Nosotros y los Otros


Escoger el diálogo significa evitar los dos extremos
que son el monólogo y la guerra”
Tveztan Todorov, “Nosotros y los otros”

Para esta edición número 10 de Rescate, barajamos varias temáticas. Finalmente, nos decidimos por este"Nosotros y los otros". Y nos volcamos por este tema porque sentimos que, hoy más que nunca, es indispensable pensar (re-pensar) la diversidad, la otredad. En tiempos en los cuales un partido de fútbol debe suspenderse a causa de graves agresiones físicas ya directamente hacia los propios jugadores, que se produce una cantidad alarmante de femicidios por año, que las discusiones sobre partidismos políticos llega a niveles inaceptables en cualquier convención social, es momento de replantearnos esta disyuntiva, vieja como el mundo: ¿Quiénes somos “nosotros”? ¿Quiénes son “los otros”?
Remontémonos a los tiempos bíblicos. En cierta ocasión, un hombre le preguntó a Jesús “¿Quién es mi prójimo?”, luego de que éste le recordara que "Amar a tu prójimo como a ti mismo" era el segundo mandamiento más importante. Y la pregunta de aquel hombre a Jesús hace más de veinte siglos sigue siendo una de las preguntas primordiales de la humanidad, podría haber sido formulada esta misma mañana:¿Quién es mi prójimo?
¿Quiénes son mis prójimos, mis pares, mis iguales?: ¿Sólo los argentinos? ¿Los latinoamericanos? ¿Los hispanoparlantes? ¿Los cordilleranos? ¿Los angosturenses? ¿Los hinchas de Boca Juniors? ¿Los peronistas, los radicales? ¿Sólo los varones? ¿Únicamente aquéllos que tienen ojos claros?
Es una necesidad humana, antropológica, el sentido de pertenencia, la necesidad de pertenecer. Pero, toda vez establecido un grupo, sus características, su alcance, surgen sus límites. Casi inmediatamente de elaborado un sistema de inclusión a un grupo surge, fatalmente, la exclusión. Al decir "Nosotros somos los hinchas de Chacarita" ya estamos, implícitamente, señalando que existe otro grupo, invisible, silencioso, el de aquellos que no son hinchas de Chacarita, el grupo de "los otros".
Hace un par de años, llegó a mis manos un libro curiosamente titulado "Exterminad a todos los brutos". En él, el autor, Sven Lindqvist (nacido en Suecia, en 1932) hace una exhaustivo (y casi extenuante) recorrido por la historia de la humanidad y de las diversas enunciaciones de esa frase terrible, "Exterminad a todos los brutos". La frase fue adquiriendo nuevos y terribles matices en cada una de sus versiones, e inevitablemente formó parte del corpus logístico de cada proceso de eliminación sistemática de un pueblo o grupo social. En uno de los capítulos, titulado "El nacimiento del racismo", el autor reflexiona: "Los prejuicios contra los pueblos desconocidos han existido siempre. Pero, a mediados del siglo XIX se le dio a estos prejuicios una forma organizada y una aparente justificación científica."
La expansión mundial fue (es) acompañada por una desvergonzada defensa del exterminio, creó hábitos de pensamiento y sentó precedentes políticos que abrieron (abren) paso para nuevas atrocidades (“el más horroroso de todos ellos, el Holocausto”, nos dice Sven Linqvist). Establecidas las eventuales necesidades, sigue Lindqvist, llámense tierras, recursos renovables o no renovables, dinero en efectivo, bienes muebles e inmuebles, políticas económicas, se identifica inmediatamente al “Otro”, que por lo general es quien posee estos recursos. Entonces, ese “Otro” se transforma en el enemigo. Ese “Otro” debe ser diferenciado, insultado, atacado, vencido, destruido.

