Aproximaciones a Plexocuentos
Prólogo
a “Plexocuentos.
Narrativa
y Gráfica de Argentina y Chile”
(Centro de Investigaciones Poéticas Casa Azul, Valparaíso, Chile,
2016).
La palabra Plexo
proviene del lejano y a
la vez cercano latín, Plexus,
y significa “tejido”.
En nuestra lengua castellana suele utilizarse generalmente en
Anatomía, denominando cualquier red formada por varios filamentos
nerviosos o vasculares entrelazados (verbigracia, los plexos sacro y
solar).
El año pasado, he tenido la
fortuna de que llegara a mis manos el volumen
“PlexoPerú. Poesía y Gráfica Perú-Chile”.
Amén de la felicidad literaria que me produjo recorrer sus páginas,
me quedaron resonando ciertas palabras (significativas,
significantes) de los textos preliminares del libro. Esas palabras
(que subrayé, algunas se repetían varias veces) eran: Conjunto,
Conexiones, Compendio, Mixtura, Contrapunto, Hermandad, Panorama,
Diálogo, Tensión, Contexto, Búsqueda, Construir, Catalizar,
Proyecto, Mixto, Cultura, Puente y el resonante vocablo Plexo.
Todas estas palabras, así dispuestas, forman un mapa orgánico, que
ya habla a las claras de las intenciones de los impulsores del
proyecto PlexoCuentos
y de sus predecesores (el citado “PlexoPeru”
y el primigenio “PlexoAmérica. Poesía y
Gráfica Morelia-Valparaíso”). Sería
sencillo hilar estas palabras, aparentemente aisladas, en un orden
lógico sintáctico, con los conectores correspondientes, para
finalmente descubrir lo que ya sospechábamos desde el principio: los
tres Plexos son
gestos, rasgos de un proyecto intercultural abierto, vital y (por
ello mismo) incansablemente dialéctico.
Desde estas dos perspectivas
previas (la palabra latina Plexus,
tejido, y la relectura de PlexoPerú)
he abordado la composición de este prefacio a PlexoCuentos.
Y así se me fue presentando, revelando: como un plexo, un tejido.
Toda antología es variopinta. Sin embargo, todas poseen a su vez la
virtud de representar conjuntos de dimensiones superiores, aún de
imaginar las probables extensiones de esos conjuntos. Ejercicio
didáctico (lúdico, acaso) pero cuyo alcance muchas veces puede y
suele trascender las intenciones originales de la tarea. Quisiera
proponer brevemente algunas observaciones que derivaron de esa
lectura. En los textos que componen PlexoCuentos
prevalece casi abrumadoramente la narración en primera persona
(sobre la clásica y omnisciente tercera persona). Ello conlleva la
primacía del punto de vista personal, de la visión ficcional
subjetiva por sobre la aparentemente objetiva. Eso, en el plano
estrictamente formal. Ya en el campo argumental, prima lo sugestivo
sobre lo explícito, característica de alguna forma hija de la
elección de estos narradores fuertes, personalísimos. Otro elemento
que surge, vistoso, del interior de estos mundos, es el diálogo:
diálogos que, antes que ofrecer información la sugieren o
aparentemente la niegan (rasgo que adquiere carácter estructural en
los dos primeros relatos del libro); diálogos que solamente nos
presentan "la punta del iceberg",
como predicaba Hemingway.
Ricardo Piglia escribió
famosamente en sus "Tesis sobre el
cuento" que un cuento siempre cuenta dos
historias, una superficial y otra subterránea, secreta (primera
tesis); y que la historia secreta es la clave de la forma del cuento
(segunda tesis). Así, el cuento es, a priori, un relato aparente que
contiene otro relato, secreto. Esta historia secreta, subterfugia, va
construyéndose con lo no dicho, el sobreentendido, la alusión. Y al
final, la historia secreta siempre aparece en la superficie. En
realidad, es la que fue estructurando el desarrollo del relato, nos
dice Piglia. En este mundo, desde esta singular perspectiva, abundan
los planes no explicitados, las conversaciones sugerentes, lo
poderosamente alusivo. Todo aquello que Julio Cortázar denominó
"tensión"
del relato. Este es el mundo de PlexoCuentos.
Pinta tu aldea,
dice el viejo y sabio adagio, y pintarás el
mundo. Borges formuló el
exacto reverso de esta versión. Imaginó la historia de un hombre
que se propone la tarea de dibujar el mundo: dibuja provincias,
reinos, montañas, islas y naves, y antes de morir descubre que ese
paciente dibujo traza la imagen de su propio rostro. Esta doble
fábula quizá nos quiere advertir que no importa lo que nos
propongamos originalmente: la obra tiene voluntad propia y suele
oponerse a los designios del autor. Más me satisface esta otra
lectura: que aunque barajemos complejos símbolos, lejanas y exóticas
geografías, siempre estaremos hablando de la misma cosa, de nosotros
mismos. La verdadera patria es el lenguaje, escribió Juan José
Saer. De esa patria venimos y de esa patria hablamos. Estamos
embebidos en esa patria, en ese lenguaje nos movemos, nadamos. No es
una patria inmóvil: está en constante vorágine, se alimenta
constantemente lo mismo del lejano latín, del griego, del quichua,
del mapudungum, del inglés, del francés. Escribimos para pintarnos,
para entendernos. La realidad está "oculta
en el lenguaje", como nos anuncia
(ferozmente epifánico) el título del texto de Piera Pallavicini,
incluido en este volumen. Escribimos en busca de nuestra propia
identidad.
Vuelvo al origen de mis
reflexiones. Pienso que hay otra acepción más
de aquella palabra, Tejido:
tejido en el sentido de telar, de trama. Pienso en Penélope,
tejiendo y destejiendo, día tras día, noche tras noche, en su
telar, a fin de persistir en su espera. Teje y desteje, para que nada
altere su orden, ni siquiera los más voraces e inflexibles
invasores. Pienso en un tejido (un Plexo)
vivo, tan vivo. Un tejido que nos pinte y nos represente: complejos,
dialécticos, singulares. Sin necesidad de raros artificios, de meras
máquinas o costosos simulacros, PlexoCuentos
logra (creo) representarnos. Pintarnos y pintar un poco este, nuestro
querido pedazo del mapa, cruzado por una cordillera, al sur del
universo y de la historia.
Diego Rodríguez Reis,
Villa La Angostura, Invierno 2015



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