Los Simpsons: La Distopía Moderna
SEGÚN
LA LEYENDA, UN DÍA DEL AÑO 1987, el joven dibujante Matt Groening
esperaba en la antesala del despacho del productor de televisión
James L. Brooks. Le habían encargado una serie de cortos para el
show de la comediante Tracey Ullman. La primera (y única) opción de
Groening es adaptar los personajes de su tira tragicómica “Life
in hell”.
Pero, a último momento, teme quedarse con las manos vacías, y
perdido por perdido, garabatea unos personajes sobre un papel
amarillo. Dibuja una familia tipo norteamericana (su propia familia):
su padre Homero, su madre Marge, sus hermanas Lisa y Maggie, y cambia
convenientemente su nombre (Matt) por el de Bart.
Habían
nacido Los Simpsons.
De ahí a la eternidad.
LA CUESTIÓN TELEOLÓGICA
Para
hablar de Los
Simpsons
(y de casi cualquier tópico) es necesario establecer de antemano, un
parámetro de debate o discusión, de análisis, o siquiera de
descripción. La
excusa de este artículo es la aparición del libro “Los
Simpson y la filosofía”.
El parámetro: las diversas escuelas filosóficas clásicas de
Oriente y Occidente.
“Los
Simpsons y la filosofía”
(que la editorial español Blackie Books publicara originalmente en
2012, y que en noviembre del año pasado ya iba por su quinta
edición) es una compilación realizada por Willian Irwin, Mark T.
Conard y Aeon J. Skoble. Consta de 18 ensayos de académicos e
intelectuales (entre ellos los propios compiladores).
El corpus de la obra está dividido en cuatro áreas: “Los
personajes”, “Temas
simpsonianos”, “No
he sido yo: La ética y Los Simpsons”
y “Los Simpsons y los filósofos”.
Pero,
¿cuál es el objetivo, el fin último de este libro? (pregunta que
muchas veces obviamos u olvidamos, en relación a cualquier producto
o sub-producto cultural): ¿Difundir la filosofía? ¿Se puede
difundir en este formato la filosofía? ¿Difundir Los
Simpsons?
¿Necesitan difusión Los
Simpsons?
¿Transformar el libro en un best-seller?
“Este
libro no busca reducir la filosofía a un mínimo común denominador:
no nos hemos propuesto 'bajar el listón para que lo entiendan los
tontos'”,
se apresuran a aclarar los compiladores. “Al
contrario, esperamos conseguir que nuestros lectores no
especializados lean más filosofía, del tipo de que no
necesariamente se ocupa de la televisión”.
Para comprobarlo, hay que remitirse a las
páginas del libro.
UNA FAMILIA MUY NORMAL
Homero
(o
Homer,
como es nombrado según la fiel traducción española de Diana
Hernández) y Marge son interpretados según Aristóteles y su “Ética
a Nicómaco”.
En ese volumen, Aristóteles hace una clasificación lógica de
cuatro tipos de carácter: el virtuoso, el moderado, el intemperante
y el vicioso. Sobre esta medida, se concluye que Homero es vicioso en
algunos sentidos y no lo es, en absoluto, en otros; no es virtuoso,
definitivamente, pero no es mala persona: “aunque
no sea un modelo de virtud, tampoco es malévolo”.
Y agrega: “Es
egoísta, glotón, codicioso, y puede ser realmente estúpido, pero
rara vez siente envidia de los demás o les desea el mal.”
En suma, palabras
más, palabras menos, se lo declara inimputable.
Marge,
en cambio, según uno de los autores “ilustra
de forma óptima los rasgos virtuosos que expone Aristóteles”.
Algunos de estos rasgos son la valentía, la moderación, la
liberalidad, la mansedumbre, la amabilidad, la honradez y la
modestia. Efectivamente,
Marge Simpson hace gala (y a veces, hasta abuso) de estas cualidades.
El
carácter de Lisa
es analizado más bien en relación a su entorno cultural en “Lisa
y el antiintelectualismo estadounidense”.
En esta sociedad “por
una parte, se respeta la figura del profesor o del científico, pero
por otra, se abriga un resentimiento profundo (…); se adopta una
acitud defensiva ante las personas inteligentes o instruidas”.
De su familia, Lisa es la única que puede ser tildada de
“intelectual”.
La serie suele ser injusta con ella: su superioridad intelectual la
aleja de sus compañeros, aún de su familia. Fracasa constantemente
en su intento de aproximarse (de parecerse) a ellos. “¿Admiramos
a Lisa o nos reímos de ella?”,
se autocuestiona el autor. La ambivalencia de la sociedad
estadounidense hacia los intelectuales está demasiado arraigada,
parece ser la única conclusión.
