El Comisario Montalbano: Entre el Enigma y el Monstruo
"El Primer Caso
de Montalbano", Andrea Camilleri
(Ediciones Salamandra, 2006).
En el otoño de este año,
visitó nuestra zona cordillerana el escritor Vicente Battista, acaso
el máximo referente del género policial en Argentina. El tópico de
la charla, abierta y gratuita, que brindó fue éste: “La
escena del crimen y un enigma a resolver: ¿por qué la narrativa
policial mantiene su inquietante vigencia?”.
En aquella ocasión, Battista disertó sobre los orígenes del
género, rastreando sus fuentes hasta llegar a la mismísima Biblia y
la literatura griega clásica. Asimismo, recordó que esa misma línea
de investigación fue la que propuso Rodolfo Walsh en su ensayo
“Dos mil quinientos años de literatura policial”.
El género policial fue
formalmente inaugurado en 1841, cuando Edgar Allan Poe escribe el
cuento “Los crímenes de la calle Morgue”.
Allí, reluce vistosa la figura del primer detective de la historia,
el caballero Auguste Dupin. Desde entonces, muchos nombres ha tenido
este detective universal, ha hablado muchos idiomas, ha vestido
diversos trajes, ha trasuntado diversas épocas históricas. Algunos
de sus avatares, más o menos famosos, han sido Sherlock Holmes, el
candoroso Padre Brown, Hércules Poirot, Philip Marlowe, Sam Spade,
el Inspector Maigret, el borgeano-bioycasariano Isidro Parodi y un
voluminoso etcétera. Una de las más
recientes (y resonantes) versiones del detective es el Comisario
Montalbano, del escritor siciliano Andrea Camilleri.
Primero, el autor:
Andrea Camilleri nació en 1925, en la provincia de Agrigento, en
Porto Empédocle, ciudad bautizada así en honor al filósofo
clásico. Allí, inició (y abandonó prontamente) la Carrera de
Letras. A fines de los años cuarenta, emigró a Roma, donde estudió
Arte Dramático y más tarde, empezó a trabajar como guionista y
asistente de dirección para la televisión. Recién en 1978 (es
decir, a los cincuenta y tres años) publica su primer libro
literario, la novela
“El curso de las cosas”
y dos años después, “Un hilo de humo”.
Ambas son recibidas sin pena ni gloria por el público y la crítica.
Y entonces Camilleri deja pasar 12 años más en silencio. En
1992, vuelve a publicar un libro, vuelve a escribir sobre lo que
conoce y ama: Sicilia. Sobre su modelo,
inventa un pueblo ficticio, Vigàta, un pueblo costero en la
provincia de Montelusa (nombres de fantasía que corresponden a
Ragusa y a la provincia de Agrigento, respectivamente) y allí
localiza su tercer libro: "La temporada
de caza". El libro se convierte en éxito
de ventas y de críticas.
Dos años después, en 1994,
con casi siete décadas de edad, Camilleri crea un nuevo personaje:
un comisario del lugar, coloquial pero de modales refinados, que
conoce todas las leyes (escritas o nó) de Vigàta, y a quien lo
arrebatan esas dos pasiones humanas, carnales, que son las mujeres y
la comida. Había nacido el Comisario
Montalbano.
Ahora, el personaje:
Montalbano llega a Vigàta a los 35 años, trasladado desde un pueblo
de montaña, donde anhelaba, por sobre todas las cosas, el mar.
Porque Montalbano, además de las mujeres y las comidas, ama el mar:
se crió en ese pueblo costero, rezuma,
respira, transpira mar.
Tiene como parte de su
equipo de trabajo, a Mimí
Augello, un subcomisario elegante y mujeriego; y a Fazio, un
detective que conoce la vida y milagros de todo el pueblo: los tres
forman un poderoso tridente ofensivo. Si a ellos se les agrega Gallo
y Galluzzo (dos oficiales más bien toscos), Catarella (cabo de
torpeza acaso excesiva), Pasquano (médico forense iracundo y
bocasucia), Nicolo Zito (el amigo periodista) y Livia (la novia
norteña y eternamente distante) tendremos ya un elenco completo, un
Dramatis Personae
imbatible, la Comedia Humana de Vigàta.
Las escenas son sencillas y
los diálogos deslumbrantes, aunque coquetean (y a veces hasta se
revuelcan) con ese otro género que Camilleri
cultivó durante años y sigue cultivando: el guión televisivo.
Los tiempos han cambiado:
"Los sistemas han cambiado profundamente,
aunque el objetivo final sea siempre el mismo",
reflexiona Montalbano con sus compañeros Augello y Fazio, hablando
de los modus operandi de la mafia. "Ahora
prefieren trabajar a escondidas y con las amistades adecuadas en los
sitios adecuados". Dos familias, los
Cuffaro y los Sinagra, detentan (y se disputan) el poder de esa
organización clandestina. Montalbano entra y sale de ese mundo (el
de la mafia), muchas veces al borde mismo de la ley (ese otro mundo),
pero siempre emerge victorioso de ambos universos. Y
queda ese otro mundo, riquísimo, el que los sostiene, el que pisan
todos los días: Vigàta.