Pero vencido el “otro”, queda eso que bien señala el autor, los hábitos de pensamiento. Y esos hábitos están siempre ahí: en el lenguaje, en el discurso, en nuestra vida cotidiana. Y por eso son inaccesibles, casi indestructibles. En prácticamente todos los campos de la vida, al hablar, ya estamos definiendo los límites de nuestra vida entre “nosotros” y los “otros”.
Hay un filme, más o menos reciente (2001), del hispano-chileno Alejandro Amenábar. Se llama, poderosamente, “Los otros”. Brevemente, este es el argumento. Es el año 1945 y recién finalizada la 2ª Guerra Mundial, Grace (Nicole Kidman) espera el regreso de su esposo, combatiente en la guerra. Grace y sus dos hijos viven en una mansión apartada de la ciudad. Los hijos, Anne y Nicholas, son fotosensibles, no pueden mantener excesivo contacto con la luz (podrían llegar incluso a morir por ello, según afirma Grace). Llegan dos nuevos sirvientes, para encargarse de la limpieza y el cuidado de los niños. La mansión posee estrictas normas, que Grace les señala: todas las habitaciones deben permanecer en penumbra, no deben abrir una puerta sin haber cerrado la anterior. Progresivamente, milimétricamente, se advierte que en la mansión habitan fantasmas.
Hasta aquí, el clásico thriller. Ahora, el alcance de ese argumento. La referencia a “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James, es indiscutible. Allí también hay dos niños en una mansión solitaria. La protagonista de la historia, la nueva institutriz comienza a percibir las apariciones de los fantasmas de la anterior institutriz, muerta en extrañas circunstancias.
En ambas obras, se diluye el límite entre realidad y ficción. Las preguntas flotantes son las mismas: ¿Quiénes son los vivos y quiénes los fantasmas? ¿Quiénes son reales y quiénes nó? O en otras palabras: ¿Quiénes son, en realidad, “los otros” que le dan el título al filme de Amenábar? Un dato de relevancia extraordinaria es este: La casa ha de estar siempre en penumbra, y no pueden abrir una puerta si previamente no han cerrado la anterior. Otra referencia literaria viene de inmediato a la memoria: “Casa tomada”, de Julio Cortázar. En el cuento del escritor argentino, los propietarios van clausurando puertas, detrás de las cuales van avanzando los ruidos de los nuevos habitantes, hasta que finalmente son ellos los que abandonan la casa. Este cuento tuvo más de una interpretación, social y política. En la película de Amenábar, esa luz que amenazaba de muerte a los niños finalmente los toca, pero entonces nada ocurre: sólo gritan despavoridos, por la costumbre, sin que lleguen a aparecer en su piel las monstruosas llagas de las que habló su madre.
Hay otra novela, varias veces llevada (más o menos infelizmente) al cine: “Soy leyenda”, del gran Richard Matheson. La novela fue publicada en 1954, y su trama se desarrolla en una versión apocalíptica de Los Ángeles, a fines de los ’70. El protagonista, Robert Neville, ha sobrevivido a una pandemia, provocada por una guerra bactereológica, que ha arrasado con todos los habitantes de la Tierra. Sin embargo, no están muertos, sino que se han convertido en portadores de una bacteria que produce los síntomas clásicos del vampiro, dividiéndose en dos clases: los infectados, quienes en vida contrajeron la bacteria; y los vampiros, los muertos que resucitaron gracias a la bacteria.
Neville ha estado aislado de la sociedad durante casi tres años, su cordura tambalea. Entonces, ocurre el encuentro con una mujer, Ruth, aparentemente sana, aunque después descubre que también está infectada. Ruth le explica que pertenece a una nueva sociedad de infectados, que están dispuestos a restablecer el orden. Para ese nuevo orden, deben eliminar a los vampiros y al propio Neville, por lo que le aconseja que huya. Neville no podría pertenecer a esta nueva sociedad. Él no se rinde: en medio de un enfrentamiento, es herido en el pecho. Ya en una celda, Ruth va a anoticiarlo de que será ejecutado públicamente. Neville comprende entonces que en esa nueva sociedad no hay espacio para él. Entiende que en ese mundo, el ser extraño es él. Los “monstruos” que él había exterminado con fervor no eran más que seres biológicos normales y corrientes en ese medio. Los monstruos no son “los otros”: el monstruo, el diferente, es él.

En estas tres obras, “Exterminad a todos los brutos”, “Los otros” y “Soy leyenda” se replantea, se revierte el concepto del “otro”, del “diferente”. En todos los casos, el panorama final es revelador, inquietante.
Ya en el final del libro citado al principio de este artículo, Sven Lindqvist asume posibles conclusiones: “La población educada ha sabido, puede decirse, siempre, las atrocidades que fueron perpetradas y que se perpetran en nombre del Progreso”. Y sentencia: “Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es el coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.
Desde Rescate, sentimos que podemos aportar una conclusión. Mínima, humilde, sí. Pero si en todas partes las relaciones se plantearan desde esta perspectiva, el cambio sería inmediato y resonante: Todos somos nosotros, Nosotros somos todos.



Diego Rodríguez Reis
Revista "Rescate" N°10, Villa La Angostura, Invierno 2015

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