¿Qué es un Lector?, Por Ricardo Piglia
Papeles Rotos
Hay una foto donde se ve a
Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado
a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca
Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la
página abierta.
Uno de los lectores más
persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido
la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Ésta podría
ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida
leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara. “Yo
soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.
Hay
otros casos, y Borges los ha recordado como si fueran sus
antepasados (Mármol, Groussac, Milton). Un lector es también el
que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del
arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.
“El
Aleph”, el objetico mágico del miope, el punto de luz donde
todo el universo se desordena y se ordena según la posición del
cuerpo, es un ejemplo de esta dinámica del ver y el descifrar. Los
siglos en la página, casi invisibles, se abren a universos
múltiples. En Borges la lectura es un arte de la distancia y de la
escala.
Kafka veía la literatura
del mismo modo. En una carta a Felice Bauer, define así la lectura
de su primer libro: “Realmente hay en él un incurable
desorden, y es preciso acercarse mucho para ver algo” (la
cursiva es mía).
Primera cuestión: la
lectura es una arte de la microscopía, de la perspectiva y del
espacio (no sólo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda
cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión
de la física.
Joyce también sabía ver
mundos múltiples en el mapa mínimo del lenguaje. En una foto, se
lo ve vestido como un dandy, un ojo tapado con un parche, leyendo
con una lupa de gran aumento.
El Finnegans Wake es
un laboratorio que somete la lectura a su prueba más extrema. A
medida que uno se acerca, esas líneas borrosas se convierten en
letras y las letras se enciman y se mezclan, las palabras se
transmutan, cambian, el texto es un río, un torrente múltiple,
siempre en expansión. Leemos restos, trozos sueltos, fragmentos, la
unidad del sentido es ilusoria.
La primera representación
espacial de este tipo de lecturas ya está en Cervantes, bajo la
forma de los papeles que levantaba de la calle. Ésa es la situación
inicial de la novela, su presupuesto diríamos mejor. “Leía
incluso los papeles rotos que encontraba en la calle”, se dice
en el Quijote (I, 5).
Podríamos ver allí la
condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos;
está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, la
imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes); en el tumulto de
la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la calle, quiere
leerlos.
Sólo que ahora, dice Joyce
en el Finnegans Wake –es decir en el otro extremo del arco
imaginario que se abre con Don Quijote-, estos papeles rotos están
perdidos en un basurero, picoteados por una gallina que escarba. Las
palabras se mezclan, se embarran, son letras corridas, pero legibles
todavía. Ya sabemos que el Finnegans es una carta extraviada en un
basural, “un tumulto de borrones y de manchas, de gritos y
retorcimientos y fragmentos yuxtapuestos”. Shaum, el que lee y
descifra en el texto de Joyce, está condenado a “escarbar por
siempre jamás hasta que se le hunda la mollera y se le pierda la
cabeza, el texto está destinado a ese lector ideal que sufre un
insomnio ideal” (by that ideal reader suffering from an ideal
insomnia).
El lector adicto, el que no
puede deja de leer, y el lector insomne, el que está siempre
despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un
texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del
lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la
lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida.
Muchas veces los textos han
convertido al lector en un héroe trágico (y la tragedia tiene
mucho que ver con leer mal), un empecinado que pierde la razón
porque no quiere capitular en un intento de encontrar el sentido.
Hay una larga relación entre droga y escritura, pero pocos rastros
de una posible relación entre droga y lectura, salvo en ciertas
novelas (de Proust, de Arlt, de Flaubert) donde la lectura se
convierte en una adicción que distorsiona la realidad, una
enfermedad y un mal.
Se trata siempre del relato
de una excepción, de un caso límite. En la literatura el que lee
está lejos de ser una figura normalizada y pacífica (de lo
contario no se narraría); aparece más bien como un lector extremo,
siempre apasionado y compulsivo. (En “El Aleph” todo el
universo es un pretexto para leer las cartas obscenas de Beatriz
Viterbo.)
Rastrear el modo en que está representada la figura
del lector en la literatura supone trabajar con casos específicos,
historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles.