Las novelas y los relatos
del Comisario Montalbano son (además) una visita guiada, turística,
por esta ciudad del sur italiano. Montalbano es conocido de todos y
por todos, con todos conversa y habla todos los lenguajes posibles
(como también lo hacía Sherlock Holmes en la Londres victoriana de
fines del siglo XIX). Conoce el pueblo de arriba a abajo, tiene una
casita en la costa, a pocos kilómetros del centro, come siempre en
el mismo lugar, que adora, la trattoria “San
Calogero”: Ah, Camilleri hace descripciones
exhaustivas (y exultantes) de las comidas propias del pueblo... Y de
fondo de pantalla, siempre, el mar: Montalbano nada diariamente y da
largas caminatas por la playa, a los fines de reflexionar y
desenmarañar un misterio. Con la excusa de
contarnos relatos policiales, Andrea Camilleri nos vende (nos regala)
el majestuoso sur de Italia, el extremo meridional de Europa, de cara
al África.
“El primer caso de
Montalbano”, que editó
originalmente Mondadori en el 2004 y que en España fue publicado dos
años después por Ediciones Salamandra, consta de tres relatos
largos: “Siete lunes”,
el homónimo “El primer caso de Montalbano”
y “Regreso a los orígenes”.
Según el propio Camilleri, los tres fueron escritos en períodos
distintos, con estilos levemente disímiles y “tienen
un elemento en común: no giran en torno a delitos de sangre”.
El autor confiesa: “Los muertos asesinados
siempre han sido un pretexto en mis historias”.
Párrafo aparte merece la
traducción de María Antonieta Menini Pagés, quien se inscribe en
la escuela de la clásica traducción española, esa que prefiere
conservar y transferir el sentido general de la frase y reniega de la
traducción literal. Así, debemos resignarnos a que el detective
Fazio admita que “Ahí está el busilis”
de un caso complicado, que la gente ande por ahí “soltando
tacos” o “echando
trolas”, o que Montalbano se despache
contra su Subcomisario Augello con el viejo e inoxidable “Vete
a tomar por el culo”.
No por nada es de origen
italiano el archifamoso adagio: “Traduttore,
traditore”.
Ricardo Piglia en su libro
de ensayos "El último lector"
(Anagrama, 2005) nos plantea cómo el género
policial trabaja continuamente la tensión entre el enigma
y el monstruo.
El enigma es lo que no
se comprende, lo que está encerrado, el adentro puro de un sistema.
El monstruo, en
cambio, es lo que viene del otro lado, lo otro, lo distinto, el
afuera puro. Concluye Piglia: "En el
interior de una cultura, nos dice el género, existe una doble
frontera señalada por el enigma y por el monstruo".
Compulsadas y confrontadas
ambas lecturas, podríamos aventurar que la escuela del policial
norteamericano (y su boca de expendio: Hollywood) se ha empeñado (y
emperrado) en contarnos hasta el hartazgo la
historia del monstruo
en sus diversas versiones: la del loco, el
asesino serial, el maniático de la máscara y la motosierra, o la
del otro social,
el extranjero (latino o arábigo) que irrumpe en un amable entorno
límpido para corromperlo.
La escuela del policial
(inglés y europeo), en cambio, parece haberse interesado un poco más
en la otra cara de esa doble frontera,
y ha ahondado más en el enigma.
Desde esa perspectiva no hay locos, monstruos cuyas razones son
meramente patológicas: todos son emergentes
socio-económicos, políticos, culturales.
Este es el mundo del
Comisario Montalbano. En este universo, casi
podría decirse que no hay misterio: todos saben, más o menos, quién
es (o puede ser) el culpable, sin mayor margen de error. A lo mucho,
deben develarse las razones, y los nombres propios de todos los
implicados. Cada caso es una red de profundas
y complejas relaciones que no fueron engendradas por el ocasional
crimen o delito, sino por la historia misma, el tiempo transcurrido,
los roces y los manoseos entre los diversos tipos de una misma
sociedad. Estos tipos, que van desde los más
reales a los más delirantes, riman muchísimo con los de nuestros
pagos, con nuestros gustos, nuestro hablar: son amorosos, violentos,
desconfiados, creyentes, rezongones, vengativos. Un
verdadero manual viviente de pasiones continuas y contradictorias.
En “Una
historia sencilla”, de Leonardo Sciascia,
otro escritor siciliano contemporáneo, un personaje dice: “Eres
siciliano, y los sicilianos ya hace años que se matan entre sí,
vaya usted a saber por qué”. Y ese es el
gran misterio que el Comisario Montalbano debe resolver cada día, en
cada caso, en cada página: Por qué se matan los hombres los unos a
los otros.
Parafraseando, pervirtiendo
a William Faulkner, quien escribió: “Entre
la pena y la nada, prefiero la pena”,
podemos con toda certeza, imaginarnos a Montalbano recitando esta
profesión de fe, que hacemos nuestra: “Entre
el enigma y el monstruo, prefiero el enigma”.
Diego Rodríguez Reis
Revista digital "CIC.
Periodismo Con Intervención del Cronista" Nº1, Bariloche,
14/12/2015



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