De
la pequeña Maggie
se rescata aquello que hace a su identidad, su debilidad y a la vez
su arma: el silencio. La esperada primera palabra de Maggie nunca
llega. Pero tampoco nadie le presta la debida atención: para Homero,
Bart y Lisa es apenas uno más en la familia (Homero muchas veces
hasta la olvida) y Marge parece desear que siga siendo una bebé
eternamente. Maggie
no habla, no tendría con quien hablar: se conforma con otros medios
de comunicación, más elementales. En
el apartado “La
importancia de Maggie: El sonido del silencio. Oriente y Occidente”
se repasan fugazmente las visiones de ambas culturas sobre la
antítesis silencio-palabra.
Bart
“no es un niño
adorable y travieso que de forma inadvertida acaba metiéndose en
problemas, no es un rebelde con un gran corazón. Es un delincuente
astuto, un chico malo que viste pantalones cortos de color azul, un
vasallo de Satanás...”
nos advierte Mark T. Conard en “Así
habló Bart: Nietzsche y la virtud de la maldad”, uno
de los ensayos más logrados del libro. A la luz (o a la sombra) de
los textos nietzscheanos, se perfila la personalidad de Bart, como la
de un individuo contestatario, un constante opositor a la autoridad.
Él mismo de define así: “No
como mucho, y no sé distinguir entre el bien y el mal”.
El autor se (nos) pregunta: ¿Podría
ser Bart, un ejemplo del ideal nietzscheano del Übermensch,
el superhombre? Pero
enseguida nos (se) dice: “Desde
luego, ¡ay!, la respuesta es no”.
¿Por
qué? “El ideal
de Nietzsche es más bien el artista, el individuo que se crea y se
supera a sí mismo, que forja nuevos valores y convierte su vida en
una obra de arte”.
Y Bart “se
define a sí mismo y se forja una identidad, no en una afirmación
triunfante de sus talentos y capacidades, ni tampoco como una
grandiosa y creativa urdimbre de elementos dispares del ser, sino,
sobre todo, en oposición a la autoridad”. Conard
concluye: “De hecho, Bart podría representar la
precariedad de nuestra posición en un mundo posnietzscheano”.
Sin embargo, no es posible definir a los
personajes de Los Simpsons de una vez por todas, afirman los autores:
“De hecho, cada uno (…) está lleno de contradicciones, y esto
se debe la propia índole del programa”.
CASA DE CITAS
Ya
desde el vamos, el libro está “Dedicado
a Lionel Hutz y Troy McClure (a quienes recordaréis por series de
televisión como Los Simpsons)”.
Y esta dedicatoria ya es una marca, una clave de acceso, un índice
de lectura de la obra.
Según
el propio Matt Groening, “Los Simpsons es una
serie que te premia por prestarle atención”.
Y aquí llegamos a la médula, al eje que de alguna forma estructura
el programa, y que le ha valido miles de millones de seguidores en
todo el mundo: las citas.
Citas,
alusiones, referencias, intertextualidad, extratextualidad:
llamémosla como fuere, en el campo del saber donde nos toque jugar.
Las citas (a libros, a películas, al mundo de la música, a la
pintura, a la política, a otras series, a capítulos anteriores de
la misma serie) son constantes. A
veces son abrumadoramente explícitas, otras veces son sobrias,
elegantes, casi invisibles.
Frases
de los personajes, proto-historias dentro de la historia principal,
carteles, canciones: todo en Los
Simpsons
es o parece una cita. El televidente (espectador-lector) mira (lee)
la serie, como predica Groening, con extrema atención, esperando
esos guiños, signos, señales. Guiños que, por otra parte, no
obstaculizan la comprensión cabal del programa, si es que no fueren
advertidos. En el
ensayo “Los Simpsons y la alusión”
leemos: “Uno de los motivos por los que el uso de
alusiones en Los Simpsons funciona en el plano estético es que no
suele ser disruptivo”.
Es decir, este uso no interfiere con el contenido argumental de cada
episodio. Pero, ay, sin esos guiños, sin esas alusiones, la serie
sería otra cosa: perdería gracia, identidad, la complicidad creada
entre los guionistas y los espectadores.
