Kryptonita: Héroes del Cercano Oeste
En el parlamento final de “Kill
Bill”, Bill (David Carradine) le dice a Beatrixe Kiddo (Uma
Thurman) que a diferencia de Spiderman o Batman, quienes se disfrazan
de superhéroes (para ejercer de superhéroes, echan mano de un
disfraz), Superman es un superhéroe que se disfraza de ser humano
(su traje de superhéroe es la ropa que le dejaron sus padres cuando
lo enviaron a la Tierra).
A diferencia de esos dos casos (que
parecen clausurar toda otra clasificación), los superhéroes de
“Kryptonita” no están disfrazados, no usan
disfraces: son lo que son, son como se los ve.
En el Oeste está el agite
La historia empieza en la madrugada del
lunes 29 de Junio de 2009, en la guardia del hospital Paroissien, en
la localidad de Isidro Casanova, del partido de La Matanza. El relato
inicia narrado por un doctor, de quien no sabemos ni siquiera el
nombre: es un “nochero”, un doctor al cual los colegas a
quienes les toca guardia le pagan unos pesos para que los cubra. A
esa guardia cae la banda de Pinino, alias “Nafta Súper”,
quien llega en estado de inconciencia, herido de muerte.
A través de sus amigos, su banda (Lady
Di, el Faisán, Ráfaga, la Cuñataí Güirá, el Federico y
Juan Raro) vamos conociendo la increíble historia de Nafta
Súper. A diferencia del “Superman” original
(creado en 1933 por el
escritor estadounidense Jerry Siegel y el artista canadiense Joe
Shuster), esta
versión criolla (obra del oriundo de Isidro Casanova,
Leonardo Oyola) fue encontrado en un baldío, en un barrio del Oeste
del Gran Buenos Aires.
Nafta
Súper, como buen superhéroe, tiene también un grupo de
“Súper Amigos” (su banda: una banda delictiva,
admitámoslo); tiene un archienemigo, su némesis (el Pelado, líder
de otra banda, que se vendió al poder de turno); tiene superpoderes
y tiene un punto débil.
La banda obliga al doctor a que
conserve con vida a Nafta Súper hasta que salga el sol. Todos
deben aguantar en el hospital a que llegue la mañana, con toda la
policía afuera, dispuesta a eliminarlos.
Un concierto polifónico
La novela, a pesar de contar la historia
de una sola y eufórica noche, tiene varios narradores, que van
encolumnándose, agregando capas de información y de sentido a la
trama total.
El texto arranca con el doctor (“el
Tordo”), quien curiosamente cuenta la historia en la segunda
persona del plural (“les comentaba que en una clínica
privada...”, “si alguna vez los hacen pasar”,
etcétera), acaso la menos visitada de las posibles voces de un
narrador. La elección no es arbitraria o ingenua: los
destinatarios de ese discurso inaugural son, justamente, “ustedes”.
El segundo narrador (narradora) es Lady
Di. A través de ella conocemos la biografía del Pinino, su infancia
y adolescencia, cómo se transformó en Nafta Súper, su hijo, sus
idas y vueltas con la justicia, el largo y sinuoso camino que los
llevó hasta esa noche fundamental.
Otro narrador (y de otro orden) es el
Federico, el Señor de la Noche: es policía, de la Policía Federal
(por eso es “Federico”). Este narrador trasciende la
historia de Nafta Súper y se permite “mapear” la
sociedad, la relación policía-pueblo y arriesgar un diagnóstico:
“La misma policía se encarga de buscar chicos menores de edad
que usan para realizar delitos que ellos mismos no quieren hacer por
una cuestión de jerarquía y de autopreservación. No le estoy
hablando del pancho que por deporte coimea o que pide una pizza
gratis, o que sale de una carnicería con un asado para seis, de
arriba. Ésos son gordos bolsa de pedos. Con placa y reglamentaria.
Sí. Pero sólo un eslabón en la cadena. Los jodidos son los que
toman decisiones. Los que manejan más armas que una nueve
milímetros. Porque hoy el arma más peligrosa que existe sobre la
tierra es cualquier pendejo.”
Un rasgo acertadísimo, que pone en
relieve y profundiza a los personajes, es que cada uno de ellos
responde a varios nombres y/o vocativos, según quien lo nombra.
Un rasgo típico de la novelas clásicas del realismo ruso, como
“Guerra y Paz” de Tolstoi, o “Los hermanos Karamazov”
de Dostoievski. Así, Nafta Súper es también “el Súper”,
o “Pinino” o “el Pini”, según
el caso; el doctor
“nochero” se
autopresenta, falsamente, como “el doctor González”
y es llamado por la banda como “el doctor Socolinsky” o
simplemente “el Tordo”; Lady Di, en el relato de su
adolescencia, es Daniel; “Federico” es también “el
Fede” y además es (memorablemente) “El Señor de la
Noche”.
