El Mundo según John Irving


Avenida de los Misterios”, John Irving (Tusquets Editores, 2016).

Desde el vamos, quiero admitir que hablar del mundo “según” tal o cual autor, suele ser un lugar común, más o menos visitado por los críticos y/o reseñadores. Con esto quiero decir que, diciendo uno “El mundo según Fulano de tal” o que vamos a hablar “Ni más ni menos que de Mengano”, se corre efectivamente el riesgo de caer en el problema eterno de los lugares comunes: que se vacíe de sentido, que termine significando la nada misma.
Pero, a la hora de hablar de John Irving y su obra, no hay casi otro modo de abordarlo que desde ahí mismo: desde la visión personal de Irving. Otro tanto ocurre con autores como Borges, Dickens o Stendhal. ¿Qué es lo anuda, une, todo este universo, personal y simbólico, de personajes y lugares, de los libros de John Irving?: él mismo, el mismo John Irving.
No por nada, no es gratuita, la mención del nombre de Borges. Borges decía que todos sus personajes eran, en realidad, él mismo, con otro nombre y levemente disfrazado. En el caso de John Irving, tanto T. S. Garp (héroe de la monumental “El mundo según Garp”), Ted Cole (padre de la Ruth de “Una mujer difícil”) y Juan Diego (protagonista de la recién aparecida “Avenida de los misterios”) todos son, salvados leves disfraces, el mismísimo John Irving.


Un mundo de escritores

Si hay algo que caracteriza al universo “irvingniano” es eso: que los protagonistas son casi siempre, escritores. Por ende, los mundos que describe, sus realidades, están atravesados por la lectura y la escritura: Garp elige nombres y oficios para sus personajes leyendo la guía telefónica; Ted Cole escribe cuentos infantiles sobre la base de sus charlas con sus propios hijos (como "Un ruido como de alguien que no quiere hacer ruido”); Juan Diego aprende a leer de los libros que la gente tira a la basura. Sus personajes son, ante todo, “lectores”: lectores de libros y esa lectura es la que media entre ellos y su visión del mundo. La lectura es la herramienta (el arma) que les permite conocer e interpretar el mundo.
Personaje paradigmático de esa visión es este Juan Diego, protagonista de la última novela (la número catorce) de John Irving, “Avenida de los misterios”.
México, 1970. El hermano Pepe, sacerdote jesuita del Templo de la Compañía de Jesús, visita el basurero de Oaxaca, en busca de un chico que, según una leyenda urbana que circula, vive allí y habría aprendido a leer por su propia cuenta: "Los niños de la basura no eran, por regla general, grandes lectores- refexiona (o duda) el narrador-, y los jóvenes lectores de cualquier origen o extracción casi nunca son autodidactas."
Pero las leyendas son ciertas. "Busco al lector", dice sencillamente el hermano Pepe a los trabajadores del vertedero (en una escena que parece arrancada de un cuento de nuestro Ricardo Piglia), quienes lo dirigen hasta la choza de Rivera, el 'Jefe' del basurero, donde se encuentra por fin con el enigma, con el monstruo, con el "lector".
Se llama Juan Diego, tiene catorce años, lee todo los demás tiran a la basura. Otro rasgo típicamente “irvingniano”: lee (ve) todo lo que los demás no leen (no ven). De hecho, el libro que Juan Diego está leyendo cuando llega el hermano Pepe es, justamente, un libro desechado por los propios jesuitas: “El viejo libro despedía un fuerte olor a 'basurero', y algunas hojas parecían chamuscadas. Era uno de esos mamotretos académicos, textos eruditos católicos que casi nadie leía”. Con Juan Diego, está su hermana menor, Lupe: una niña de unos trece años, de aspecto salvaje y lenguaje casi ininteligible. Pero no ese su rasgo más distintivo: además, lee la mente.
El hermano Pepe descubre que Juan Diego no sólo ha aprendido a leer solito en español, sino que también lee perfectamente en inglés. Además, es el único capaz de interpretar el extraño lenguaje de su hermana. Es un lector y un intérprete constante. El jesuita le regala unos libros (¿qué mejor ofrenda para un lector?): “Unas cuantas novelas, buena narrativa..., ya sabes literatura”. A lo que la pequeña Lupe replica, asombrosamente oracular: “No sé que opinión me merece la 'literatura'. No toda la narrativa es tan buena como la pintan”.
Y aquí, en este campo, el de los diálogos, John Irving descuella: despega, vuela. En ese terreno es indestructible: allí nadie se calla, nadie se guarda nada, todos dicen todo lo posible.
-Yo no entro en especulaciones- dice Juan Diego en algún pasaje, epifánico-. Simplemente observo; sólo describo.
Pero debajo de esa superficie firme, compacta (de esa “punta del iceberg” de Hemingway) duerme, atenta, la profundidad insondable. Un recurso raro, extraordinario. Planteado el “problema” de “lo no dicho”, de lo alusivo por omisión o por sugerencia, John Irving opta generalmente por lo desaconsejado: por abordar directamente un tema y que sus personajes lo ramifiquen, multipliquen, lo asocien, lo gasten (¿lo agoten?).
Lo que en cierta forma recuerda aquél diálogo del Padre Brown y Flambeau, del siempre genial Chesterton:
"-¿Dónde esconderá un sabio un grano de arena?
-En la playa.
-¿Dónde esconderá una hoja el sabio?
-En el bosque."


