palabras más, palabras menos, el discurso universal de todos los
borrachos. Pero, le dice, me tenés que ayudar. Saca un papel
amarillo del bolsillo con sus cláusulas, que eran estas que paso a
detallar:
1) Dos automóviles
"Cadillac" con sus respectivos choferes, las veinticuatro
horas del días, frente a su casa, preparados para las siguientes
contingencias:
a) traer a su médico: el
médico personal de Chandler, para que le inyectara toda la glucosa
que fuera necesaria, para que no se viera en la necesidad de comer en
medio de la larga borrachera que pensaba inciar para poder escribir;
b) llevar y traer las
páginas del guión de su casa al estudio, y viceversa;
c) llevar a la doncella, la
muchacha, al mercado, por provisiones;
d) imprevistos.
Por qué 2 coches, oigo
preguntar. Suponemos que por si ocurrían 2 de estos incisos
simultáneamente, en todas sus variaciones (a y b, a y c, a y d, b y
c, b y d, c y d).
2) Seis secretarias (en 3
turnos de a dos) que estuvieran permanentemente disponibles para el
eventual dictado, mecanografiado y otras emergencias.
3) Una línea telefónica
directa, y libre en todo momento, con la oficina de Houseman de día
y con el Estudio de la Paramount de noche.
Le entrega el papelito a
Houseman y le habrá dicho: "Vos verás..."
Párrafo aparte: ya eran
famosos los papelitos de Chandler en la Paramount. Un par de años
atrás, lo habían convocado para trabajar con el legendario Billy
Wilder en el guión de una película que iba a llamarse (y después
efectivamente se llamó) "Doble indemnización". Chandler
ya lo tenía medio cruzado a Wilder, que era bastante insoportable,
según se cuenta. En el papelito amarillo de aquélla ocasión,
Chandler exigía, entre otras cosas: 1) que el señor Wilder no debe
hacer ademanes bajo su nariz ni apuntarle con su bastón; y 2) que el
señor Wilder se abstuviera de darle indicaciones del tipo de
"Ray,¿serías tan amable de abrir esa ventana?" o "Ray,
¿podrías cerrar esa puerta, por favor?", etcétera.
Bueno, volvamos a nuestra
escena. "Dame una hora para pensarlo", le dice Houseman. Se
va a dar unas vueltas por ahí. Habrá recordado el laburito que le
encargó Orson Welles con el escritor Manckiewicz. Sabe que si el
proyecto se cancela los van a echar a todos.
Vuelve y le dice: "Dale,
vamos nomás". Y arrancan para la casa de Chandler: el escritor
iba radiante y feliz; el productor, se supone que bastante
preocupado: "En el camino, pasemos a comer y a tomar algo",
le dice Chandler. Cuando llegan más tarde a la casa de Raymond, ya
están los dos Cadillacs frente a la casa, y el primer turno de dos
secretarias esperando. Lo deja ahí, ya previendo alguna escena, y se
va.
Vuelve al otro día,
tempranito. Encuentra a Chandler durmiendo la mona en el sofá, un
vaso con aguardiente en la mesa y (qué más, adivinen) tres páginas
del guión, impecablemente mecanografiadas. Se va volando al estudio
y se las entrega a George Marshall, que apronta a los actores y a
todo su equipo y comienzan a filmarlas de inmediato.
Escribió Houseman: "Durante
esos últimos ocho días de rodaje, Chandler no llegó a tener , ni
un solo momento, aliento sobrio, ni comió ni bebió alimento sólido.
Se mostraba amable y alegre cuando yo aparecía, y su médico venía
dos veces por día a ponerle inyecciones intravenosas. (...) No bebió
mucho. Habiendo llegado a la euforia que necesitaba, seguía bebiendo
el suficiente bourbon con agua como para mantenerse en ese estado".
Resultado: la película se
terminó de rodar a tiempo (es más, se terminó 6 días antes de lo
estipulado), el actor estrella Alan Ladd partió al Ejército y la
Paramount pudo embolsar mucho dinero.
Chandler estuvo un mes
recuperándose, se había desnutrido gravemente. Houseman lo visitó
constantemente. En los años siguientes, muchas veces proyectaron
hacer una película juntos o un espectáculo de televisión, pero
nunca llegó a concretarse, ninguno de los dos.
Quisiera, para cerrar esta
charla, rescatar una frase de Chandler, de una carta que le escribió
al propio John Houseman: "Un escritor no tiene con qué negociar
sino con su propia vida".
Diego Rodríguez Reis
Feria del Libro, Villa La
Angostura, 14/10/2015



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