El Mundo según John Irving
Desde el vamos, quiero
admitir que hablar
del mundo “según”
tal o cual autor, suele ser un lugar común, más o menos visitado
por los críticos y/o reseñadores. Con esto quiero decir que,
diciendo uno “El
mundo según Fulano de tal”
o que vamos a hablar “Ni
más ni menos que de Mengano”,
se corre efectivamente el riesgo de caer en el problema eterno de
los lugares comunes: que se vacíe de sentido, que termine
significando la nada misma.
Pero, a la hora de hablar de
John Irving y su obra, no hay casi otro modo de abordarlo que desde
ahí mismo: desde la visión personal de Irving. Otro tanto ocurre
con autores como Borges, Dickens o Stendhal.
¿Qué es lo anuda, une, todo este universo, personal y simbólico,
de personajes y lugares, de los libros de John Irving?: él mismo, el
mismo John Irving.
No por nada, no es gratuita,
la mención del nombre de Borges. Borges decía que todos sus
personajes eran, en realidad, él mismo, con otro nombre y levemente
disfrazado. En el caso de John Irving, tanto T. S. Garp (héroe de la
monumental “El
mundo según Garp”),
Ted Cole (padre de la Ruth de “Una
mujer difícil”)
y Juan Diego (protagonista de la recién aparecida “Avenida
de los misterios”)
todos son, salvados leves disfraces, el mismísimo John Irving.
Un mundo de escritores
Si hay algo que caracteriza
al universo
“irvingniano”
es eso: que los protagonistas son casi siempre, escritores. Por ende,
los mundos que describe, sus realidades, están atravesados por la
lectura y la escritura: Garp elige nombres y oficios para sus
personajes leyendo la guía telefónica; Ted Cole escribe cuentos
infantiles sobre la base de sus charlas con sus propios hijos (como
"Un
ruido como de alguien que no quiere hacer ruido”);
Juan Diego aprende a leer de los libros que la gente tira a la
basura. Sus personajes son, ante todo, “lectores”:
lectores de libros y esa lectura es la que media entre ellos y su
visión del mundo. La lectura es la herramienta (el arma) que les
permite conocer e interpretar el mundo.
Personaje paradigmático
de esa visión es este Juan Diego, protagonista de la última novela
(la número catorce) de John Irving, “Avenida
de los misterios”.
México, 1970. El hermano
Pepe, sacerdote jesuita del Templo de la Compañía de Jesús, visita
el basurero de Oaxaca, en busca de un chico que, según una leyenda
urbana que circula, vive allí y habría aprendido a leer por su
propia cuenta: "Los
niños de la basura no eran, por regla general, grandes lectores-
refexiona (o duda) el narrador-, y
los jóvenes lectores de cualquier origen o extracción casi nunca
son autodidactas."
Pero las leyendas son
ciertas. "Busco
al lector",
dice sencillamente el hermano Pepe a los trabajadores del vertedero
(en una escena que parece arrancada de un cuento de nuestro Ricardo
Piglia),
quienes lo dirigen hasta la choza de Rivera, el 'Jefe'
del basurero, donde se encuentra por fin con el enigma, con el
monstruo, con el "lector".
Se llama Juan Diego, tiene
catorce años, lee todo los demás tiran a la basura. Otro
rasgo típicamente “irvingniano”:
lee (ve) todo lo que los demás no leen (no ven). De
hecho, el libro que Juan Diego está leyendo cuando llega el hermano
Pepe es, justamente, un libro desechado por los propios jesuitas: “El
viejo libro despedía un fuerte olor a 'basurero',
y algunas hojas parecían chamuscadas. Era uno de esos mamotretos
académicos, textos eruditos católicos que casi nadie leía”.
Con Juan Diego, está su hermana menor, Lupe: una niña de unos trece
años, de aspecto salvaje y lenguaje casi ininteligible. Pero no ese
su rasgo más distintivo: además, lee la mente.
El hermano Pepe descubre
que Juan Diego no sólo ha aprendido a leer solito en español, sino
que también lee perfectamente en inglés. Además, es el único
capaz de interpretar el extraño lenguaje de su hermana. Es un lector
y un intérprete constante.
El jesuita le regala unos libros (¿qué mejor ofrenda para un
lector?): “Unas
cuantas novelas, buena narrativa..., ya sabes literatura”.
A lo que la pequeña Lupe replica, asombrosamente oracular: “No
sé que opinión me merece la 'literatura'.
No toda la narrativa es tan buena como la pintan”.
Y aquí, en este campo,
el de los diálogos, John Irving descuella: despega, vuela.
En ese
terreno es indestructible: allí nadie se calla, nadie se guarda
nada, todos dicen todo lo posible.
-Yo no entro en
especulaciones- dice Juan Diego en algún pasaje, epifánico-.
Simplemente observo; sólo describo.
Pero debajo de esa
superficie firme, compacta (de esa “punta
del iceberg”
de Hemingway) duerme, atenta, la profundidad insondable. Un recurso
raro, extraordinario. Planteado el “problema”
de “lo no
dicho”,
de lo alusivo por omisión o por sugerencia, John Irving opta
generalmente por lo desaconsejado: por abordar directamente un tema y
que sus personajes lo ramifiquen, multipliquen, lo asocien, lo gasten
(¿lo agoten?).
