Patagonia: Lugar de la Utopía (Segunda Parte)
que convenga a mi inmensa
tristeza...”
Blaise Cendrars
“Prose du
Transsibérian et de la petite Jeanne de France”
(1913)
La primera parte de este
artículo (“Rescate”
N°2, Septiembre 2011) consistía en un breve repaso de las primeras
apariciones de la Patagonia en la literatura universal. Esas
menciones originales (Pigafetta, Darwin, Verne) confluían en la
impronta mítica, en el rasgo fabuloso. Esa marca de nacimiento,
concluíamos, caracterizaría para siempre a la Patagonia en el
imaginario colectivo como un lugar, una zona, en donde lo fantástico
(y aún lo inesperado) todavía puede suceder.
Y esa posibilidad nos
remitió casi inmediatamente a esa palabra tan eufónica: Utopía. La
Utopía, universalizada por Thomas More, antes que una palabra, es un
concepto, un ideal. El pensador inglés bautizó con este término
una isla perdida en medio del océano cuyos habitantes habían
logrado el Estado perfecto: un Estado caracterizado por la
convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus
habitantes, y el disfrute común de los bienes. En suma, la
representación de un mundo idealizado. Sin embargo, en el terreno de
lo etimológico estricto, “utopía”
es una palabra de origen griego que significa, literalmente, “no
lugar”. Entonces, decir “lugar
de la utopía” es incurrir sino en una
contradicción, al menos en una gran paradoja. Ese es, acaso, el fin
último de esta nota.
Para ello, es necesario
exponer y discurrir sobre ciertos aspectos de la Patagonia,
relacionar ese nacimiento de la Patagonia al imaginario universal con
algunos datos de la zona, cuantitativos y cualitativos, y así tal
vez dimensionar qué influencias, qué relaciones existen entre aquél
descubrimiento y el contexto actual.
Todos los datos con los
cuales trabajaremos (espaciales, sociales, históricos) están
caracterizados por la marca de la desmesura, a veces al borde mismo
de lo fantástico. Ernesto Bohoslavsky, en su reciente libro “La
Patagonia (de la guerra de Malvinas al final de la familia ypefiana”,
(del cual hemos tomado el epígrafe), al reflexionar sobre estos
mismos tópicos, sentencia: “La Patagonia es
el lugar en que lo exótico y lo desmedido son, paradójicamente, lo
habitual”.
Si nos atenemos a los
clásicos datos cuantitativos, ya la imaginación queda suspendida:
una superficie de 787.291 km2, que representan un tercio del
territorio nacional, 2.100.188 habitantes (el 5,23% del total de la
Argentina, según el Censo Nacional del 2010) lo cual nos da el
resultante de 2,66 habitantes por kilómetro cuadrado, el más bajo
de las regiones del país. Una comparación que cita Bohoslavsky es
significativa e inquietante: el partido de La Matanza, en el SO del
Gran Buenos Aires, nos dice, albergaba en el 2001, tantos habitantes
como Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego y Río Negro juntos.
En cuanto a la producción
(particularmente del sector primario), según los datos que maneja
Guillermo Gaudio en “Patagonia, pasado,
presente, futuro: una visión histórica, geopolítica y
estratégica”, a fines de los ’90, la
Patagonia producía más del 50% de la energía nacional, más del
80% del petróleo y el gas, y el 100% del aluminio. Eso, sin
olvidarnos de los sectores secundario y terciario, como el turismo,
del cual nuestra ciudad y nuestra región cordillerana dependen
principalmente, conformando uno de los núcleos fundamentales de ese
servicio a nivel país.
Hasta aquí, los datos
meramente numéricos, lo que podríamos llamar (haciendo una analogía
química) las propiedades “extensivas”
de la Patagonia. Ahora, las propiedades “intensivas”.
En ese terreno, todo se magnifica, se asienta sobre la pura
abstracción: los fósiles de los dinosaurios más grandes del mundo,
la mayor reserva de agua dulce de la humanidad, riquezas naturales
cuasi infinitas, paisajes que parecen escapados tanto de los bosques
de cuentos de Walt Disney y Jack London como de los desiertos de las
Mil y Una Noches, mitos y leyendas cuya riqueza y trasfondo
espiritual nada tienen que envidiarle a otras cosmogonías acaso más
antiguas, como las de la China o la India.
Ahora bien, ¿qué hechos
históricos es capaz de producir esta suma de factores, de sistemas
geográficos y sociales, si la marca es, como hemos visto, la
desmesura?
Bohoslavsky arriesga: “La
Patagonia del último cuarto de siglo actúa como una versión
extrema de ciertos fenómenos nacionales: todo allí aparece más
agravado e intenso”. Y aún más: “...como
una metáfora, como un espejo un poco deformado y deformante con
respecto a la realidad del país todo”.
¿Cuáles son estos hechos
históricos, devenidos fenómenos sociales y políticos de alcance
nacional?
He aquí un apunte a vuelo
de pájaro de algunos de ellos, acaso los paradigmáticos:
-Conquista
del “desierto”.
La lucha más larga y cruenta de nuestra historia, iniciada en la
época colonial. A lo largo de más de tres siglos, miles de
pobladores originarios fueron exterminados sistemáticamente por
parte del Ejército Argentino. El informe final que el General Roca
ofreció al Congreso sobre esa campaña dice que "14.172
indios fueron reducidos, muertos o prisioneros”
(aunque algunos historiadores elevan esa cifra a 35.000). Así,
podemos leer en una versión de esa conquista, escrita por el Coronel
Juan Carlos Walther: “El gobierno nacional,
vislumbrando por anticipado el
resultado feliz contenido en el
informe del General Vintter, promulgó en Octubre de 1884 la ley
1.532, por la cual dio organización y límite a los territorios
nacionales, surgiendo así de su división, las gobernaciones de La
Pampa, del Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y de la Tierra
del Fuego” (El subrayado es nuestro). “En
cuanto al indio indómito”, anuncia
aliviado el Coronel Walther, “es ya solo un
recuerdo histórico”.
