Kostas Jaritos: Asesinos Invisibles en Grecia


"Liquidación Final", Petros Márkaris (Tusquets Editores, 2013).

"Se desaconseja cualquier imitación de los hechos narrados en esta novela": La advertencia suena un tanto desmedida, desaforada casi. Pero apenas iniciada la lectura, nos encontramos con cuatro señoras mayores, suicidadas en un departamentito de la capital griega. "Somos cuatro mujeres jubiladas, solas en el mundo. No tenemos hijos ni perros", dejan constancia en una nota manuscrita colectiva. "Nos recortaron la pensión, nuestra única fuente de ingresos", se quejan. "Nos dimos cuenta de que somos una carga para el Estado, para los médicos, para las farmacias y para la sociedad entera. Nos vamos, así no tendréis que preocuparos por nosotras". Y concluyen: "Con cuatro jubiladas menos, mejorarán vuestras condiciones de vida".
Dan ganas de balearse en un rincón, como dice el tango. Empezamos a tomarnos en serio la advertencia de la novela.
Así arranca "Liquidación final", del turco Petros Márkaris, séptima entrega de las andanzas del comisario griego Kostas Jaritos, y segunda parte de la llamada "Trilogía de la Crisis", que iniciara con la novela "Con el agua al cuello".

Difícil, sino imposible, para el lector argentino medio, memorioso, no recordar las semblanzas terribles de nuestro país luego de la debacle del 2001: en ese entonces, el índice de suicidios aumentó en un apocalíptico 27%. En tanto, en Grecia, a fines del 2012, la tasa de personas que se quitan la vida se duplicó, y desde el 2007 en toda la Unión Europea ese mismo índice se elevó al 40%. En abril del 2012, Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado, se suicidó de un tiro en la sien en plena plaza Syntagma, en el centro ateniense: "Antes de tener que comenzar a rebuscar en la basura para encontrar comida", dejó escrito. Ya vamos viendo que toda advertencia es poca a la hora de tratar determinados temas, aún desde el campo de la ficción.
Contando a las cuatro jubiladas que se suicidan (se envenenan) al principio de la novela, hay en el libro un total de 11 muertos. Hay que agregar a Yannis, un tendero tan urgido por las deudas que se ahorca; Marina y otro Yannis, una parejita de profesionales que, desesperados de no encontrar trabajo, se cortan las venas en el mismísimo Partenón; dos hombres envenenados con cicuta, administrada por medio de una jeringa; y otros dos hombres más, asesinados de sendos flechazos, las flechas también convenientemente envenenadas con cicuta. Estos son los números fríos; ahora la trama, compleja, delicada que une todas estas muertes.
Primero, los asesinatos. Un hombre aparece en una galería arqueológica, asesinado, envenenado con cicuta (veneno ilustre entre los venenos, por haber sido el que usó Sócrates para quitarse la vida). El comisario Kostas Jaritos y su equipo, que hasta recién nomás estaban hartos de ordenar archivos, se alegran, en principio por alterar esas actividades del ramo puramente burocrático. Pero enseguida los gana el desconcierto, al difundirse una carta firmada por "El Recaudador Nacional" enviada previamente al asesinado, donde lo conmina a declarar sus verdaderos ingresos a Hacienda (doscientos cincuenta mil euros, contra los cincuenta mil declarados) y pagar la correspondiente deuda al fisco en un plazo de cinco días: "En caso contrario, se procederá a la liquidación final", sentencia el susodicho Recaudador.
La aparición de otro cadáver en otro recinto arqueológico, con el mismo modus operandi, y la difusión de otra carta de ultimátum, de idénticas características, del mismo autor, produce el desasosiego de las autoridades, y una verdadera reacción en cadena nacional.
"Hasta ahora, los maníacos asesinaban a mujeres solas, a prostitutas y a parejitas de enamorados. Estamos progresando", le dice a Kostas Jaritos, medio en broma, Guikas, su superior inmediato. Las cartas a los defraudadores del fisco se multiplican, y el anónimo Recaudador Nacional logra que, en tan sólo diez días, ingresen a las flacas arcas de la Hacienda griega, la friolera de siete millones de euros.

El asesino se convierte en héroe popular. Hasta Adrianí, la propia esposa de Kostas Jaritos de dice, brutalmente sincera: "Tienes que capturarlo, claro, es tu trabajo. Pero dejadle suelto un poco más, a ver si empiezan a pagar los defraudadores y nos ahorramos algún recorte".
Sin embargo, habrá dos asesinatos más, antes de que Jaritos capture definitivamente al misterioso "Reca", como ya lo llama la gente en la calle.
Ahora, los suicidios. Los famosos recortes, mentados por la mujer deJaritos, son apenas un indicador (aunque el más vistoso) sobre el cual se despliega el mapa social de la novela. Un personaje se lamenta así: "Antes hablábamos del sueldo y de los suplementos, ahora hablamos del sueldo y los recortes".
Ni siquiera el protagonista de la novela, el mismísimo Kostas Jaritos, escapa a esta realidad: Katerina, su hija, se debate entre quedarse en Grecia, trabajando en Salud Pública, o en emigrar al África para las Naciones Unidas, por un sueldo mejor. Y diagnostica: "Unos tratan de convencerse de que están trabajando; otros, de que están realizando reformas; y otros, de que aplican leyes.Vivimos en el país de las mentiras".
En ese contexto, no es increíble que un hombre cualquiera, que desde la sombras denuncia con nombre y apellido a los evasores fiscales, defraudadores, vaciadores del país y que cumple puntualmente lo que promete (aunque esa promesa cumplida sea la liquidación literal del evasor), se convierta en el héroe del pueblo.

