Crónicas Volcánicas, 2

Abril, 22. Día 0. Nadie hablaba de volcán alguno. Más aún, la misma palabra “volcán” (desde aquél aparentemente lejano 2011) era pronunciada en voz baja, o en sorna, como queriendo exorcizar su recuerdo, sus demonios. Por eso, a eso de las 7 de la tarde, cuando una visita inesperada pasa por casa y, ante mi absoluta tranquilidad (estoy tomando unos mates, leyendo un libro), me pregunta “¿No sabés nada?”, lo único que puedo hacer es responderle socráticamente “No sé nada”. Contraataco: “¿Qué es lo que tendría que saber?”. Por toda respuesta, me agarra del brazo y literalmente me arrastra a la calle. Apunta el cielo hacia el Oeste y veo la evidente columna de un volcán ascendiendo (roja, violenta). Mi cuerpo, la memoria invisible de mi cuerpo me traslada, sin escalas, a ese sábado 4 de Junio de 2011. No pasó el tiempo, fue todo un sueño (un hermoso sueño) este interín de cuatro años y acabo de despertar a la inconmovible realidad.
-Explotó el volcán- me dice mi visitante, reforzando esa horrible sensación.
-¿El Puyehue?- pregunto, qué otra cosa puedo preguntar.
Él sonríe, insólitamente, y me hace odiarlo por eso también.
-No- dice-. Es el Calbuco- y agrega:- Es uno de los peores.
El tiempo retoma su curso natural. Aliviado, me confirmo que no fueron un sueño estos cuatro años, que mis hijos (que en la erupción del Puyehue tenían un escaso añito cada uno) ciertamente crecieron, aprendieron a caminar, a hablar, a ser felices.
-Este es uno de los peores- repite mi visitante.
Le pregunto si estuvo en el 2011.
-No- admite.
Le digo que esto, al lado de la erupción del Puyehue, parece el Paraíso, al menos desde la perspectiva de Villa la Angostura. Se encoge de hombros y se va, “a cargar combustible y comprar alimentos”, me explica, repentinamente genérico. Me quedo mirando, alelado, la columna. Me digo a mí mismo y para consolarme (ya no sé si en voz alta o baja) que el viento parece dirigirla hacia el Sur, que quizá ni nos toque esa nube de cenizas que ya conocemos físicamente.
A las diez de la noche, más o menos, comienza a caer una leve lluvia de cenizas. Salgo, salimos, varios vecinos. No decimos nada, las miradas son ya demasiado elocuentes. Alguno que otro esboza un comentario positivo (eso siempre suma) sobre la dirección del viento, la mayor distancia entre este volcán y la Villa.
Entro, en la televisión hablan y hablan, preocupadísimos por guarismos y estadísticas que nada le dicen a nuestros cuerpos ya experimentados. Un locutor advierte, casi feliz, que justo hoy es el “Día de la Tierra”.
Mientras escribo estas líneas, estas “Crónicas” que nunca pensé en retomar, pienso (inevitablemente) si la Tierra, con esta nueva erupción, no nos estará diciendo que ella (como nosotros) también estuvo viva todo este tiempo.

Abril, 23. Día 1. A las 8 de la mañana, aún está todo oscuro, completamente oscuro. Lo mismo a las 9, ningún cambio. La nube de cenizas es densa, impenetrable a la luz. Hubo algunos tremores, bastante fuertes, durante la noche, tanto que hasta se introdujeron en el sueño más profundo. Allí, mi inconciente (supongo) transformó esos ruidos aterradores en los rugidos de una bestia enorme, imposible, híbrido de dragón, de tigre y de camión con doble acoplado, que se me venía encima, dispuesto a devorarme. Desperté envuelto en transpiración, aliviado. No había ningún monstruo inexplicable: era apenas (otra vez) la erupción de un volcán.
Mientras tomamos los primeros mates, pienso en aquéllas palabras de John McClane (el policía interpretado por Bruce Willis), que en “Duro de matar 2” dice: “¿Será posible que el mismo hombre tenga que pasar dos veces por el mismo infierno?”. Reemplazo “hombre” por “pueblo”, claro. En la radio, en la Red, los comunicados oficiales dicen que está todo suspendido: bancos, escuelas, vuelos. Se recomienda enfáticamente no salir. Leo un rato, para descomprimir la cabeza, el ensayo obligado sobre la película de Bruce Willis: “Duro de tragar”, del libro “Contra la fatiga del arte”, de mi amigo Marcelo Gobbo.
Al rato nomás, empieza a amanecer, tarde, con una luz lerda, sonsa, casi irreal. Está todo cubierto por una ceniza finísima, “pluma” que le dicen. O expresado más científicamente, “material piroclástico” (un concepto que vuelve inevitablemente a mis labios, que no pensaba volver a repetir en la vida).
Mi madre, la Isabel Alonso, la Ita, que vino de visita, para el cumple número 5 de mis hijos (Iván y Nicolás, mellizos) debe volver al Alto Valle, en el micro de las 10 de la mañana. El auto no quiere arrancar. ¿Algo más? Al segundo o tercer intento arranca. Aunque vamos con los bolsos y casi sin esperanzas, el micro sale, milagrosamente a horario.
Vamos al super. La gente (¿qué gente? ¿cuándo?) ha saqueado casi literalmente las góndolas de aguas. Una pareja, bastante jovencitos los dos, empujan una changuito con 10 o 12 botellones de 3 litros de agua gasificada, sólo eso llevan. ¿Para qué quieren tanta soda?, me pregunto, ¿qué lógica explica ese comportamiento?
Nosotros compramos lo imprescindible y salimos a la calle. Ahora no está cayendo ceniza, noto de inmediato. Sale el sol, de repente: un sol que me parece maravilloso, refrescante, esperanzador, aunque todo el cielo alrededor sea un océano ceniciento. El auto no arranca, otra vez. Tenemos que empujarlo media cuadra, hasta que al fin se prende el motor.
Ya vamos volviendo a casa. En el asiento de atrás, los mellizos cantan una canción nueva del Jardín. Ceci me mire y sonríe, una sonrisa tan esperanzadora como ese sol. Me siento (como en el 2011) dentro de una película, todo es tan cinematográfico, cinematográficamente malo, eso sí.
Será acaso por eso que me viene a la memoria el final de esa película, “Un buen policía”. En ese final, la mujer le pregunta al protagonista (Michael Keaton, creo) cómo va todo, cómo están, y el tipo le responde:
-Estamos vivos.