Detengámonos, por ejemplo,
en la escena en la que el Cónsul, en el final de Under the Volcano,
la novela de Malcolm Lowry, lee unas cartas en El Farolito, la
cantina de Parián, en México, a la sombra de Popocatépetl y del
Iztaccíhuatl. Estamos en el último capítulo del libro y en un
sentido el Cónsul ha ido hasta allí para encontrar lo que ha
perdido. Son las cartas que Yvonne, su ex mujer, le ha escrito en
esos meses de ausencia y que el Cónsul ha olvidado en el bar, meses
atrás, borracho. Se trata de uno de los motivos centrales de la
novela; la intriga oculta que sostiene la trama, las cartas
extraviadas que han llegado sin embargo a destino. Cuando las ve,
comprende que sólo podían estar allí y en ningún otro lado, y al
final va a morir por ellas.
El Cónsul bebió un poco
más de mezcla.
"Es este silencio lo que me aterra... este silencio"
El Cónsul releyó varias
veces esta frase, la misma frase, la misma carta, todas las letras,
vanas como las que llegan al puerto a bordo de un barco y van
dirigidas a alguien que quedó sepultado en el mar, y como tenía
cierta dificultad para fijar la vista, las palabras se volvían
borrosas, desarticuladas y su propio nombre le salía al encuentro;
pero el mezcal había vuelto a ponerlo en contacto con su situación
hasta el punto de que no necesitaba comprender ahora significado
alguno en las palabras, aparte de la abyecta confirmación de su
propia perdición…
En en universo de la novela
las viejas cartas se entienden y se descifran por el relato mismo;
más que un sentido, producen una experiencia y, a la vez, sólo la
experiencia permite descifrarla. No se trata de interpretar (porque
ya se sabe todo), sino de revivir. La novela –es decir, la
experiencia del Cónsul- es el contexto y el comentario de lo que se
lee. Las palabras le concierne personalmente, como una suerte de
profecía realizada.
En el exceso, algo de la verdad de la
práctica de la lectura se deja ver; su revés, su zona secreta: los
usos desviados, la lectura fuera de lugar. Tal vez el ejemplo más
nítido de este modo de leer esté en el sueño (en los libros que
se leen en los sueños).
Richard Ellman en un momento de su
biografía muestra a Joyce muy interesado por esas cuestiones.
“Dime, Bird, le dijo a William Bird, un frecuente compañero
de aquellos días, ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo?
Muy a menudo, dijo Bird. Dime pues, ¿a qué velocidad lees en tus
sueños?”
Hay una relación entre la
lectura y lo real, pero también hay una relación entre la lectura
y los sueños, y en ese doble vínculo la novela ha tramado su
historia.
Digamos mejor que la novela –con Joyce y Cervantes en
primer lugar- busca sus tramas en la realidad, pero encuentra en los
sueños un modo de leer. Esta lectura nocturna define un tipo
particular de lector, el visionario, el que lee para saber cómo
vivir. Desde luego, el Astrólogo de Arlt es una figura extrema de
este tipo de lector. Y también Erdosain, su doble melancólico y
suicida, que lee en un diario la noticia de un crimen y la repite
luego al matar a la Bizca.
En este registro imaginario
y casi onírico de los modos de leer, con sus tácticas y
desviaciones, con sus modulaciones y sus cambios de ritmo, se
produce además un desplazamiento, que es una muestra de la forma
específica que tiene la literatura de narrar las relaciones
sociales. La experiencia está siempre localizada y situada, se
concentra en una escena específica, nunca es abstracta.
Habría en este sentido dos
caminos. Por un lado, seguir al lector, visto siempre el sesgo, casi
como un detalle al margen, en ciertas escenas que condensan y fijan
una historia muy fluida. Por otro lado, seguir el registro
imaginario de la práctica misma y sus efectos, una suerte de
historia invisible de los modos de leer, con sus ruinas y sus
huellas, su economía y sus condiciones materiales.
De hecho, al fijar las
escenas de lectura, la literatura individualiza y designa al que
lee, lo hace ver en un contexto preciso, lo nombra. Y el nombre
propio es un acontecimiento porque el lector tiende a ser anónimo e
invisible. Por de pronto, el nombre asociado a la lectura remite a
la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de
escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído (el crítico
sería, en este sentido, la figuración oficial de este tipo de
lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante). Se
trata de un tráfico paralelo al de las citas: una figura aparece
nombrada, o mejor, es citada. Se hace ver una situación de lectura,
son sus relaciones de propiedad y sus modos de apropiación.
Buscamos, entonces, las
figuraciones del lector en la literatura; esto es, las
representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción.