Acerca del género policial, Borges ha señalado que el detective (y nó el enigma) es la clave formal del relato (contra la teoría de Roger Callois, que sigue Rodolfo Walsh, la de "Dos mil quinientos años de literatuta policial"). Asimismo, ha desarrollado varios puntos fundamentales sobre las dos escuelas paradigmáticas: la norteamericana y la inglesa. Es sabido que la escuela inglesa (y luego europea) se caracteriza porque el detective suele ubicarse en un rango social generalmente elevado, y que llega a la resolución luego de métodos estrictos de análisis, muchas veces sin tener que hacer uso de las armas. La escuela norteamericana, en cambio, devino novela negra (o hard boiled) y tanto el detective como el resto de los personajes están sumergidos hasta el cuello en la Gran Depresión. Borges se quejaba, ya en los años cuarenta, en la revista Sur de que el género había decaído mucho en Estados Unidos, puesto que había abandonado su origen intelectual, en favor de hechos meramente violentos, incluso sexuales.
Raymond Chandler (el creador del inmortal Marlowe) declaró que Dashiell Hammett (creador, a su vez, del detective Sam Spade) había sacado el jarrón veneciano de la sala y lo había tirado al barro. Con esta metáfora, quería significar que, hasta entonces, la novela se había mantenido en los confines del mero "enigma" (la clásica novela-problema), y que después de "Cosecha roja" (primer novela policial de Hammett), esos casos aparentemente sólo intelectuales, se habían "manchado" el barro de la realidad dura, sucia.
Los índices de lectura de la novela policial son varios y divergentes. Lo cierto es que tanto el Sherlock Holmes de Conan Doyle como el Philip Marlowe de Chandler son, salvados colores locales y temporales, dos héroes solitarios, dos lobos esteparios. Más allá de que media un contrato con sus evetuales clientes, son detectives "privados", y muchas veces la continuidad suya en un caso obedece más bien a una persistencia de orden estrictamente ético (o hasta moral, si se quiere).
Kostas Jaritos, en cambio (como el comisario Salvo Montalbano, del siciliano Andrea Camilleri) pertenece a la fuerza "pública". Está embarrado hasta el cuello en la realidad: está casado, ha formado una familia, sueña con ese maldito ascenso que le de un poco más de aire efectivo, que impida que su hija deba emigrar al África, debe mantener el orden y la calma en su equipo de trabajo, que está pasando por las mismas (o peores) que él.

Grecia es una bomba de tiempo. Atenas: un modelo a escala de ese estado de cosas general. Trasladarse por la ciudad es un infierno interminable, a causa de las constantes marchas, huelgas. Dice Kostas Jaritos, al toparse con una masa humana que atraviesa la calle, cortando el tránsito: "Nombro a la santa trinidad de nuestra vida cotidiana: -¿Concentración, manifestación o protesta?".
Sobre ese fondo humano, social, económico, se recorta "Liquidación final", de Petros Márkaris. Para nosotros, argentinos con memoria, son como postales del pasado (un pasado que nadie con dos dedos de frente querría vivir, revivir). En ese mundo, un Viceministro le dice, increíblemente, a Kostas Jaritos: "Vivimos en un país democrático, y no debe acusarse a los ciudadanos de evadir impuestos si lo hacen de un modo legal". Y su propia hija se queja amargamente: "Después de tantos estudios, no soy capaz de vivir de mi profesión".
La escena final, cara a cara con el Recaudador Nacional, el antihéroe, es prácticamente la exégesis de la novela, social por donde se la mire. Kostas Jaritos reflexiona: "Intento adivinar dónde están nuestros rspectivos límites. Dónde termina el asesino y empieza el hombre normal y corriente. Y, a mi vez, dónde termina el policía y empieza el ciudadano, que se siente continuamente estafado".
Unas últimas palabras acerca del autor. Petros Márkaris nació en Estambul, en 1937. Estudió Ciencias Económicas en Viena y Stuttgart, y se mudó finalmente a Atenas, donde vive desde entonces. Además, es guionista de televisión y autor teatral. Ha traducido al griego, entre otros, a Goethe. Es autor del libro "La espada de Damocles", cuya trama gira en torno a la crisis griega y europea en general.
Es de suponer entonces que gracias a su conocimiento, tanto de las Ciencias Económicas como del género policial, que Petros Márkaris nos hace reflexionar, enunciar, entender, que no siempre vemos las caras de nuestros asesinos, y que muchas veces las flechas con las que nos matan fueron disparadas lejos y hace tiempo.


Diego Rodríguez Reis
Revista Digital “CIC. Periodismo con Intervención del Cronista” N°2, Bariloche, 02/01/2016

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