La justicia la liga
“Kryptonita” es, además de
una novela, un terreno en el que confluyen muchos discursos. Esos
discursos (que postulan distintas realidades) se cruzan, se chocan,
se superponen, luchan. Esa encrucijada queda expuesta, explícita
en un diálogo entre “el Tordo” y “El Señor de la
Noche”, acerca de Nafta Súper:
“-¿Y en Pinino? ¿La ese qué
significa?
-Es por Súper.
-¿Súper?
-Sí, Súper. Nafta Súper. Así lo
empezó a conocer la calle. Incluso en su prontuario figura como
“Pinino”, “Pini”,
“el Súper” o
“Nafta Súper”.
-¿Y por qué?
-Porque a Pinino le gusta prender
fuego. Ver las cosas arder.
-¿Es piromaníaco?
-Sí, eso dicen los loqueros.
-¿Y usted qué dice?
-Que es algo que está en su
naturaleza.”
La novela está surcada de mútiples
referencias a otros universos. El primero de esos mundos invocados
es, por supuesto, el del cómic, la historieta (y el concepto del
“elseworld”). Pero, en ese proceso de
deconstrucción/construcción, el lenguaje, las palabras (sus
significados y significantes) pierden y ganan, se enriquecen y se
contaminan del con-texto. Así, por ejemplo, el lema original “La
liga de la Justicia”, se transformó (en los avances de la
película inspirada en la novela) en el aún más original “La
justicia la liga”, cuyo
alcance es más preciso y a la vez más vasto, ya que continúa
incluyendo el significado primitivo.
Lejos de esos textos en los cuales se
crean nuevas mitologías de nomenclaturas muchas veces
impronunciables, “Kryptonita” re-crea la realidad. Esa
realidad re-creada es la calle misma, el terreno
cotidiano donde confluyen diariamente todos los discursos.
Atraviesan constantemente las páginas de
la novela, referencias y citas al mundo de la televisión (Crónica,
el Canal 26, Carozo y Narizota, Los Muppets), del cine (“Un
lugar llamado Notting Hill”, “Los sospechosos de siempre”,
“El Señor de los anillos”), la música (Walter Olmos, Los
Cafres, Las Primas, Don Johnson) y el fútbol (Messi, Orteguita,
Palermo).
En ese campo, donde los personajes le
pelean cualquier tema a cualquiera, de igual a igual, el texto de
Leonardo Oyola es imbatible.
Todos tenemos un plan
Leonardo “El Tigre” Oyola
nació en la mismísima y mentada localidad de Isidro Casanova.
Surgido de los talleres literarios de Alberto Laiseca, publicó
(entre otras novelas) “Santería” y “Sacrificio”
(colección “Negro Absoluto”, dirigida por Juan
Sasturain), “Hacé que la noche venga”, “Bolonqui”
y “Chamamé” (Premio Dashiell Hammett al mejor policial en
la XXI Semana Negra de Gijón).
“Kryptonita” fue elegida “El
libro del año” 2011 por unos 150 escritores y críticos. En
2015, fue llevada al cine por Nicanor Loreti (con actuaciones
destacadas de Diego Velázquez como “el Tordo”, y de
Lautaro Delgado como “Lady Di”). Este año, el mismo
Loreti escribió (junto al mismo Leonardo Oyola) y dirigió una
miniserie de ocho capítulos, llamada “Nafta Súper”,
spin-off de “Kryptonita”. La historia ocurre diez meses
después de la noche del Paroissien, que narran la novela y la
película.
Todos los que escriben (escribimos)
tienen (tenemos) un plan de escritura. A veces, ese plan inicial se
nos va de las manos: la estructura del texto o los personajes pueden
y suelen conspirar contra ese plan. Como dice la misma Lady Di
en un pasaje: “Todos tienen un plan hasta que se morfan una
mano.”
Sobre el plan de “Kryptonita”,
rescato las palabras finales de “el Faisán”, que
interpela así al “Tordo” en particular (aunque volviendo
a la segunda persona del plural del principio): “Ustedes después
cuéntenla como quieran: somos buenos, somos malos. Pero nosotros no
somos fantasía. Nosotros somos auténticos.”
En “Kryptonita”, la Villa, los
habitantes de la Villa, los marginales (los sucios, malos y feos) no
aparecen retratados como meros datos antropológicos (presentados,
estudiados y analizados como curiosidades). Son presentados
horizontalmente y en igualdad de condiciones por el narrador, los
múltiples narradores.
Creo que es el mayor elogio que se le
puede hacer a una obra de arte (en ese caso, una novela). Esto:
respetar el material con el que se trabaja.
Al fin y al cabo, es el material del
que están hechos los sueños.
Diego Rodríguez Reis
Revista
Digital “CIC.
Periodismo con Intervención del Cronista”
N°10, Bariloche, 11/12/2016.



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