Desde
los Beatles hasta las novelas de John Steinbeck, desde el “Aullido”
de Allen Ginsberg hasta las pinturas del Bosco, infinidad de mundos
se dan cita en Los Simpsons,
lo cual logra el curioso efecto de un mismo capítulo proponga
lecturas distintas en distintos lectores. “Sin
duda, conviven con el uso de la alusión un cierto elitismo y una
voluntad de exclusión. Para cultivar la intimidad con una persona, a
veces es necesario excluir al resto”,
sentencian W. Irwin y J.R. Lombardo.
Agrega
(¿se defiende?) Matt Groening: “Si
estudias la semiótica de “A través del espejo” o ves todos los
episodios de Star Trek tienes que sacarle algún provecho, así que
introduces muchas referencias de lo que has estudiado en cualquier
cosa hagas después en la vida”.
UTOPÍA-DISTOPÍA: ELIGE TU PROPIA
AVENTURA
La
palabra Utopía
(acuñada en esta función por Tomás Moro) sirve para definir una
sociedad plena, ideal, caracterizada
por la convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus
habitantes, y el disfrute común de los bienes.
La
Distopía,
en cambio, es la Anti-Utopía, una sociedad indesable en sí misma.
Diversas versiones de la Utopía ha
creado la imaginación de los hombres: la Atlántida, La Ciudad de
los Césares, Eldorado.
Versiones
de la Distopía son “Un
mundo feliz”
de Aldous Huxley, “1984”
de George Orwell y “Farenheit
451”
de Ray Bradbury. Mundos distópicos (indeseables) de la pantalla
grande han sido la saga “Mad
Max”
de los '80 y la durísima “Brazil”
de Terry Gillian. Y están esas otras distopías más actuales: “The
walking dead”
y “Los juegos
del hambre”.
Por lo general, la visión de la Utopía
genera placer (es una sociedad deseable) y la Distopía, displacer,
disgusto, rechazo. Anhelamos la vigencia (aunque fuere en los mundos
fantásticos) de la Utopía y desesperamos porque la Distopía
termine, que renazca un nuevo orden, un maravilloso nuevo mundo.
Pero
con Los Simpson
ocurre algo extraño, paradójico casi. La sociedad que plantea la
serie, Springfield y todo lo que representa, no son, ni por lejos, un
mundo utópico, deseable. Antes
bien, son la encarnación más patente de un mundo distópico, donde
los autoridades son corruptas; los que detentan el orden, ineptos;
los educadores, negligentes y despóticos; los sabios y los honestos,
despreciados; un mundo donde básicamente reina el caos o
(redondamente) el mal.
Y
otra cosa, que agrava el diagnóstico: a diferencia de esas distopías
ochentosas, postuladas en un mundo post-apocalíptico, Los
Simpsons
(esta distopía moderna) no ocurre en el futuro sino (como diría el
propio Homero) “en
el maldito ahora”.
Y
sin embargo, la visión de ese mundo distópico no nos genera
displacer, no queremos que esa distopía se termine. Nos causa
placer, queremos que Los
Simspons
continúen para siempre, en su casa de la Avenida Siempreviva 742,
que Homero siga causando estragos como inspector de Seguridad en la
Planta Nuclear, y que Bart siga soñando con quemar la Escuela
Primaria de Springfield. De hecho (digo, plagiando al Doctor Marvin
Monroe, un personaje de la serie), uno de mis placeres culpables es
tomar una gran bolsa de maíz tostado con mantequilla, poner Los
Simpsons
y reír como idiota. Díganme, ¿qué tiene eso de malo?
¿Por
qué nos causa placer la contemplación de esta distopía? Quizá
tenga algo que ver con lo que anota Susan Sontag en sus diarios
tempranos (publicados recientemente y titulados “Renacida”):
“La diversión
es el sucedáneo estadounidense del placer”.
Tal
vez, esa sea la respuesta (o parte de la respuesta). Tal vez, miramos
enajenadamente episodio tras episodio de Los
Simpsons nó en busca de
un placer (acaso ideal), sino apenas de su sucedáneo o su parodia:
la pura (o la mera) diversión.
Otros
ensayos sumamente interesantes del libro (cuya exposición y
discusión exceden la extensión de este artículo) son “El
mundo moral de la familia Simpson: Una perspectiva kantiana”,
“La función de
la ficción: el valor heurístico de Homer”
y “Y el resto se
escribe solo: Roland Barthes ve Los Simpsons”.
Diego Rodríguez Reis
Revista
Digital “CIC.
Periodismo con Intervención del Cronista”
N°9, Bariloche, 07/11/2016.

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