El Yo en los Estantes: Tratado de las Pasiones y Afines
Prólogo a "El Yo en los Estantes", de María Inés Arce (Kuruf Ediciones, 2016).
Hablar de "El Yo en
los estantes" supone establecer, de antemano, un doble campo
de lectura y de interpretación (si es que existe una diferencia
entre estos dos actos íntimos). Ya desde el título nos interpela
desde esta doble función, dialéctica, entre el componente abstracto
del "Yo" y el concreto, palpable, de "los
estantes".
Desde el vamos, sin rodeos,
María Inés Arce nos propone un Yo narrador/Yo lírico acorde con
ese lustroso título: "Buscábamos la otredad",
arranca el primer verso del primer poema. Nos anuncia, así, una
plataforma posible desde dónde leer el libro. Ese "Yo"
fuerte, personalísimo, propone, constantemente, una mirada
particular e inquietante sobre las cosas y sobre sí mismo. Todo es
materia de su interés, nos plantea dilemas allí donde acaso no los
sospechábamos. Dilemas a veces del orden aparentemente retórico
("el amo no ama/ él no viene amando desde/ siglos");
a veces del orden moral ("se altera el equilibrio entre
deseos y represiones/ ¿cómo buscar una estética?").
Este Yo (único, universal)
es el verdadero protagonista del libro, es el Virgilio que nos pasea
(a nosotros, Dantes repentinos) por las diversas partes de su propio
mundo, que pasa a ser instantáneamente, instintivamente, el nuestro.
Este Yo es complejo, contradictorio, y eso lo hace visible, querible.
De arquitectura casi hegeliana, construye hermosas tesis
convincentes; para luego proponer su perfecta antítesis; y
finalmente arriesgar una síntesis que las concilie ante nuestros
ojos.
Donde brilla ese devenir es
en su tema dilecto, que es (a qué dudarlo) la palabra. Más aún: la
escritura. Su fe es poderosa: "El sueño nos anunció el
poema", nos dice;"Si no tuviera nombre/ creería que
no existo", confiesa. A veces, esa fe parece decaer:"Con
esta forma/ o con otra/ escribir es escribir para el silencio"
(…) "Basta escribir/ para no escribir nada".
Otras, ensaya realidades intermedias: "Se escribe tormenta
arriba" o"Todavía hay esperanza de una nueva
lengua".
"El que nomina,
domina", escribió vistosamente Pierre Bordieu. Y allí
encontramos otra clave de lectura de "El Yo en los estantes":
el conflicto. Ese Yo, belicoso, pendenciero, lucha. ¿Contra qué?
Contra sus dudas, contra su propio elemento, contra sí mismo: "Si
no existiera esa palabra/ que denota mi existencia en un archivo/
creería que mi angustia/ no me pertenece". Quiere decir,
decirse para definirse, superarse. Y el consecuente interrogante: la
ubicación de ese "Yo" en "los estantes",
¿es una circunstancia feliz o infeliz? ¿triste o victoriosa?
¿prosaica o absurda, levemente inquietante?
Leer un libro comporta el
diálogo interno con todas nuestras lecturas previas. A veces, en los
casos más felices, sentimos que esas lecturas confluyen, en un solo
verso epifánico, con las del autor. Entonces es cuando nos ocurre
eso que Borges denominó"el hecho estético".
Personalmente, "El
Yo en los estantes" me remitió instantáneamente al
luminoso texto "Desembalo mi biblioteca. Un discurso sobre el
coleccionismo", de Walter Benjamin, sobre todo a las
oraciones iniciales: "Desembalo mi biblioteca. Si. No están
aún en los estantes, no han sido tocados aún por el moderado tedio
del orden". Esa leve intertextualidad fue el índice (uno de
los índices) de mi lectura/interpretación. Por ello, al llegar al
segundo poema de la Parte IV del libro, al leer: "Voy a
arreglar mi armario a acomodar/ a establecer un orden y casi una
disciplina" es cuando me ocurre el hecho estético, lo que
podríamos llamar la felicidad literaria, cuando siento o sospecho
que esos dos mundos ajenos e invisibles (el de autor y lector) pueden
tocarse, se tocan. Y estos versos lo refrendan, emocionantes:
"Temperatura en descenso y siento/ el placer y el dolor de la
exactitud".
Quien se aventure a las
páginas de "El Yo en los estantes" navegará por
todo eso que define a ese Yo, a un Yo, a todos los Yo, pero que puede
sintetizarse en un solo y vibrante elemento: las pasiones. "Toda
pasión limita con lo caótico", dice Benjamin en el texto
citado. María Inés Arce nos lleva, sonoramente, a través de ese
mundo dialéctico, ese ordenado caos: "Melancólica nostalgia
triste/ quién puede discutirme esta/ selección léxica",
nos apura.
Nosotros, lectores
agradecidos, preferimos no discutir. Preferimos dejarnos llevar hasta
ese verso que nos ilumine y nos duela de felicidad.
Diego Rodríguez Reis, Villa La
Angostura, Invierno 2015



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