Los Simpsons: La Distopía Moderna


Los Simpsons y la Filosofía”, William Irwin, Mark T. Conard, Aeon J. Skoble y Otros (Biblioteca Blackie Books, 2015).

SEGÚN LA LEYENDA, UN DÍA DEL AÑO 1987, el joven dibujante Matt Groening esperaba en la antesala del despacho del productor de televisión James L. Brooks. Le habían encargado una serie de cortos para el show de la comediante Tracey Ullman. La primera (y única) opción de Groening es adaptar los personajes de su tira tragicómica “Life in hell”. Pero, a último momento, teme quedarse con las manos vacías, y perdido por perdido, garabatea unos personajes sobre un papel amarillo. Dibuja una familia tipo norteamericana (su propia familia): su padre Homero, su madre Marge, sus hermanas Lisa y Maggie, y cambia convenientemente su nombre (Matt) por el de Bart.
Habían nacido Los Simpsons. De ahí a la eternidad.


LA CUESTIÓN TELEOLÓGICA

Para hablar de Los Simpsons (y de casi cualquier tópico) es necesario establecer de antemano, un parámetro de debate o discusión, de análisis, o siquiera de descripción. La excusa de este artículo es la aparición del libro “Los Simpson y la filosofía”. El parámetro: las diversas escuelas filosóficas clásicas de Oriente y Occidente.
Los Simpsons y la filosofía” (que la editorial español Blackie Books publicara originalmente en 2012, y que en noviembre del año pasado ya iba por su quinta edición) es una compilación realizada por Willian Irwin, Mark T. Conard y Aeon J. Skoble. Consta de 18 ensayos de académicos e intelectuales (entre ellos los propios compiladores). El corpus de la obra está dividido en cuatro áreas: “Los personajes”, “Temas simpsonianos”, “No he sido yo: La ética y Los Simpsons” y “Los Simpsons y los filósofos”.
Pero, ¿cuál es el objetivo, el fin último de este libro? (pregunta que muchas veces obviamos u olvidamos, en relación a cualquier producto o sub-producto cultural): ¿Difundir la filosofía? ¿Se puede difundir en este formato la filosofía? ¿Difundir Los Simpsons? ¿Necesitan difusión Los Simpsons? ¿Transformar el libro en un best-seller?
Este libro no busca reducir la filosofía a un mínimo común denominador: no nos hemos propuesto 'bajar el listón para que lo entiendan los tontos'”, se apresuran a aclarar los compiladores. “Al contrario, esperamos conseguir que nuestros lectores no especializados lean más filosofía, del tipo de que no necesariamente se ocupa de la televisión”.
Para comprobarlo, hay que remitirse a las páginas del libro.