Máquina de leer

El tiempo cero del relato de “Avenida de los misterios” es el futuro de Juan Diego, de ese “niño lector del basurero”. En la actualidad del texto, el año 2010, Juan Diego vive en Iowa, un estado mediterráneo de los EEUU. Tiene más de cincuenta años, se ha convertido en escritor (¿alguien dudaba de que ese era su destino?). No sólo eso: es un escritor exitoso, y recibe una invitación para viajar a Filipinas a hablar de sus libros, de su obra.
En ese futuro, Juan Diego ya está lisiado: un accidente lo dejó cojo para siempre. Lupe, su hermana clarividente, ya ha muerto hace tiempo. Él se queja con su médica de los betabloqueantes que ella le receta (unos fármacos que bloquean los receptores de adrenalina en el organismo), aduciendo que en realidad le están bloqueando los recuerdos: "Me están robando la infancia. Me están robando los recuerdos", rezonga. Necesita leer continuamente todo, todos los tiempos: releer, recordar, recrear.
Juan Diego, este héroe-lector tiene otros parientes literarios ilustres. Pertenece a la estirpe del Quijote, el más célebre de los lectores-transformadores de la pobre (triste) realidad original; y la de su propio autor, Cervantes Saavedra, quien según sus propias palabras, leía "hasta los papeles rotos que encontraba en la calle".
El hace un rato citado Ricardo Piglia en su ensayo "¿Qué es un lector?" ("El último lector", Anagrama, 2005) define "la condición material del lector moderno", así: "Vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (...); en el tumulto de la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la calle, quiere leerlos." Como Juan Diego, este lector moderno, cervantino, quijotesco, lee (se alimenta) de lo que los otros tiran, desechan. Piglia va aún más lejos: "El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que siempre está despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida."
Y aquí tenemos otro índice de lectura para "Avenida de los misterios" y para todas las novelas de John Irving: la lectura y la escritura como una forma de vida. Hace unos días, Rodrigo Fresán, hablando sobre esta misma novela, ha enumerado, entre los cimientos y pilares del universo de Irving, "la vocación literaria como mandato inescapable y la lectura como salvavidas". Los personajes (los escritores) de las novelas de Irving no leen para escaparse del mundo: leen para ingresar en el mundo.
Fuera de estos elementos y menesteres, "Avenida de los misterios" cuenta con todo el corpus ya clásico en las anteriores trece novelas de John Irving: circos, milagros, sexo, relatos dentro del relato (muy a la manera de Borges, otra vez), citas directas y constantes a otras obras de la literatura, diálogos deslumbrantes y finales infelices.


Máquina de escribir

John Winslow Irving nació en Exeter (New Hampshire) en 1942, bajo el nombre de John Wallace Blunt, Jr, apellido que cambiaría años más tarde por el de su padre adoptivo. Estudió literatura inglesa en la Universidad de New Hampshire y en 1963 se mudó a Viena, donde pasó dos años en el Instituto de Estudios Europeos.
A los veinticuatro años, escribió su primera novela, "Libertad para los osos", a la que seguirían "La epopeya del bebedor de agua" y "Doble pareja". Pero fue con "El mundo según Garp", en 1978, con la que alcanzó fama, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo. Su obra ha sido, desde entonces, ampliamente traducida y difundidad. Ha publicado las novelas "El Hotel New Hampshire" (1981), "Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra" (1985), "Oración por Owen" (1989); "Un hijo del circo" (1994),"Una mujer difícil" (1998), "La cuarta mano" (2001), "Hasta que te encuentre" (2005), "La última noche en Twisted River" (2009) y "Personas como yo" (2012).
Algunas de sus novelas han sido llevadas al cine, generalmente con resultados desastrosos, a excepción de "Las normas de la casa de sidra" (1999), dirigida por Lasse Hallström, con guión adaptado del propio John Irving sobre su novela "Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra", y que le valió un Oscar a él como mejor guionista y otro a Michael Caine como mejor actor de reparto. Otra honrosa excepción ha sido "Door on the Floor" (2004), dirigida por Tod Williams, un guión adaptado de la novela "Una mujer difícil", con soberbias actuaciones de Jeff Bridges y Kim Bassinger.
John Irving ha recreado sus experiencias personales con la escritura y el cine en los volúmenes “La novia imaginaria” (1995) y “Mis líos con el cine” (1999).

Diego Rodríguez Reis
Revista digital "CIC. Periodismo Con Intervención del Cronista" Nº7, Bariloche, 07/06/2016

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