Intentamos una historia imaginaria de los lectores y no una historia
de la lectura. No nos preguntaremos tanto qué es leer, sino quién
es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones,
cuál es su historia).
Llamaría a este tipo de
representación una lección de lectura, si se me permite variar el
título del texto clásico de Lévi-Strauss e imaginar la posición
del antropólogo que recibe la descripción de un informante sobre
una cultura que desconoce. Esas escenas serían, entonces, como
pequeños informes del estado de una sociedad imaginaria –la
sociedad de los lectores- que siempre parece a punto de entrar en
extinción o cuya extinción, en todo caso, se anuncia desde
siempre.
El primero que entre
nosotros pensó estos problemas fue, ya lo sabemos, Macedonio
Fernández. Macedonio aspiraba a que su Museo de la novela de la
Eterna fuera “la obra en que el lector será por fin leído”.
Y se propuso establecer una clasificación: series, tipologías,
clases y casos de lectores. Una suerte de zoología o de botánica
irreal que localiza géneros y especies de lectores en la selva de
la literatura.
Para poder definir al
lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es
decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La
literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo
sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un
contexto preciso, lo integra en una narración particular.
La pregunta “qué es
un lector” es, en definitiva, la pregunta de la literatura.
Esa pregunta lo constituye, no es externa a sí misma, es su
condición de existencia. Y su respuesta –para beneficio de todos
nosotros, lectores imperfectos pero reales- es un relato:
inquietante, singular y siempre distinto.
Ricardo Piglia, "El último lector" (Editorial Anagrama, 2005).
Fotografía: André
Kertész, "Hombre leyendo mientras camina" (Buenos
Aires, 1962).
Uno de los lectores más
persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido
la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Ésta podría
ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida
leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara. “Yo
soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.
Hay otros casos, y Borges los ha recordado como si fueran sus antepasados (Mármol, Groussac, Milton). Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.
“El Aleph”, el objetico mágico del miope, el punto de luz donde todo el universo se desordena y se ordena según la posición del cuerpo, es un ejemplo de esta dinámica del ver y el descifrar. Los siglos en la página, casi invisibles, se abren a universos múltiples. En Borges la lectura es un arte de la distancia y de la escala.
Hay otros casos, y Borges los ha recordado como si fueran sus antepasados (Mármol, Groussac, Milton). Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.
“El Aleph”, el objetico mágico del miope, el punto de luz donde todo el universo se desordena y se ordena según la posición del cuerpo, es un ejemplo de esta dinámica del ver y el descifrar. Los siglos en la página, casi invisibles, se abren a universos múltiples. En Borges la lectura es un arte de la distancia y de la escala.
Kafka veía la literatura
del mismo modo. En una carta a Felice Bauer, define así la lectura
de su primer libro: “Realmente hay en él un incurable
desorden, y es preciso acercarse mucho para ver algo” (la
cursiva es mía).
Primera cuestión: la
lectura es una arte de la microscopía, de la perspectiva y del
espacio (no sólo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda
cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión
de la física.
Joyce también sabía ver
mundos múltiples en el mapa mínimo del lenguaje. En una foto, se
lo ve vestido como un dandy, un ojo tapado con un parche, leyendo
con una lupa de gran aumento.
El Finnegans Wake es
un laboratorio que somete la lectura a su prueba más extrema. A
medida que uno se acerca, esas líneas borrosas se convierten en
letras y las letras se enciman y se mezclan, las palabras se
transmutan, cambian, el texto es un río, un torrente múltiple,
siempre en expansión. Leemos restos, trozos sueltos, fragmentos, la
unidad del sentido es ilusoria.
La primera representación
espacial de este tipo de lecturas ya está en Cervantes, bajo la
forma de los papeles que levantaba de la calle. Ésa es la situación
inicial de la novela, su presupuesto diríamos mejor. “Leía
incluso los papeles rotos que encontraba en la calle”, se dice
en el Quijote (I, 5).
Podríamos ver allí la
condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos;
está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, la
imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes); en el tumulto de
la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la calle, quiere
leerlos.