Abril, 24. Día 2. Día de sol magnífico, glorioso. El cielo azul, más azul que nunca. El viento cambió y se lleva la ceniza hacia el NO, hacia el océano Pacífico, según parece.
Hoy (como siempre, pero sobre todo hoy) me ocupan, me preocupan los medios masivos de comunicación (no me atrevo a decir de “información”). Sobre todo, pienso en la televisión: “Televisión”, claro, etimológicamente, significa “ver de lejos, ver a la distancia”. Ni más ni menos.
La nube de cenizas que pasó por Villa esta vez se dirigió (por la dirección del viento) hacia el Alto Valle (Neuquén, Cipolletti, General Roca) y nó directamente a la línea sur, como en la erupción del Puyehue. No tardan en llegar los comentarios.
-¿Estás seguro que lo del 2011 fue peor que esto?- me pregunta mi amigo y compadre desde General Roca, seguramente contemplando azorado la capa de 1 o 2 centímetros de ceniza cubriendo el fértil suelo valletano.
Y mi primera impresión es comprenderlo, ya que vivimos la misma situación. Pero enseguida nomás me gana una tristeza indecible, porque:

-la erupción del Cordón Caulle/Puyehue en el 2011 (que se encuentra a 60 km. de la Villa) arrojó casi todo su material piroclástico inicial sobre nuestra ciudad;

-ese material, roca volcánica, lo que comúnmente se conoce como “piedra pómez”, alcanzó el medio metro de altura en apenas un par de horas y se precisaron cientos de camiones para llevarse toneladas y toneladas de ese material;

-pasaron semanas antes de volver a ver el sol;

-según mis “Crónicas” de esos tiempos, 271 días después, todavía continuaba el proceso y el fantasma del volcán se asomaba a nuestros corazones.

Y entonces le digo a mi amigo:
-Sí, estoy seguro, segurísimo de que lo del 2011 fue peor- y le explico todo esto y mi amigo me entiende al instante y se vuelve a solidarizar con nosotros, se solidariza en diferido y adquiere una visión completamente distinta, cabal del panorama. Qué difícil es ver de lejos sin ayuda, pienso, qué difícil es la “tele-visión”.
Sigo. “Nube de ceniza cubre la Patagonia”, titula el matutino “Leopoldo Alas” (que tomó su nombre del escritor español del siglo XIX). Y no es una de las formas de la sinécdoque, de nominar el todo por la parte, no es un recurso de la retórica, nó: es lisa y llanamente una mentira, una mentirita digamos. El conductor de un canal de noticias dice, decepcionado, después de un par de entrevistas con gente de la cordillera: "Están muy tranquilos". En otro zocalean, casi entusiastas: "Se espera una tercera erupción".
¿Quién espera esa tercera erupción? ¿Quién puede esperar eso? Inmediatamente pienso en una de las falacias argumentativas, la apelación a la ignorancia: es decir, como yo no sé qué puede pasar, digo que puede pasar esto o aquéllo, total, no se sabe qué puede pasar. Pero, entre elegir la posibilidad de que no pase nada y la posibilidad de una catástrofe, estos muchachos eligen la posibilidad de la catástrofe. No quiero pecar de ingenuidad: ya sé que la posibilidad de que no pase nada no es una noticia.
Pero en estos momentos álgidos, bravos, cada palabra debería ser mensurada, medida, calibrada, antes de soltarla. Una palabra puede traer lo mismo la paz o la desolación. Pienso en esos maestros griegos primitivos, que desconfiaban de la palabra escrita; en los sofistas, que hacían gala de defender dos posturas opuestas de la misma causa y vencer en ambas.
Inminente llegada de las cenizas a la Capital”, “Situación de miedo”, leo en los titulares. Y vuelve a ganarme la tristeza, porque presiento que a partir de ahora todo será la desazón de esos habitantes capitales ante el efecto de la ceniza en los parabrisas de sus vehículos, en interminables entrevistas con gente de ese sector central del País, estos sí alterados y desesperados (para beneplácito de los conductores televisivos), nó como los tranquilos entrevistados cordilleranos.

Kant escribió que a los hombres la realidad nos llegaba destrozada. Ojalá esa ceniza, esos apenas centímetros de ceniza llegando a la Capital, sirvan de pantalla para esos ojos, que les representen que esa ceniza es material disperso, realidad destrozada de la cual les llegan (nos llegan) partes mínimas, que la peor parte se la están llevando los habitantes de la Región de los Lagos trasandina , que a veces (sin ayuda) es muy difícil ver de lejos.

Diego Rodríguez Reis
Diario "Río Negro", 23/04/2015
Diario "Andino Digital", 28/04/2015

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