Noticia de Dos Argumentos

A lo largo de toda una vida dedicada a las letras, un escritor probablemente publicará menos de lo escriba y, con seguridad, mucho menos aún de lo que bosqueje.
Estos bosquejos (manuscritos, notas, textos incompletos o imperfectos) conformarán una obra paralela a la obra oficial del escritor, quien, íntima o declaradamente, deseará que no se mezclen jamás.
Con todo, cada escritor deja al abandonar este mundo una colección de papeles póstumos inéditos, los cuales acaso alguien se encargará de publicar eventualmente, aún a despecho de la voluntad específica del autor. Estos papeles ya no le pertenecen: son ya patrimonio de todos los hombres. Obras como las de Kafka, Pessoa o Macedonio Fernández no han sido publicadas de otro modo.
De todos los papeles no oficiales que misteriosamente circulan en el mundo, ninguno tan interesante ni apabullante como los diarios del norteamericano Nathaniel Hawthorne. Los doce tomos de su obra completa son apenas unas gotas de visiones que apuntó en sus cuadernos borradores. No pocas veces, aquellas obras (cabales, con personajes actuando en situaciones tendientes a una resolución) llegan a parecernos menos apasionantes que las últimas, donde una y otra vez desfilan ante nuestros ojos inquietantes chispazos de eternidad.
Nathaniel Hawthorne nació en Salem en 1804 y murió sesenta años más tarde, en New Hampshire. Seis décadas de vivencias, reales o imaginarias, están condensadas en sus diarios, seis décadas de días interminables dedicados a la construcción de cuentos fantásticos y de pensativas caminatas al atardecer. En esas páginas escritas para el instante (y acaso para el olvido) Hawthorne descargó cientos y miles de impresiones brevísimas, de pequeñas felicidades y pequeñas crueldades. Durante años, fue atesorando esas notas que tal vez ya planeaba no desarrollar como cuentos o novelas. Acaso, el alma del coleccionista era lo que se agitaba en su interior.
No es la intención original de este texto historiar la vida de Hawthorne ni enumerar sus argumentos embrionarios, planteando posibles desarrollos. Solamente dos argumentos (ambos de deslumbrante sencillez) deseo rescatar.
El primero es este, de 1843: “Un hombre de fuerte voluntad ordena a otro, moralmente sujeto a él, que ejecute un acto. El que ordena muere, y el otro, hasta el fin de sus días, sigue ejecutando ese acto”. Ahora bien, Borges escribió al respecto: “No sé de qué manera Hawthorne hubiese escrito este argumento; no sé si hubiera convenido que el acto ejecutado fuera trivial o levemente horrible o fantástico o tal vez humillante”.
El segundo argumento es este: “Dos hombres esperan en la calle un acontecimiento y la aparición de los actores principales. Pero el acontecimiento ya está ocurriendo y ellos son los actores”.
Ahora bien, yo tengo para mí que estos dos argumentos son, íntimamente, el mismo. O que, a lo sumo, se complementan. Hace falta, sin embargo, el invisible hilo conector que les de un sentido estricto.
Basta para ello imaginarse esta escena: Dios, en el primer día de la creación, ordenando al hombre y a la mujer, moralmente sujetos a él, este mandato: “Multiplíquense”. Pero luego, ese Dios muere, y los hombres se ven obligados a ejecutar hasta el fin de sus días ese acto. Ese acto que para algunos puede ser trivial, y para otros, levemente horrible, o fantástico o quizá humillante.
Entiéndase entonces la hermosa gravitación de lo insondable en apenas siete u ocho líneas de Nathaniel Hawthorne, el lúcido y efímero contacto de lo real y de lo irreal, de lo concreto y lo imaginario.
Entiéndase esto: Hawthorne imagina la historia de unos hombres que esperan un acontecimiento y a los actores principales, sin saber que ellos mismos son los actores y que la obra ya se está desarrollando; Hawthorne escribe un argumento acerca de un ser que muere y deja a otros seres ejecutando un acto insensato o infame, y no se da cuenta (no puede, no debe darse cuenta) de que él mismo y todos somos en realidad los actores, y que el acto infame o insensato ya (todavía) se está ejecutando.

Diego Rodríguez Reis
Revista “Desde el andén” Nº10, Otoño 2009

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