Sólo que ahora, dice Joyce
en el Finnegans Wake –es decir en el otro extremo del arco
imaginario que se abre con Don Quijote-, estos papeles rotos están
perdidos en un basurero, picoteados por una gallina que escarba. Las
palabras se mezclan, se embarran, son letras corridas, pero legibles
todavía. Ya sabemos que el Finnegans es una carta extraviada en un
basural, “un tumulto de borrones y de manchas, de gritos y
retorcimientos y fragmentos yuxtapuestos”. Shaum, el que lee y
descifra en el texto de Joyce, está condenado a “escarbar por
siempre jamás hasta que se le hunda la mollera y se le pierda la
cabeza, el texto está destinado a ese lector ideal que sufre un
insomnio ideal” (by that ideal reader suffering from an ideal
insomnia).
El lector adicto, el que no
puede deja de leer, y el lector insomne, el que está siempre
despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un
texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del
lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la
lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida.
Muchas veces los textos han
convertido al lector en un héroe trágico (y la tragedia tiene
mucho que ver con leer mal), un empecinado que pierde la razón
porque no quiere capitular en un intento de encontrar el sentido.
Hay una larga relación entre droga y escritura, pero pocos rastros
de una posible relación entre droga y lectura, salvo en ciertas
novelas (de Proust, de Arlt, de Flaubert) donde la lectura se
convierte en una adicción que distorsiona la realidad, una
enfermedad y un mal.
Se trata siempre del relato
de una excepción, de un caso límite. En la literatura el que lee
está lejos de ser una figura normalizada y pacífica (de lo
contario no se narraría); aparece más bien como un lector extremo,
siempre apasionado y compulsivo. (En “El Aleph” todo el
universo es un pretexto para leer las cartas obscenas de Beatriz
Viterbo.)
Rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura supone trabajar con casos específicos, historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles.
Rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura supone trabajar con casos específicos, historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles.
Detengámonos, por ejemplo,
en la escena en la que el Cónsul, en el final de Under the Volcano,
la novela de Malcolm Lowry, lee unas cartas en El Farolito, la
cantina de Parián, en México, a la sombra de Popocatépetl y del
Iztaccíhuatl. Estamos en el último capítulo del libro y en un
sentido el Cónsul ha ido hasta allí para encontrar lo que ha
perdido. Son las cartas que Yvonne, su ex mujer, le ha escrito en
esos meses de ausencia y que el Cónsul ha olvidado en el bar, meses
atrás, borracho. Se trata de uno de los motivos centrales de la
novela; la intriga oculta que sostiene la trama, las cartas
extraviadas que han llegado sin embargo a destino. Cuando las ve,
comprende que sólo podían estar allí y en ningún otro lado, y al
final va a morir por ellas.
El Cónsul bebió un poco
más de mezcla.
"Es este silencio lo que me aterra... este silencio"
"Es este silencio lo que me aterra... este silencio"
El Cónsul releyó varias
veces esta frase, la misma frase, la misma carta, todas las letras,
vanas como las que llegan al puerto a bordo de un barco y van
dirigidas a alguien que quedó sepultado en el mar, y como tenía
cierta dificultad para fijar la vista, las palabras se volvían
borrosas, desarticuladas y su propio nombre le salía al encuentro;
pero el mezcal había vuelto a ponerlo en contacto con su situación
hasta el punto de que no necesitaba comprender ahora significado
alguno en las palabras, aparte de la abyecta confirmación de su
propia perdición…
En en universo de la novela
las viejas cartas se entienden y se descifran por el relato mismo;
más que un sentido, producen una experiencia y, a la vez, sólo la
experiencia permite descifrarla. No se trata de interpretar (porque
ya se sabe todo), sino de revivir. La novela –es decir, la
experiencia del Cónsul- es el contexto y el comentario de lo que se
lee. Las palabras le concierne personalmente, como una suerte de
profecía realizada.
En el exceso, algo de la verdad de la práctica de la lectura se deja ver; su revés, su zona secreta: los usos desviados, la lectura fuera de lugar. Tal vez el ejemplo más nítido de este modo de leer esté en el sueño (en los libros que se leen en los sueños).
Richard Ellman en un momento de su biografía muestra a Joyce muy interesado por esas cuestiones. “Dime, Bird, le dijo a William Bird, un frecuente compañero de aquellos días, ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Muy a menudo, dijo Bird. Dime pues, ¿a qué velocidad lees en tus sueños?”
En el exceso, algo de la verdad de la práctica de la lectura se deja ver; su revés, su zona secreta: los usos desviados, la lectura fuera de lugar. Tal vez el ejemplo más nítido de este modo de leer esté en el sueño (en los libros que se leen en los sueños).
