Roberto Arlt en el Nahuel Huapí

En el verano de 1934, Roberto Arlt realizó un viaje a nuestro Sur, como corresponsal del diario “El Mundo”, donde por aquél entonces publicaba sus célebres “Aguafuertes Porteñas”. El plan del diario y del propio Arlt era llevar a cabo una serie de relatos escritos en el mismo tono que luego se llamarían “Aguafuertes Patagónicas”. Como los exploradores clásicos, provisto de una máquina fotográfica Kodak, un saco de cuero y una pistola automática, Roberto Arlt recorrió las provincias de Río Negro y Neuquén, visitando, entre otras, las ciudades de Patagones, Viedma y San Carlos de Bariloche. Asimismo, el itinerario lo llevó a recorrer las cuencas del Neuquén y del Nahuel Huapí, llegando a las puertas mismas de las Villas de Traful y La Angostura.

Ya estoy instalado en el tren”, escribe Roberto Arlt allá por enero del 34. Por ese entonces, contaba con la misma cantidad de años que el siglo (había nacido el 2 abril de 1900) pero, siguiendo la confesión de Juan Carlos Onetti, “para nosotros ya era el mejor escritor de todo Buenos Aires”. Agotadas las “Aguafuertes Porteñas”, Arlt encaraba la misión de presentar nuevos panoramas de la realidad del país, de ampliar la visión. Asume el papel de repórter viajero, inicia un viaje que lo lleva a nuevas ciudades que lo conecten, a su vez, con nuevas realidades, nuevos temas. Esta búsqueda constante de nuevos escenarios lo llevaría, al año siguiente, a España y al África, desde donde escribiría para el mismo diario las “Aguafuertes Españolas”.
Imposible al imaginar al gran escritor viajando al Sur inconmensurable no rememorar el final de “El juguete rabioso”, donde el traidor de la novela inicia el mismo recorrido. Lejos de cualquier traición, Arlt se sumerge a la inconmensurabilidad del paisaje patagónico. Luego de visitar La Comarca de Viedma y Carmen de Patagones, se va adentrando en la zona de los lagos. “Las estribaciones de la precordillera convierten el paisaje en una cinematográfica sucesión de acuarelas montañesas, de las que es imposible dar visión en una sola nota”, dice en la nota “Hasta donde termina el mundo”, del 15 de enero de ese año.
Al otro día, el contacto con nuestra naturaleza lo desborda, tan lejana de aquellos escenarios típicamente urbanos (y principalmente porteños) de sus cuentos y novelas. Así nos confiesa su asombro: “¡El Nahuel Huapí! Contemplándolo así, ante mis ojos, comprendo que se le llame el lago más hermoso del mundo. Toda otra descripción le queda chica” (“Llegamos al Neuquén”, 16 de enero de 1934).
Su mirada de habitante urbano se detiene en la descripción de los enormes paisajes. El Valle Encantado de Traful (que en un pasado no muy remoto era lugar de Congreso de las tribus indígenas) le arranca suspiros: “Doce kilómetros maravillosos; se cierran los ojos para reposar la vista y el entendimiento; pero cuando se abren, nuevamente se tropiezan con crestados domos de piedra, catedrales cuyas agujas se han derretido, castillejos empinados, feroces, con murallas a cuyos pies asoman la cabeza dragones de piedra pómez” (“El Valle Encantado de Traful”, 19 de enero de 1934).
Así, Arlt no sólo descubre la Patagonia para sí mismo, sino también para todos sus seguidores, lectores de Buenos Aires. Configura el paisaje, recurre a comparaciones urbanas para que ellos puedan conocerlo y entenderlo.
Y por supuesto, su visión de escritor resalta una colección de personajes imposibles en otro lugar que no fuera nuestra cordillera allá por los años ´30: los pioneros, los hombres y las mujeres fuertes, los buscadores de oro, los nobles venidos a menos, los que huían de la justicia y un variopinto etcétera.
Conoce (y lo movilizan) las historias de Bernardo Boock, uno de los fundadores de Bariloche, y que “oficiaba de partero, dentista, mecánico, carpintero y criador de ovejas”; la de Berta Drassler, que vivió en Península Huemul y en Paso Coihué y que, según dicen, “la vieron una sola vez en su vida vestida de mujer”; la de los primeros Tierno; la de José Quintriqueo, “nieto del último cacique de la región”; la de Aarón Anchorena; o la de Justo Jones, “el juez gracioso”, como lo llama en una crónica, y que “batió el récord de hospitalidad del mundo entero”, dice Arlt, “viviendo cinco años en la casa de un ganadero, también llamado Jones, y otros doce en la casa de otro ganadero, Neil”.
Podríamos decir, entonces, a modo de tesis, que el viaje de Arlt al sur, el inconmensurable Sur (más lejano entonces que ahora) ya no es el viaje de un hombre sino el viejo encuentro, sino el choque, entre la ciudad y el interior del país. En esa mezcla desprolija y colorida que son las “Aguafuertes Patagónicas”, Arlt se ve desbordado por el paisaje primero, entusiasmado por las historias de los pioneros después, lógica y cronológicamente.
Pero finalmente surge la visión del hombre (que sucede a la del viajero y a la del escritor). “El relato del viaje”, nos dice Sylvia Saíita, “no sólo implica la descripción de un paisaje y de un sistema de personalidades, sino también la reflexión sobre el medio social y cultural en el que el viajero se mueve”. Desde esa mirada, Roberto Arlt indaga y testimonia las problemáticas de la “zona de frontera” en aquél tiempo: el abandono por parte del Estado del territorio patagónico, la falta de escolarización de los niños, la existencia puramente de nombre de la policía, el hambre, la crisis económica y el sistema de explotación que regía entre (sobre) los trabajadores del sur.

Así, estamos en presencia de lo que podríamos llamar “el viajero total”: el turista observador, encantado con los lagos y las montañas; el atento cazador de historias, el que las escucha y las divulga; y el hombre que además se conecta con la realidad social y cultural de la zona, el que va transformando en saber el espacio recorrido.
Este saber es un saber sensible, sentido ya no como algo ajeno, sino propio. El que lleva a decir a Roberto Arlt (un viajero total, sin dudas): “Muchas historias corren (…) acerca de casi todos los que habitaron los valles de la precordillera. Eran hombres fuertes, y sus hijos hoy pisan con taconeo firme las veredas de las calles, que ayer eran bosque virgen y perfumado”.

Diego Rodríguez Reis
Revista "Rescate" Nº1, Marzo 2011, Villa La Angostura

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