-Malvinas.
Poco tenemos que agregar a la Guerra de
Malvinas, quizá sólo algunos datos significativos. La guerra se
desarrolló entre el 2 de abril, día del desembarco argentino en las
islas, y el 14 de junio de 1982. Es decir, duró exactamente 73 días.
El saldo final de la guerra en vidas humanas fue de 649 militares
argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños. Políticamente, la
derrota apresuró la caída de la Junta Militar y el advenimiento de
la Democracia. Al Reino Unido, por su parte, la victoria le
posibilitó al gobierno conservador neoliberal de Margaret Thatcher
la reelección en el año 1983.
Transcurrido más de 30 años
de la guerra, la ONU continúa considerando los tres archipiélagos
con sus aguas circundantes como territorios
con soberanía aún no definida, entre la
Argentina y el Imperio británico.
-Traslado
de la capital. En 1986, el gobierno de Raúl
Alfonsín inicia el proyecto de traslado de la Capital Federal a la
Patagonia, puntualmente a la Comarca de Viedma-Carmen de Patagones.
El proyecto demandaría 10 años y costaría unos u$s 5.000.000.000.
Resultan por demás
llamativos los posibles nombres que tendría la nueva capital:
Argentia, Riomarsur,
Patagonia del Mar. El
proyecto nunca se instrumentó. Sin embargo, la ley que lo promovió
(la 23.512) sigue aún hoy vigente.
-Rancho
aparte. No ha sido sólo la loca idea de un
grupo aislado el proyecto de independización de la Patagonia. Desde
que en 1860 Orélie Antoine de Tounens se proclamó “Rey
de la Araucanía y Patagonia”, el concepto
(cada tantos años) retorna y se instala en el discurso de la calle,
periodístico y hasta político.
La más reciente de estas
corrientes separatistas es el autoproclamado “Comité
de Acción por una Patagonia Libre” (CAPL),
la cual nació en enero del 2008. “El pueblo
patagónico tiene poco en común con el pueblo bonaerense o con el
tucumano”- dicen en su Manifiesto-. “No
somos mejores ni peores. Somos, simplemente, distintos”.
Del hecho (irrebatible) de que la cultura, el carácter, la
idiosincracia, las raíces, el clima, los paisajes, la comida de la
Patagonia son distintas de las del resto de la Argentina, desprenden
la conclusión de que debe ser un país aparte. Se podría llevar un
poco más lejos ese modelo de razonamiento y discurrir qué tan
“idénticos” son
el paisaje, el clima, las raíces y la idiosincracia de, por ejemplo,
Villa La Angostura y la ciudad de Usuahia. O subrayar la condición
(también irrebatible) de que nuestra ciudad está geográficamente
más cerca de Osorno (Chile) que del balneario rionegrino de Las
Grutas.
Recordemos el tan mentado
“Proyecto de Regionalización”,
en el 2002. "La regionalización es una
nueva pauta de organización territorial",
se afirmó en su momento. "Si el proyecto
prospera, la gente va a elegir el gobernador de la Patagonia”.
La idea era realizar un plebiscito en 2003 en las provincias de la
región patagónica para consensuar la regionalización, que
funcionaría con un poder ejecutivo, judicial y legislativo
unificados para la región. Todos sabemos en qué quedó el proyecto.
Estos cuatro hechos
históricos no han sido escogidos arbitrariamente. Todos llevan como
una estampa la marca de la Patagonia: la marca de la desmesura, de lo
inabordable en cifras, de lo casi fantástico. Si fuésemos malos
filósofos, podríamos decir que cosas de este tamaño sólo pueden
ocurrir en la Patagonia. Patagonia: lugar de
lo exótico, aún de lo épico.
No por nada, continuó
ocupando ese lugar simbólico de tierra virgen, de último refugio
para rebeldes, locos y soñadores. Representó siempre la posibilidad
de escape a una vida mejor, a un lugar sin tiempo donde se puede
empezar de nuevo, lo que ha quedado testimoniado en diversas obras
paradigmáticas de nuestra literatura, por caso “El
juguete rabioso” de Roberto Arlt, y “Sobre
héroes y tumbas”, de Ernesto Sábato. En
ambas novelas, los héroes (o anti-héroes) sólo encuentran la
redención en el viaje a ese Sur invisible.
No es la intención de este
artículo sacar conclusiones apresuradas o postular soluciones, sino
(apenas) dimensionar en el tiempo y en el espacio cómo aquéllas
primitivas imágenes de la Patagonia (la huella gigante del Patagón
en la playa, la diatriba darwiniana de “tierra
maldita”, las menciones en novelas de
aventuras) están íntima e indisolublemente relacionadas con nuestra
historia (de conquistas, guerras, inmigrantes, locuras, company
towns y piquetes), nuestra actualidad (que
hoy nos encuentra, por ejemplo, emergiendo de la erupción de un
volcán) y nuestro futuro, que todavía está escribiéndose.
Diego Rodríguez Reis
Revista
“Rescate”
N°5, Verano 2013
Fotos: Facundo Rey


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