UNA FAMILIA MUY NORMAL

Homero (o Homer, como es nombrado según la fiel traducción española de Diana Hernández) y Marge son interpretados según Aristóteles y su “Ética a Nicómaco”. En ese volumen, Aristóteles hace una clasificación lógica de cuatro tipos de carácter: el virtuoso, el moderado, el intemperante y el vicioso. Sobre esta medida, se concluye que Homero es vicioso en algunos sentidos y no lo es, en absoluto, en otros; no es virtuoso, definitivamente, pero no es mala persona: “aunque no sea un modelo de virtud, tampoco es malévolo”. Y agrega: “Es egoísta, glotón, codicioso, y puede ser realmente estúpido, pero rara vez siente envidia de los demás o les desea el mal.” En suma, palabras más, palabras menos, se lo declara inimputable.
Marge, en cambio, según uno de los autores “ilustra de forma óptima los rasgos virtuosos que expone Aristóteles”. Algunos de estos rasgos son la valentía, la moderación, la liberalidad, la mansedumbre, la amabilidad, la honradez y la modestia. Efectivamente, Marge Simpson hace gala (y a veces, hasta abuso) de estas cualidades.
El carácter de Lisa es analizado más bien en relación a su entorno cultural en “Lisa y el antiintelectualismo estadounidense”. En esta sociedad “por una parte, se respeta la figura del profesor o del científico, pero por otra, se abriga un resentimiento profundo (…); se adopta una acitud defensiva ante las personas inteligentes o instruidas”. De su familia, Lisa es la única que puede ser tildada de “intelectual”. La serie suele ser injusta con ella: su superioridad intelectual la aleja de sus compañeros, aún de su familia. Fracasa constantemente en su intento de aproximarse (de parecerse) a ellos. “¿Admiramos a Lisa o nos reímos de ella?”, se autocuestiona el autor. La ambivalencia de la sociedad estadounidense hacia los intelectuales está demasiado arraigada, parece ser la única conclusión.
De la pequeña Maggie se rescata aquello que hace a su identidad, su debilidad y a la vez su arma: el silencio. La esperada primera palabra de Maggie nunca llega. Pero tampoco nadie le presta la debida atención: para Homero, Bart y Lisa es apenas uno más en la familia (Homero muchas veces hasta la olvida) y Marge parece desear que siga siendo una bebé eternamente. Maggie no habla, no tendría con quien hablar: se conforma con otros medios de comunicación, más elementales. En el apartado “La importancia de Maggie: El sonido del silencio. Oriente y Occidente” se repasan fugazmente las visiones de ambas culturas sobre la antítesis silencio-palabra.
Bart “no es un niño adorable y travieso que de forma inadvertida acaba metiéndose en problemas, no es un rebelde con un gran corazón. Es un delincuente astuto, un chico malo que viste pantalones cortos de color azul, un vasallo de Satanás...” nos advierte Mark T. Conard en “Así habló Bart: Nietzsche y la virtud de la maldad”, uno de los ensayos más logrados del libro. A la luz (o a la sombra) de los textos nietzscheanos, se perfila la personalidad de Bart, como la de un individuo contestatario, un constante opositor a la autoridad. Él mismo de define así: “No como mucho, y no sé distinguir entre el bien y el mal”. El autor se (nos) pregunta: ¿Podría ser Bart, un ejemplo del ideal nietzscheano del Übermensch, el superhombre? Pero enseguida nos (se) dice: “Desde luego, ¡ay!, la respuesta es no”.
¿Por qué? “El ideal de Nietzsche es más bien el artista, el individuo que se crea y se supera a sí mismo, que forja nuevos valores y convierte su vida en una obra de arte”. Y Bart “se define a sí mismo y se forja una identidad, no en una afirmación triunfante de sus talentos y capacidades, ni tampoco como una grandiosa y creativa urdimbre de elementos dispares del ser, sino, sobre todo, en oposición a la autoridad”. Conard concluye: “De hecho, Bart podría representar la precariedad de nuestra posición en un mundo posnietzscheano”.
Sin embargo, no es posible definir a los personajes de Los Simpsons de una vez por todas, afirman los autores: “De hecho, cada uno (…) está lleno de contradicciones, y esto se debe la propia índole del programa”.


CASA DE CITAS

Ya desde el vamos, el libro está “Dedicado a Lionel Hutz y Troy McClure (a quienes recordaréis por series de televisión como Los Simpsons)”. Y esta dedicatoria ya es una marca, una clave de acceso, un índice de lectura de la obra.
Según el propio Matt Groening, “Los Simpsons es una serie que te premia por prestarle atención”. Y aquí llegamos a la médula, al eje que de alguna forma estructura el programa, y que le ha valido miles de millones de seguidores en todo el mundo: las citas.
Citas, alusiones, referencias, intertextualidad, extratextualidad: llamémosla como fuere, en el campo del saber donde nos toque jugar. Las citas (a libros, a películas, al mundo de la música, a la pintura, a la política, a otras series, a capítulos anteriores de la misma serie) son constantes. A veces son abrumadoramente explícitas, otras veces son sobrias, elegantes, casi invisibles.
Frases de los personajes, proto-historias dentro de la historia principal, carteles, canciones: todo en Los Simpsons es o parece una cita. El televidente (espectador-lector) mira (lee) la serie, como predica Groening, con extrema atención, esperando esos guiños, signos, señales. Guiños que, por otra parte, no obstaculizan la comprensión cabal del programa, si es que no fueren advertidos. En el ensayo “Los Simpsons y la alusión” leemos: “Uno de los motivos por los que el uso de alusiones en Los Simpsons funciona en el plano estético es que no suele ser disruptivo”. Es decir, este uso no interfiere con el contenido argumental de cada episodio. Pero, ay, sin esos guiños, sin esas alusiones, la serie sería otra cosa: perdería gracia, identidad, la complicidad creada entre los guionistas y los espectadores.
Desde los Beatles hasta las novelas de John Steinbeck, desde el “Aullido” de Allen Ginsberg hasta las pinturas del Bosco, infinidad de mundos se dan cita en Los Simpsons, lo cual logra el curioso efecto de un mismo capítulo proponga lecturas distintas en distintos lectores. “Sin duda, conviven con el uso de la alusión un cierto elitismo y una voluntad de exclusión. Para cultivar la intimidad con una persona, a veces es necesario excluir al resto”, sentencian W. Irwin y J.R. Lombardo.
Agrega (¿se defiende?) Matt Groening: “Si estudias la semiótica de “A través del espejo” o ves todos los episodios de Star Trek tienes que sacarle algún provecho, así que introduces muchas referencias de lo que has estudiado en cualquier cosa hagas después en la vida”.