Richard Ellman en un momento de su biografía muestra a Joyce muy interesado por esas cuestiones. “Dime, Bird, le dijo a William Bird, un frecuente compañero de aquellos días, ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Muy a menudo, dijo Bird. Dime pues, ¿a qué velocidad lees en tus sueños?”
Hay una relación entre la
lectura y lo real, pero también hay una relación entre la lectura
y los sueños, y en ese doble vínculo la novela ha tramado su
historia.
Digamos mejor que la novela –con Joyce y Cervantes en primer lugar- busca sus tramas en la realidad, pero encuentra en los sueños un modo de leer. Esta lectura nocturna define un tipo particular de lector, el visionario, el que lee para saber cómo vivir. Desde luego, el Astrólogo de Arlt es una figura extrema de este tipo de lector. Y también Erdosain, su doble melancólico y suicida, que lee en un diario la noticia de un crimen y la repite luego al matar a la Bizca.
Digamos mejor que la novela –con Joyce y Cervantes en primer lugar- busca sus tramas en la realidad, pero encuentra en los sueños un modo de leer. Esta lectura nocturna define un tipo particular de lector, el visionario, el que lee para saber cómo vivir. Desde luego, el Astrólogo de Arlt es una figura extrema de este tipo de lector. Y también Erdosain, su doble melancólico y suicida, que lee en un diario la noticia de un crimen y la repite luego al matar a la Bizca.
En este registro imaginario
y casi onírico de los modos de leer, con sus tácticas y
desviaciones, con sus modulaciones y sus cambios de ritmo, se
produce además un desplazamiento, que es una muestra de la forma
específica que tiene la literatura de narrar las relaciones
sociales. La experiencia está siempre localizada y situada, se
concentra en una escena específica, nunca es abstracta.
Habría en este sentido dos
caminos. Por un lado, seguir al lector, visto siempre el sesgo, casi
como un detalle al margen, en ciertas escenas que condensan y fijan
una historia muy fluida. Por otro lado, seguir el registro
imaginario de la práctica misma y sus efectos, una suerte de
historia invisible de los modos de leer, con sus ruinas y sus
huellas, su economía y sus condiciones materiales.
De hecho, al fijar las
escenas de lectura, la literatura individualiza y designa al que
lee, lo hace ver en un contexto preciso, lo nombra. Y el nombre
propio es un acontecimiento porque el lector tiende a ser anónimo e
invisible. Por de pronto, el nombre asociado a la lectura remite a
la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de
escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído (el crítico
sería, en este sentido, la figuración oficial de este tipo de
lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante). Se
trata de un tráfico paralelo al de las citas: una figura aparece
nombrada, o mejor, es citada. Se hace ver una situación de lectura,
son sus relaciones de propiedad y sus modos de apropiación.
Buscamos, entonces, las
figuraciones del lector en la literatura; esto es, las
representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción.
Intentamos una historia imaginaria de los lectores y no una historia
de la lectura. No nos preguntaremos tanto qué es leer, sino quién
es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones,
cuál es su historia).
Llamaría a este tipo de
representación una lección de lectura, si se me permite variar el
título del texto clásico de Lévi-Strauss e imaginar la posición
del antropólogo que recibe la descripción de un informante sobre
una cultura que desconoce. Esas escenas serían, entonces, como
pequeños informes del estado de una sociedad imaginaria –la
sociedad de los lectores- que siempre parece a punto de entrar en
extinción o cuya extinción, en todo caso, se anuncia desde
siempre.
El primero que entre
nosotros pensó estos problemas fue, ya lo sabemos, Macedonio
Fernández. Macedonio aspiraba a que su Museo de la novela de la
Eterna fuera “la obra en que el lector será por fin leído”.
Y se propuso establecer una clasificación: series, tipologías,
clases y casos de lectores. Una suerte de zoología o de botánica
irreal que localiza géneros y especies de lectores en la selva de
la literatura.
Para poder definir al
lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es
decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La
literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo
sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un
contexto preciso, lo integra en una narración particular.
La pregunta “qué es
un lector” es, en definitiva, la pregunta de la literatura.
Esa pregunta lo constituye, no es externa a sí misma, es su
condición de existencia. Y su respuesta –para beneficio de todos
nosotros, lectores imperfectos pero reales- es un relato:
inquietante, singular y siempre distinto.
Fotografía: André
Kertész, "Hombre leyendo mientras camina" (Buenos
Aires, 1962).



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