Patagonia: Lugar de la Utopía
“Llamóla ‘Utopía’,
voz griega
cuyo significado es ‘No
hay tal lugar’”
Francisco de Quevedo
1. Este ensayo no
tiene mayores aspiraciones que el de retratar, congelar como
instantáneas las primeras apariciones de la Patagonia en la
literatura universal. Y describir cómo esa Patagonia ficticia,
ficcional, fue transformando, usurpando en nuestro conciente
colectivo a la Patagonia real, la Patagonia (digámoslo así) de
carne y hueso.
2. Una de las
primeras y más afamadas apariciones de la Patagonia en la literatura
universal fue a través de la expedición de Hernando de Magallanes,
fielmente documentada por Antonio Pigafetta en su “Relación del
primer viaje en torno al globo” (1536).
A estos primeros
exploradores, una huella enorme en la arena los persuadió de que la
nueva tierra estaba habitada por seres enormes, de pies descomunales:
los patagones, claro.
Curiosamente, una escena
idéntica formaría siglos después parte del corpus literario de la
humanidad. Recordemos que el Robinson Crusoe de Daniel Defoe (1719)
descubre, a través de una huella en la arena, una presencia nueva en
su isla de náufrago, y un mundo de posibilidades hasta entonces
imposible.
3. Otra de las
primitivas referencias de la Patagonia fue por medio del diario del
“Viaje de un naturalista alrededor del mundo” (1839) de
Charles Darwin (que circuló casi como un periódico de noticias de
último momento). El naturalista inglés no esperó demasiado para
catalogar a la Patagonia como “tierra maldita”, y ese
apóstrofe (tristemente célebre) rigió durante años la imaginación
de los hombres, europeos y aún americanos. Dijo Darwin: “Parece
como si la maldición de la esterilidad se hubiera apoderado de la
tierra”.
Sin embargo, para hacerle
justicia al padre de la teoría de la evolución, también es cierto
que terminó enamorándose de la Patagonia. En otro lugar de su
diario de viaje, Darwin da cuenta del sentimiento que lo envolvió y
que describe así: "...en medio de estas soledades, sin que
exista cerca ningún objeto atrayente, se experimenta una indefinida
pero poderosa sensación de placer".
Tanto fue así que, según
cuentan, ya muy enfermo y pronto a morir, quiso viajar y llegó hasta
Comodoro Rivadavia, para ver por última vez el “País del
viento”.
Y ya tenemos dos instantes
literarios (subjetivos antes que objetivos, más ficcionales que
reales, con un aporte fundamental de la imaginación) para definir
este lugar nuestro, la Patagonia.
4. Difícilmente
hallar otra búsqueda quimérica como la que se emprendió en busca
de la mítica “Ciudad de los Césares” o también llamada
“La Ciudad Encantada”. Cundió la leyenda de que existía
en la Patagonia una ciudad pletórica de oro y plata, cuyas riquezas
descomunales (que recordarían a los de célebre “Atlántida”)
encendieron la imaginación de los hombres. Expedición tras
expedición, soldados o religiosos, soñadores o codiciosos de fama y
riquezas, la buscaron en vano.
5. Pasarían los
años. Llegarían la ciencia y la civilización.
Acaso no haya libro en
nuestra literatura que nos relate ese primer adentrarse de la
civilización en nuestras tierras (y del violento choque de las
culturas) como “Una excursión a los indios ranqueles”
(1870), del capitán Lucio Victorio Mansilla. Aunque dicha excursión
no ingresó en la Patagonia propiamente dicha, muchas son las
referencias al nuevo territorio. Dichas referencias siempre aparecen
envueltas en un aura de peligro y misterio.
Dice Mansilla: “Los
indios (…) eran muy hostiles a los cristianos y no permitieron ser
evangelizados. Los misioneros que lo intentaron sacrificaron sus
vidas”.
Y además: “La
mitología mapuche era vastísima, creyendo en toda clase de duendes:
lechuzones (choñ-choñ) que atacaban a los humanos, que a su vez
también abandonaban sus cuerpos y se hacían choñ-choñ; peces que
habitaban los lagos y que si eran pisados envolvían al imprudente
que los había pisado, matándolos”.
Referencias de un territorio
mágico, con escenas que parecen escapadas de libros tales como “Las
mil y una noches” o los “Viajes” de Marco Polo. Tal
era aún a fines del siglo XIX la mirada que primaba sobre la
Patagonia.
6. Por supuesto, un
lugar así que nacía a la literatura universal no podía quedar
fuera de la novela de aventuras, teniendo todos los ingredientes que
el género necesita: vastos territorios y pueblos inexplorados, las
amplias posibilidades de acción para un héroe en un marco de
incertidumbre y de riesgo.
Podemos citar las novelas de
Julio Verne: la famosa “El faro del fin del mundo” (1905),
ambientada en la Isla de los Estados; y “Los náufragos del
Jonathan” (1909, póstuma), que originalmente se llamó “En
La Magallanía”, cuya acción ocurre en la Isla Hoste, cerca
del Cabo de Hornos.
Asimismo, el popular
escritor italiano Emilio Salgari (autor de “Sandokán” y
“Los tigres de la Malasia”) construyó su novela “La
estrella de la Araucanía” (1906), ambientada entre los mares
fueguinos y el Sur de Chile. Curiosamente, el novelista trabajó sólo
documentándose minuciosamente, ya que jamás en su vida conoció la
Patagonia.
Esta elección de la
Patagonia por parte de escritores de novelas de aventuras nos hablan
a las claras de la visión que se tenía de nuestra tierra por aquél
entonces. Un lugar salvaje, propio del romanticismo, donde todo puede
suceder.
7. El tiempo
transcurriría implacable.
Llegaría el fin del
romanticismo, de los diarios de viaje, de los lugares inexplorados,
de las novelas de aventuras.
Después vendrían, claro,
la conquista total del desierto, campañas, excursiones, cuarteles,
fortines, mestizaje, colonialización, ferrocarriles, inmigración,
industrialización, pioneros, pueblos, ciudades, megaciudades y
globalización, pero la Patagonia ya estaba instalada para siempre en
el imaginario popular como un lugar mágico, místico, donde lo
maravilloso, lo fantástico (y por supuesto, lo inesperado) todavía
puede ocurrir.
Ese lugar alterno, ese
no-lugar, es la Utopía.
Acaso la única Utopía
posible.
Diego Rodríguez Reis
Revista "Rescate"
N°2, Primavera 2011



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