Conan Doyle el Bárbaro
"Sherlock
Holmes. Todas las Novelas"
(Editorial Losada, 2015).
Hay
autores cuya obra capital es un libro (Melville
y su "Moby Dick",
Tolstoi y "La guerra y la paz");
otros, un poema o un cuento (como W.W. Jacobs y su archifamoso "La
pata de mono"); otros fundan un
género (Poe y el policial); algunos nos dejan apenas un verso, una
frase, una entonación. Y hay otros, como Arthur Conan Doyle, que
dejaron un personaje inmortal, cuya fama superó y trascendió a la
suya propia. Un personaje que la
humanidad adoptó para siempre y que ya no se resignará a olvidar:
el eterno e inoxidable Sherlock Holmes.
Editorial Losada acaba de
publicar (hace un rato nomás) el volumen "Sherlock Holmes.
Todas las novelas". Son 680 páginas que reúnen las cuatro
novelas de Conan Doyle que protagonizan Sherlock Holmes y su
amigo-narrador el Doctor John Watson: "Estudio en escarlata"
(1887), "El signo de los cuatro" (1890), "El
sabueso de los Baskerville" (1902) y "El valle del
terror" (1915).
Como
escribió Borges en su poema “Sherlock
Holmes” (“Los
conjurados”,
1985): “Pensar de tarde en tarde en
Sherlock Holmes es una/ de las buenas costumbres que nos quedan”.
Entonces, cada aparición de un libro
“nuevo”
suyo, se convierte en una buena excusa para seguir hablando de
Sherlock y de su creador, Arthur Conan Doyle.
Pocas
novedades hay para decir (a estas alturas del siglo XXI) sobre el
clásico y paradigmático detective. Pero, a casi 130 años de su
aparición original, en la novela "Estudio
en escarlata", Holmes todavía
conserva algún misterio, algunas zonas oscuras.
Lo de
cajón, casi por todos conocido: es un detective privado, amateur;
vive en el 221b de Baker Street, en la populosa Londres de fines del
siglo XIX; tiene un amigo fiel, que es también su cronista, el
doctor John Watson.
Ya por
repetida y repudiada, es sabido que Sherlock Holmes jamás pronunció
esa famosa frase: "Elemental,
mi querido Watson". Es
cierto que en ocasiones dice palabras o expresiones parecidas, pero
nunca estrictamente así ni en ese orden.
Menos
conocida (por menos leída) es su adicción a las drogas, lo único
que lo mantiene activo en los períodos en los cuales no lo atarea
ningún caso. Ya en el primer capítulo de la segunda novela que lo
tiene como protagonista "El signo
de los cuatro", Holmes se inyecta
cocaína ("una solución al siete
por ciento", según sus dichos)
ante la mirada reprobatoria de Watson. "Tres
veces al día, durante muchos meses",
nos dice Watson, "había sido
testigo de este espectáculo".
Confiesa: "Supongo que su efecto
físico es malo. Sin embargo, la encuentro tan trascendentalmente
estimulante y esclarecedora para la mente, que ese efecto secundario
tiene poca importancia". Además
de la cocaína, el detective, a lo largo de sus casos (más bien,
entre caso y caso), frecuenta la morfina. Y por supuesto,
continuamente, el tabaco.
Y en el
primer caso de los cuentos "Las
aventuras de Sherlock Holmes",
leemos: "Holmes, que odiaba con
toda su alma bohemia cualquier forma de sociedad, permanecía en su
vivienda de Baker Street enterrado entre sus viejos libros y
alternando, se semana en semana, entre la cocaína y la ambición, el
letargo de la droga y la energía intensa de su aguda naturaleza".
El cine clásico
hollywoodense, probablemente por razones de imagen, ha obviado casi
siempre esta característica de Holmes.
Otro
rasgo, prolijamente ignorado: Holmes es un tipo desaliñado en su
vestir, infantil, negligente en su trato con los demás, muchas veces
directamente maleducado. El cine y sus
dependencias suele mostrarnos un Sherlock impecable, haciéndolo el
estereotipo del dandy
inglés, acaso fundiéndolo (o confundiéndolo) con su caricatura, el
impoluto detective Hércules Poirot, de Agatha Christie.
Sherlock shock
En
noviembre de 1887, el médico y escritor irlandés Arthur Ignatius
Conan Doyle (lejos aún de ser nombrado "Sir"
por el Imperio Británico) publicó en
Londres, en la revista "Beeton's
Christmas Annual" el relato
titulado "Un estudio en escarlata",
protagonizado por un tal Sherlock Holmes y, según anunciaba el
prefacio "Extraído de las memorias
de John H. Watson, Doctor en Medicina que perteneció al Cuerpo de
Médicos del Ejército". En el
relato, el doctor Watson narra en primera persona cómo conoce a
Holmes, cómo termina compartiendo una habitación con él en la
calle Baker, y cómo este notable sujeto, que es (según sus propios
dichos) "investigador-consultor",
se ocupa de resolver misterios que descolocan a la mismísma Scotland
Yard y, a su manera, desfacer entuertos.