Lo que en cierta forma
recuerda aquél diálogo del Padre Brown y Flambeau, del siempre
genial Chesterton:
"-¿Dónde esconderá
un sabio un grano de arena?
-En la playa.
-¿Dónde esconderá una
hoja el sabio?
-En el bosque."
Máquina de leer
El tiempo cero del relato
de “Avenida
de los misterios”
es el futuro de Juan Diego, de ese “niño
lector del basurero”.
En la actualidad del texto, el año 2010, Juan Diego vive en Iowa, un
estado mediterráneo de los EEUU. Tiene más de cincuenta años, se
ha convertido en escritor (¿alguien dudaba de que ese era su
destino?). No sólo eso: es un escritor exitoso, y recibe una
invitación para viajar a Filipinas a hablar de sus libros, de su
obra.
En ese futuro, Juan Diego ya
está lisiado: un accidente lo dejó cojo para siempre. Lupe, su
hermana clarividente, ya ha muerto hace tiempo. Él se queja con su
médica de los betabloqueantes que ella le receta (unos fármacos que
bloquean los receptores de adrenalina en el organismo), aduciendo que
en realidad le están bloqueando los recuerdos: "Me
están robando la infancia. Me están robando los recuerdos",
rezonga. Necesita
leer continuamente todo, todos los tiempos: releer, recordar,
recrear.
Juan Diego, este
héroe-lector tiene otros parientes literarios ilustres. Pertenece a
la estirpe del Quijote, el más célebre de los
lectores-transformadores de la pobre (triste) realidad original; y la
de su propio autor, Cervantes Saavedra, quien según sus propias
palabras, leía "hasta
los papeles rotos que encontraba en la calle".
El hace un rato citado
Ricardo Piglia en su ensayo "¿Qué
es un lector?"
("El
último lector",
Anagrama, 2005) define "la
condición material del lector moderno",
así: "Vive
en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (...); en
el tumulto de la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la
calle, quiere leerlos."
Como Juan
Diego, este lector moderno, cervantino, quijotesco, lee (se alimenta)
de lo que los otros tiran, desechan.
Piglia va aún más lejos: "El
lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el
que siempre está despierto, son representaciones extremas de lo que
significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja
presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros;
para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de
vida."
Y aquí tenemos otro índice
de lectura para "Avenida
de los misterios" y
para todas las novelas de John Irving: la lectura y la escritura como
una forma de vida. Hace unos días, Rodrigo Fresán, hablando sobre
esta misma novela, ha enumerado, entre los cimientos y pilares del
universo de Irving, "la
vocación literaria como mandato inescapable y la lectura como
salvavidas".
Los
personajes (los escritores) de las novelas de Irving no leen para
escaparse del mundo: leen para ingresar en el mundo.
Fuera de estos elementos y
menesteres, "Avenida
de los misterios"
cuenta con todo el corpus ya clásico en las anteriores trece novelas
de John Irving: circos, milagros, sexo,
relatos dentro
del relato (muy a la manera de Borges, otra vez), citas directas y
constantes a otras obras de la literatura, diálogos deslumbrantes y
finales infelices.
Máquina de escribir
John
Winslow Irving nació en Exeter
(New Hampshire) en 1942, bajo el nombre de John Wallace Blunt, Jr,
apellido que cambiaría años más tarde por el de su padre adoptivo.
Estudió
literatura inglesa en la Universidad de New Hampshire y en 1963 se
mudó a Viena, donde pasó dos años en el Instituto de Estudios
Europeos.
A los
veinticuatro años, escribió su primera novela, "Libertad
para los osos", a
la que seguirían "La
epopeya del bebedor de agua" y
"Doble
pareja".
Pero
fue con "El
mundo según Garp",
en 1978, con la que alcanzó fama, tanto en los Estados Unidos como
en el resto del mundo. Su
obra ha sido, desde entonces, ampliamente traducida y difundidad. Ha
publicado las novelas "El
Hotel New Hampshire" (1981),
"Príncipes
de Maine,
Reyes
de Nueva Inglaterra" (1985),
"Oración por Owen" (1989);
"Un
hijo del circo"
(1994),"Una
mujer difícil" (1998),
"La cuarta mano" (2001),
"Hasta
que te encuentre"
(2005), "La
última noche en Twisted River"
(2009) y "Personas
como yo"
(2012).
Algunas
de sus novelas han sido llevadas al cine, generalmente con resultados
desastrosos,
a excepción de "Las
normas de la casa de sidra" (1999),
dirigida por Lasse Hallström, con guión adaptado del propio John
Irving sobre su novela "Príncipes
de Maine, reyes de Nueva Inglaterra",
y que le valió un Oscar a él como mejor guionista y otro a Michael
Caine como mejor actor de reparto. Otra honrosa excepción ha sido
"Door
on the Floor" (2004),
dirigida por Tod Williams, un guión adaptado de la novela "Una
mujer difícil",
con soberbias actuaciones de Jeff
Bridges y Kim Bassinger.
John
Irving ha recreado sus experiencias personales con la escritura y el
cine en
los volúmenes “La
novia imaginaria”
(1995) y “Mis
líos con el cine”
(1999).
Diego
Rodríguez Reis
Revista
digital "CIC.
Periodismo Con Intervención del Cronista"
Nº7, Bariloche, 07/06/2016



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