Crónicas Volcánicas
“La gente le mandaba
poemas y muestras de
ceniza volcánica…”
Susan Sontag, “El
amante del volcán”
Junio, Sábado 4. Día
0. Todos
hablan del volcán: en la calle, en la radio, en la televisión.
Todavía no sabemos si nos afectará, eso depende del viento. A la
tarde, vemos una nube negra sobre Bariloche: parece posarse allá,
lago de por medio. Pensamos que zafamos, que el viento la llevará
lejos.
Oscurece, empieza a
lloviznar. Una lluvia liviana. Se escuchan truenos, relámpagos,
vemos tras las cortinas el resplandor de los rayos.
Antes de acostarnos, salgo y
descubro que ese ruido que pensábamos que era la llovizna, son en
realidad piedritas volcánicas. Ya se elevan a veinte, treinta
centímetros de altura sobre el suelo.
Junio, 5. Día
1. Relampagueó toda la noche. Los
truenos no dejaron dormir a nadie: ni a nosotros ni a los nenes, que
lloraban nerviosos. Qué difícil intentar dar tranquilidad en medio
de una situación así. Cómo es posible dar lo que no se tiene.
Vimos algo impresionante,
insólito: rayos que atravesaban el cielo de oeste a este, justo
sobre nuestras cabezas. En la radio dicen que es a causa del calor
producido por la nube del volcán, que calienta demasiado la
atmósfera.
Fuera de estas explicaciones
científicas, nadie
sabe a ciencia cierta
qué va a pasar.
Junio, 8. Día
4. No hay luz ni calefacción. Tampoco
hay agua: la ceniza volcánica, dicen, tapó las tomas de los
arroyos.
Prendemos el horno,
escuchamos la radio a pilas. Un tipo dice (justo antes de que su voz
se interrumpa y nos invada el silencio) que la ceniza tiene silicio o
algo así, que está haciendo cortocircuito en los transformadores
eléctricos.
Un camión cisterna nos pasa
a dejar el agua. Prendemos velas. Para dormir a los nenes, les leemos
cuentos y les cantamos canciones. Me siento como viviendo hace cien,
doscientos años, en la Edad Media.
Junio, 10.
Día 6. Tuvimos
que limpiar los techos, ya que podían venirse abajo. Nos tomó todo
el día. Ahora la lluvia es una ceniza fina, finísima. Bajo esa
llovizna trabajamos, con barbijos o pañuelos tapándonos bocas y
narices. Un trabajo silencioso. No había voces: sólo se oían los
ruidos secos, tristes de las palas.
Hace mucho frío en la casa.
Seguimos sin luz. Vamos un rato a Bariloche. Allá la nube es menos
densa. Necesitamos respirar, ver más allá de los diez metros que
nos permite esta pared continua de ceniza.
Junio, 28. Día
24. El domingo volvió la luz, llegó un
transformador de Neuquén, dicen. Buscan el modo de resguardarlo de
la ceniza. Vemos televisión. Necesitamos algo de normalidad.
Llueve. La lluvia (líquida,
de agua) es una bendición. Se mezcla con la ceniza al caer, pero el
aire es más puro. “La lluvia borra la
maldad”, dice una canción del Flaco.
Pero acá no hay maldad.
Esto es la naturaleza pura, impredecible, inexplicable.
Julio, 10. Día
36. Hay noticias
nuevas del volcán. Disminuye su actividad.
La columna está a 2 km. de altura, a veces baja, a veces sube, pero
está en descenso. No hay forma de saber cuánto durará la erupción,
dicen: un mes más, seis meses, un año.
Hay un silencio raro. La
ceniza lo opaca todo, aún el sonido.
Agosto, 27. Día
53. Hoy escribí este poema:
“Miré tanto, tantas
veces
el cielo, las nubes, los
árboles
y creía conocer bien
todas esas cosas.
Pero ahora
cierro los ojos
y no soy capaz de
formarme
una imagen clara, propia
de ellas.
Sólo veo
la palabra árbol,
la palabra nube,
la palabra cielo...”
Todavía no tiene nombre.
Septiembre, 11.
Día 68. Varios
días de sol. El viento está llevándose la nube al Oeste. Eso
sumado a todos los días de lluvia da como resultado un paisaje
limpio, hermoso. La erupción del volcán parece un mal sueño,
aunque sabemos que basta que cambie el viento para que nos vuelva a
caer encima como una cachetada de realidad.
Mañana cumplo 32 años.
Ceci, mi mujer, prepara una torta. Mis hijos, Iván y Nicolás, toman
la leche.
La vida, las cosas
cotidianas: eso que nos mantiene vivos.
Octubre, 13. Día
100. Cien días
del volcán. Yo sé que esto no es una tragedia, que no murió nadie,
que está lejos de ser una catástrofe y que hay lugares del mundo en
los cuales hay gente que está muchísimo peor. Pero este volcán ya
podría parar. Estamos un poco cansados.
Diciembre, 18. Día
166. Día de sol maravilloso. A una
semana de la Navidad. Dicen que ya se fue mucha gente de la Villa,
que esto va para largo. Ya no sé si creerles a esos pesimistas. Son
los mismos que decían que recién volveríamos a ver verde después
de cinco años, y bastaron un par de lluvias grandes para que el
bosque volviera a brillar.
Enero, 2. Día
181. Son raros ya los días en los cuales
se ve la nube volcánica. Los diarios dicen que la columna no llega
a los 500 metros, no alcanza a pasar la Cordillera. La ceniza que
vuela es la que remueven los camiones, que vienen trabajando desde
que estalló el volcán.
Cada tanto, el viento parece
traer la nube de vuelta, lo cual nos trae a la memoria física, al
cuerpo, resabios del volcán. Pero siento optimismo en la gente. Los
veo seguir, fuertes: nadie deja de trabajar, nadie deja de hacer
cosas.
Abril, 1. Día
271. Falta un mes y medio para el
Aniversario de la Villa. La gente habla también de organizar una
fiesta para cuando el volcán se apague definitivamente. Qué llegara
primero, me pregunto. Hace tanto tiempo que no vemos ceniza y la
Villa se ve tanto como la Villa de siempre que a veces me cuesta
creer que todo lo que pasó haya sido realidad, que no haya sido una
pesadilla colectiva. Mis hijos, pienso, con sus dos añitos, nada
recordarán de esto, será para ellos la historia del volcán que
nosotros les relataremos hasta el cansancio.
Y a mí, qué me dejó todo
esto, pienso. Que me ha quedado de todos estos días, de este casi
año, pienso.
Un poema, un frasquito con
la ceniza volcánica del primer día y la experiencia (fuerte,
duradera, imborrable) en la memoria.
Diego Rodríguez Reis
Diario “Andino
digital”, 20/07/2012
Revista “Todo”
N° 21, Junio/Julio 2013



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