UTOPÍA-DISTOPÍA: ELIGE TU PROPIA AVENTURA

La palabra Utopía (acuñada en esta función por Tomás Moro) sirve para definir una sociedad plena, ideal, caracterizada por la convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus habitantes, y el disfrute común de los bienes.
La Distopía, en cambio, es la Anti-Utopía, una sociedad indesable en sí misma.
Diversas versiones de la Utopía ha creado la imaginación de los hombres: la Atlántida, La Ciudad de los Césares, Eldorado.
Versiones de la Distopía son “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, “1984” de George Orwell y “Farenheit 451” de Ray Bradbury. Mundos distópicos (indeseables) de la pantalla grande han sido la saga “Mad Max” de los '80 y la durísima “Brazil” de Terry Gillian. Y están esas otras distopías más actuales: “The walking dead” y “Los juegos del hambre”.
Por lo general, la visión de la Utopía genera placer (es una sociedad deseable) y la Distopía, displacer, disgusto, rechazo. Anhelamos la vigencia (aunque fuere en los mundos fantásticos) de la Utopía y desesperamos porque la Distopía termine, que renazca un nuevo orden, un maravilloso nuevo mundo.
Pero con Los Simpson ocurre algo extraño, paradójico casi. La sociedad que plantea la serie, Springfield y todo lo que representa, no son, ni por lejos, un mundo utópico, deseable. Antes bien, son la encarnación más patente de un mundo distópico, donde los autoridades son corruptas; los que detentan el orden, ineptos; los educadores, negligentes y despóticos; los sabios y los honestos, despreciados; un mundo donde básicamente reina el caos o (redondamente) el mal.
Y otra cosa, que agrava el diagnóstico: a diferencia de esas distopías ochentosas, postuladas en un mundo post-apocalíptico, Los Simpsons (esta distopía moderna) no ocurre en el futuro sino (como diría el propio Homero) “en el maldito ahora”.
Y sin embargo, la visión de ese mundo distópico no nos genera displacer, no queremos que esa distopía se termine. Nos causa placer, queremos que Los Simspons continúen para siempre, en su casa de la Avenida Siempreviva 742, que Homero siga causando estragos como inspector de Seguridad en la Planta Nuclear, y que Bart siga soñando con quemar la Escuela Primaria de Springfield. De hecho (digo, plagiando al Doctor Marvin Monroe, un personaje de la serie), uno de mis placeres culpables es tomar una gran bolsa de maíz tostado con mantequilla, poner Los Simpsons y reír como idiota. Díganme, ¿qué tiene eso de malo?

¿Por qué nos causa placer la contemplación de esta distopía? Quizá tenga algo que ver con lo que anota Susan Sontag en sus diarios tempranos (publicados recientemente y titulados “Renacida”): “La diversión es el sucedáneo estadounidense del placer”.
Tal vez, esa sea la respuesta (o parte de la respuesta). Tal vez, miramos enajenadamente episodio tras episodio de Los Simpsons nó en busca de un placer (acaso ideal), sino apenas de su sucedáneo o su parodia: la pura (o la mera) diversión.

Otros ensayos sumamente interesantes del libro (cuya exposición y discusión exceden la extensión de este artículo) son “El mundo moral de la familia Simpson: Una perspectiva kantiana”, “La función de la ficción: el valor heurístico de Homer” y “Y el resto se escribe solo: Roland Barthes ve Los Simpsons”.


Diego Rodríguez Reis
Revista Digital “CIC. Periodismo con Intervención del Cronista” N°9, Bariloche, 07/11/2016.


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