Según
suelen comentar los biógrafos de Conan Doyle, la figura del
detective le fue inspirada por un profesor suyo, el médico forense
Joseph Bell, quien efectuaba sus diagnósticos auxiliado por su
poderosa capacidad de observación y deducción.
Al año
siguiente, "Estudio en escarlata"
aparecería ya en forma de novela
independiente, ilustrada por Arthur Altamont Doyle, su padre. De ahí
a la eternidad: Holmes y Watson
entrarían en ese Parnaso de personajes inmortales, de la talla de
Don Quijote y Sancho Panza, del Príncipe Hamlet, del Dante de la
"Divina Comedia",
del Capitán Acab y la Ballena Blanca.
Desde
entonces, y durante un período de cuarenta años (a veces con largos
períodos de descanso), Conan Doyle compuso las aventuras de Sherlock
Holmes y de su amigo Watson. Más allá de las antologías,
reediciones y refritos, el canon "holmesiano"
clásico comprende 4 novelas y 56 cuentos, a saber:
1)
"Estudio en escarlata"
(Novela, 1887)
2)
"El signo de los cuatro"
(Novela, 1890)
3)
"Las aventuras de Sherlock
Holmes" (Cuentos, 1892)
4)
"Las memorias de Sherlock Holmes"
(Cuentos, 1893)
5)
"El sabueso de los Baskerville"
(Novela, 1902)
6)
"El regreso de Sherlock Holmes"
(Cuentos, 1905)
7)
"El valle del terror"
(Novela, 1915)
8)
"Su última reverencia"
(Cuentos, 1917)
9)
"El archivo de Sherlock Holmes"
(Cuentos, 1927)
Hay dos
colecciones locales, más o menos recientes, que el lector de a pie
puede encontrar en casi cualquier librería.
Una,
colección que Editorial “El Ateneo”
lanzó en 2011 comprende: 1) "Estudio
en escarlata"/ "El signo de los cuatro";
2) "Las aventuras de Sherlock
Holmes"; 3) "El
archivo de Sherlock Holmes"; 4)
"La reaparición de Sherlock
Holmes"; 5) "El
valle del terror"/ "Recuerdos de Sherlock Holmes";
y 6) "El mastín de los
Baskerville"/ "Memorias de Sherlock Holmes".
La colección esta prologada por el escritor Alberto Laiseca.
Y la
otra, la que Editorial “Claridad”
comenzara en el 2006. Los títulos (en lo que a Sherlock respecta)
son más o menos los mismos. Lo interesante es que hay además otros
títulos que reúnen otra parte de la obra de Conan Doyle, menos
divulgada, por caso, “Relatos de alta
mar”, “Relatos
de cuadrilátero”, “Relatos
de los campamentos militares” y
“Relatos de misterio”.
El fin
La
(triste) realidad es que Conan Doyle nunca quiso a Sherlock Holmes.
Su verdadera pasión fue siempre la
novela histórica: de hecho, la amplia difusión de su libro "The
Great Boer War" (1900) fue lo que
impulsó su nombramiento de Caballero de la Orden del Imperio
Británico en 1902. Una y otra vez abandonaba al detective para
escribir las obras que más amaba, las otras. De hecho, la serie
"Holmes" abarca
una ínfima porción de su obra literaria total.
Es fama
que hasta lo mató (aparentemente para siempre) en el relato "El
problema final" y que por diez
años lo mantuvo en ese estado, pese a las advertencias de su madre
("La gente lo va a tomar a mal"),
para después "resucitarlo"
con "La
casa vacía" en "El
regreso de Sherlock Holmes". En
ese interín, miles y miles de cartas exigían (yendo de las súplicas
a las amenazas) la vuelta del detective: la
gente amaba a Sherlock más de lo que lo amaba su propio autor.
Luego de
la publicación de "El archivo de
Sherlock Holmes", ya no hubo más
apariciones. La muerte de uno de sus hijos lo afectó sensiblemente y
lo volcó hacia el espiritismo, fue uno de los impulsores de esa
corriente en Inglaterra. En su "Historia
del Espiritualismo" (1926)
escribió: "De la fe se ha abusado,
hasta volverse imposible para muchas mentes alertas, y hay un llamado
para pruebas y conocimiento. Y esto es lo que Espiritualismo aporta:
fundamenta nuestras creencias en la vida de ultratumba y en la
existencia de mundos invisibles".
Falleció
en Sussex, en 1930, de un ataque al corazón: tenía 71 años de
edad. Fue, en esas siete décadas de vida,
médico, oftalmólogo, cirujano en un barco ballenero, escritor de
novelas históricas y de ciencia ficción, candidato a diputado por
el partido liberal, promotor de la creación de la Corte Penal de
Apelaciones, jugador profesional de rugby, jugador amateur de fútbol
(era arquero del equipo de su ciudad), golfista y boxeador
aficionado, y (además, para felicidad
de todos nosotros) creador del eterno Sherlock Holmes.
Diego
Rodríguez Reis
Revista
digital "CIC.
Periodismo Con Intervención del Cronista"
Nº6, Bariloche, 20/04/2016



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